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Espacio de producción propia, reproducción ajena y discusión de teoría analítica sobre estructura, relaciones y cambio sociales, y de difusión de iniciativas y convocatorias progresistas.

martes, 11 de abril de 2023

Neoliberalismo, sociedad de consumo, identidades y activismo


Nota previa personal:

Se agradece encontrar aún trabajos de sociología, o que puedan ser entendidos desde esta disciplina, que valgan la pena.

Uno de los recuerdos que tengo de mi paso por la Complutense es encontrarme la planta baja de la facultad repleta de compresas teñidas de rojo, que colgaban del techo hasta la altura de las cabezas de quienes por allí teníamos que pasar.

Esas creativas u originales iniciativas eran el medio de quienes las promovían para distinguirse de lo que eran y volverse parte de la nueva tribu. Es sólo un ejemplo. Los aparatos ideológicos siempre están detrás de esa intersección de identidades, como lo estarían ya tras la idea de comunidad en la Grecia antigua. Cambia la estructura de clases, cambia la forma de dominación.

En el período que va desde la globalización del capitalismo (años 70) hasta nuestros días, es la flexibilidad un concepto central para entender la desestructuración de la clase trabajadora: se la exprime para extraerle la máxima plusvalía posible y luego se la abandona a su suerte. No se le pueden pedir peras al olmo, es la naturaleza del capitalismo. Explotación y desocupación son las claves para entender lo nuclear del sistema económico.

Lo primero porque el salario cubre o remunera sólo una parte del trabajo, y lo segundo porque tiene que haber un empuje demográfico para tirar hacia el mínimo esa parte remunerada. De eso se trata, y el capital ha de justificarlo a través de sus medios, fundamentalmente sus canales informáticos e internet. 


Por Marat


Uno de los rasgos más destacados de la ya larga fase de globalización neoliberal es, junto con la incorporación masiva de las TICs (Tecnologías de la Información y la Comunicación) y la robotización, la terciarización de la economía en los países centrales del capitalismo, la desregulación de las relaciones laborales y su legislación, la deslocalización de la producción, la externalización de la misma y la producción en series cortas.

Esta última, las series cortas de la producción en cadena, han sido posibles mediante los factores anteriormente señalados como característicos de la etapa de globalización neoliberal del capitalismo pero también de las nuevas formas de gestión y organización del proceso productivo (paso del fordismo a los equipos de trabajo, flexibilización de las tareas y plantillas de trabajadores, polivalencia del equipo, fabricación por lotes...).

En clave de gestión empresarial dichos cambios representan una serie de ventajas cuando el mercado capitalista mundial empezó a acelerar sus períodos de inestabilidad a partir de la crisis del 73 del pasado siglo.

Las series cortas de producción significaron un menor coste en materiales, permitiendo desescalar las inversiones globales en los mismos y aprovechar las fluctuaciones a la baja de las ofertas de proveedores en períodos más cortos.

En términos logísticos favorecieron un ahorro en almacenaje (menor ocupación, ajuste de la capacidad de transporte a la demanda prevista...). Inditex (Zara) es un buen paradigma. Dentro de una referencia concreta el grupo no vuelve a la producción de la misma, si hay alta demanda, hasta que en esta no empiezan a agotarse los productos.

Desde la oferta empresarial, las series cortas de producción han aportado grandes ventajas.

Una de ellas ha sido multiplicar la oferta de un mismo producto, introduciendo pequeñas variaciones estéticas y funcionales, transmitiendo a la demanda una imagen de amplia diversificación, el efecto moda y la idea de innovación tecnológica.

Se trata de generar en grupos concretos de consumidores la identificación con funcionalidades, diseños estéticos y valores imbuidos publicitariamente, dirigidos a determinados grupos de consumidores. Aquí el producto adquiere el valor no tanto de un bien, pensado para satisfacer una necesidad material concreta, sino el de objeto que actúa como signo externo identificador, en muchos casos del status social de sus poseedores.

Cobran gran importancia en la investigación de mercados factores que, tomando como referencia modelos weberianos de clase social, van más allá y se adentran en cuestiones como valores de y en el consumo, estilos de vida, tendencias, factores autorreferenciales del consumidor (¿qué dice de mí este producto?, ¿cómo me siento conmigo al consumirlo/tenerlo?) y variables sociográficas (sexo, edad...).

De este modo, los nichos de mercado son la expresión en el consumo de la producción por lotes.

La segmentación sublima la integración del individuo dentro del sistema económico capitalista, haciéndole sentirse identificado con el propio producto y con el grupo de pertenencia poseedor del mismo, diferente a otros grupos de consumidores, y desdibujando la contradicción esencial entre trabajo y capital dentro de una pseudodemocracia de consumo cada vez más desigualitaria.

El producto define al "homo consumens" (Erich Fromm) a través de la subjetividad de las emociones y el deseo, de la anticipación del goce que implica el momento de la compra y el tiempo de disfrute, cada vez más efímero, por efecto de la publicidad, la obsolescencia programada y la moda (triada externa al comprador, generadora de deseo). El "otro" lacaniano es aquí el objeto de deseo en el producto humanizado, depositario de una afectividad proyectada sobre el mismo.

La forma consumista de vivir se extrapola al conjunto del mundo consumidor.

El individuo se significa a través del producto consumido. Se expresa como status (quienes pueden alcanzar categorías "premium"), se integra en las tendencias del momento (primordialmente los jóvenes), representa un simulacro de socialización con quienes comparten sus experiencias de consumo, demarca una ilusión de diferenciación frente a quienes poseen (son poseídos por) otros productos.

El consumidor se objetiva a sí mismo. Remodela su cuerpo en el gimnasio, en el quirófano del cirujano plástico, en el local del tatuador, en el cambio de su máscara social con maquillaje, vende sus destrezas laborales en la selección de puestos de trabajo y en las webs de empleo de acuerdo a los requerimientos del potencial contratador, se valoriza como mercancía erótica en las páginas de contactos y de búsqueda de parejas, busca un refrendo social de acuerdo a lo que posee, no a su cualidad intrínsecamente humana. Entra en el circuito de la mercancía. Se despoja de su yo más auténtico. 

Establece con los otros seres humanos relaciones pragmáticas, instrumentales, los cosifica. El eros no entraña compromiso sino goce individual del otro sin esfuerzo por conservar el nosotros, es posible tener 400 amigos en facebook, para intentar llenar el vacío existencial, sin los riesgos de aceptar el conocerse en persona, se evalúa la conveniencia de las relaciones sociales en términos de utilidad. Los otros se convierten en un fluir permanente de oportunidades, ventajas e inconvenientes.

"La desvalorización del mundo humano" del que hablaba Marx en la producción de mercancías se ha extrapolado al mundo del consumo en esta etapa neoliberal del capitalismo, representándose ahora como la conversión del individuo en mercancía de consumo y en proceso de atomización social.

A cada forma económica de dominación social le corresponde la ideología dominante que le sirve de justificación.

Hasta el siglo XIX del capitalismo se mantuvo su sustento ideológico sobre los dos pilares que en otras formas económicas de dominación estuvieron vigentes, la religión y la legislación jurídica, las leyes. La clase trabajadora aún era emergente y socialmente minoritaria. No parecían sus primeras organizaciones una amenaza para el capital que los cuerpos policiales no pudieran controlar.

Bien entrado el siglo XIX lo harían la educación universal, los medios de comunicación de la burguesía y la publicidad. Frente a una clase trabajadora organizada que comenzaba a tener proyectos, adoctrinamiento e incremento de la represión policial eran los instrumentos a utilizar.

En el siglo XX entraron en crisis la religión y la educación. La publicidad convencional se hizo dios y habitó entre la clase trabajadora. Cultura de masas y contracultura entraron a saco, la primera como legitimadora, la segunda como supuesta crítica, integrable, en el capitalismo.

En el siglo XXI vivimos la sospecha sobre los viejos aparatos de comunicación (prensa y televisión), mientras emergían los nuevos canales nacidos de Internet, la nueva utopía (distópica hoy) que prometía facilitar una mayor libertad de información y opinión.

Del mismo modo en que religión y leyes sirvieron de mordaza ideológica frente a cualquier atisbo de crítica antes del capitalismo, y educación y medios de comunicación fueron pasando después por la criba del rechazo social, la vieja publicidad se fue renovando y la comunicación disfrazándose de vuelta al origen del periodismo libre y democrático. Nada más lejos de la verdad.

Pero la falacia de una forma de comunicación libre, no jerarquizada, auténtica, participativa y del "periodista ciudadano" es útil y funcional al viejo sistema de dominación y explotación capitalista, del mismo modo que para la crítica al neoliberalismo pero no al capitalismo.

El instrumento del que se sirve esa forma de comunicación es Internet, un espacio de ruido no reflexivo, sino de inmediatez sucesivamente sustitutoria de contenidos que se suceden como un menú de estímulos en el que cada nuevo item impide detenerse en el anterior.

Las redes sociales, principal medio de una supuesta democracia digital, no favorecen el intercambio de ideas sino la cacofonía de opiniones inmediatas, más destinadas al rechazo a lo expresado por el otro, que a la búsqueda de propuestas valiosas.

Son una descarga fácil y cómoda de la crítica política y social, más parecida a la banalidad de los programas televisivos de telerealidad y entretenimiento que a una implicación personal con intención de transformar el mundo.

"Teorizar que internet es una nueva forma y mejorada de la política, que navegar por la red es una nueva y más efectiva forma de compromiso político, y que la vertiginosa velocidad de conexión a Internet significa un avance de la democracia, se parece sospechosamente a una  excusa más de las tantas que esgrimen las clases ilustradas a la hora de justificar sus prácticas de vida, cada vez más despolitizadas, y su aspiración de obtener una baja con honores en la "política de lo real" ". (Bauman, Zygmunt. "Vida de consumo". Fondo de Cultura Económica. 2007)

Bauman cita al periodista y ensayista norteamericano Thomas Frank, autor de la obra "Un mercado bajo Dios: capitalismo salvaje, populismo de mercado y fin de la democracia económica", que desmenuza irreverentemente tanto el espíritu neoliberal de la época de la llamada Nueva Economía, así como el modo en que los "críticos" de la misma, provenientes de las clases medias, jugaban a la política como medio de autopromoción personal. Es el signo del activista.

"Citando a Thomas Frank, para los miembros de las actuales clases ilustradas y los aspirantes a ella, "la política se transforma primordialmente en un ejercicio de la autoterapia individual, un logro personal, y no un esfuerzo tendiente a la construcción de movimiento", un medio para anunciar al mundo sus propias virtudes".

Es difícil hablar de activismo sin hacerlo de las redes sociales y de las plataformas digitales promotoras del activismo. La gran mayoría de los autodenominados activistas y de los ungidos como tales por los medios de comunicación son, ante todo, ciberactivistas. Su presencia en la calle está más bien ligada a la realización de pequeñas "flash-mobs" y "performances" y su forma de actuación hacia las instituciones suele atenerse a lo que se conoce como política de lobbys, algo que muy poco tiene que ver con el nosotros colectivo que construye movimiento amplio.

El activismo tiende a la profesionalización. Muchas grandes ONGs internacionales participan en las Juntas de Accionistas de un sinnúmero de corporaciones multinacionales, en cumplimiento de las políticas de Responsabilidad Social Corporativa (RSC) de las empresas, que dicen practicar una actuación éticamente responsable y medioambientalmente comprometida. La ONG en cuestión pide a los accionistas minoritarios de la compañía que unan sus votos en el Consejo de Administración de la misma y cedan su representación a alguien designado por la ONG. La colaboración llega en ocasiones a la cooptación de cargos de activistas o al disfraz de tales para el desempeño de tareas y responsabilidades de RSC de las empresas.

Lo mismo sucede en la administración pública. La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible ha abierto una posibilidad de negocio sideral para un capitalismo con crisis de acumulación desde hace varios decenios, para ONGs reconvertidas en agencias de contratación, para jóvenes ingenuos y no tan ingénuos y para cínicos dispuestos a colocarse cómo, dónde sea y a costa de quien sea, pillando su parte del pastel o sus migajas, dependiendo de sus habilidades y límites, o falta de ellos, morales. De las políticas medioambientales a las educativas, que son las previstas para la reorganización productiva del sistema capitalista o las de igualdad, formas de sustituir las conquistas históricas de la clase trabajadora por medidas asistenciales  por colectivos (políticas de igualdad de género, de sectores con minusvalías, dirigidas hacia inmigrantes, jóvenes...) fragmentando la universalidad del concepto en una "igualdad" por cuotas, y generando un clientelismo, no muy diferente del que practican las derechas, del que los primeros beneficiarios de empleo van a ser los activistas-profesionales de dichas políticas de igualdad, mientras acaba de desaparecer el Estado Social.

Grandes plataformas promotoras del activismo, como change.org tienen como inversores, entre otros varios, a Bill Gates, Richard Branson (Virgin) y, el principal de ellos, Reid Hoffman (fundador de Change y cofundador de Linkedin), dan empleo a un buen puñado de ciberactivistas. Y es que, ya se sabe, para luchar por la libertad, que siempre es de mercado, y el cambio social, para que nada cambie, no hay nada como un buen número de idealistas activistas a sueldo del capital y de sus objetivos de perpetuación de su maquinaria de explotación y dominación.

Hace 10-15 años los estudios de Trabajo Social llenaron de alumnos sus centros. Sería injusto negar mucho del impulso generoso de aquellos jóvenes pero su utopía personal, más activista que militante, no era ajena a las promesas de creciente mercado de trabajo al finalizar sus estudios.

El activismo y los activistas merecen una mayor profundización de la dedicada hasta ahora.

Si algo define a los activistas hoy es la microsegmentación de sus reivindicaciones en un creciente e inmenso archipiélago de identidades.

Junto a dos viejas identidades como la religiosa o nacional (históricamente grandes movilizadoras de violencia y conflictos bélicos), coincida o no con Estados, tenemos otras muchas:

  • La de opción de género (un amplio elenco al que se incorporan cada vez más identidades. El LGTBIQA+ va añadiendo progresivamente más letras del vocabulario. Será por falta de letras en el teclado del móvil...

  • La feminista, que se subdivide en varias corrientes,

    • La ficticia oposición entre el feminismo de clase y el burgués. Ambas marchan del brazo el 8 de Marzo, conmemorando el Día Internacional de la Mujer, no el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, que es lo que empezó siendo, y que las supuestas feministas de clase han enfatizado con su llamada "sororidad" con el conjunto de mujeres por encima de su condición estructural de pertenencia a una clase social concreta.

    • La del antagonismo entre lo biológico  (las TERF, entre otras) de ser mujer  y el género como elección (transfeminismo). Es lo que pasa cuando, como Simone de Beauvoir, se tiene un día tonto, y no se corrige más tarde, y se afirma que "no se nace mujer, se llega a serlo". La idea que desarrolla la frase es que el significado de ser mujer ha sido construído desde el hombre a partir de los roles sociales que le ha impuesto y que la tarea de las mujeres es construir su propia identidad. La falacia de esa concepción es que es cierta en su primera parte pero es falsa en la segunda, ya que entreabre la puerta a la subjetividad del género, otra construcción cultural, que posibilita la negación del hecho biológico y, paradójicamente, la elección individual a discreción de lo que se pretende negar: la adscripción a un sexo concreto. Ello no sólo caricaturiza la biología sino que da lugar a una división dentro del feminismo que se irá profundizando con el tiempo, lo debilitará desacreditándolo y abrirá, con el tiempo, nuevas fuentes de división. Qué distinto hubiera sido una perspectiva de lucha por una equidad que no debiera ser meramente igualitaria, dado el punto de partida desigual, en todos los órdenes socio-culturales e ideológicos entre hombres y mujeres, dentro de una lucha común de clase contra clase.


  • La de los animalistas, que ponen al resto de especies animales a la misma altura, cuando no superior, desde una visión sentimentaloide e infantil, potenciada por el mundo Disney, a la humana. Es un hecho aberrante. Toda especie, incluso en lucha entre sus individuos, se esfuerza en primer lugar por sí misma. El maltrato al animal es un comportamiento tan degenerado como el de un activismo que ponga por delante, en hechos y comportamientos, no en palabras, a menudo falaces, el animal sobre el prójimo. El petichismo, esa forma de humanizar a la mascota como a la persona, con frecuencia va unido a la escasa empatía hacia la realidad del mundo humano y a la indiferencia hacia las razones sociales, económicas y políticas de su dolor.

  • La de los veganos, que son la consecuencia depurada del animalismo. Cuando su decisión es individual y libre de presión de comportamiento sectario y no criminaliza a la persona omnívora, su elección es respetable. En los casos crecientes en que deja de serlo (selección de sus relaciones sociales según su alimentación, pintadas y ataques a carnicerías, siendo los principales proveedores de comida vegana multinacionales de la carne...) dejan de serlo y merecen entrar en el dudoso cuadro de honor de los peores animalistas.

  • La de las activistas de la corrección política que acobardan la palabra. Si pudieran harían lo mismo con el pensamiento, al estilo de los acusados como "crimentales" de 1984, sea sobre los hechos de hoy o del pasado, con la literatura, el pensamiento científico, el arte o la indecorosa vida de grandes personajes de la historia. Sospechosamente, respecto al pasado muestran una pasión inquisidora especialmente dedicada hacia personalidades significadas por su ideología progresiva. Y, curiosamente, se da también entre el sector feminista que afirma que "lo personal es político" y que exhibe, incluso institucionalmente, su concepto de lo privado como modelo a seguir, al igual que lo han hecho ultras como Berlusconi o Trump, los programas de telerealidad y las vidas de los famosos. Suelen ser mujeres groseras que intentan convertir sus complejos en éxitos personales y modelos de actuación colectiva.

  • La de los milenaristas del fin del mundo. Conectan muy bien con una infancia y una adolescencia previamente aterrorizada por medios de comunicación y redes sociales, educadores y políticos. Ha de ser duro pensar a tan corta edad que el Planeta se puede ir al carajo en 30-40 años y que puedes ser la última generación viva sobre la tierra, que antes de llegar a viejo conocerás un nivel de destrucción no imaginable. Y, sin creer todo lo que dicen los científicos, lo cierto es que lo que vamos viendo no pinta bien. Pero hay un fatalismo de fondo y una urgencia que oculta que las transformaciones energéticas, de movilidad, productivas, de consumo, de costes y precios los está pagando ya la clase trabajadora, que los va a pagar mucho más hasta su miseria más radical. A estos niños (Greta Thunberg, los de "Extinción Rebelión" que creen coherente con sus denuncias el atacar la belleza del arte), concienciados por el capital de la urgencia de los cambios, alguien debiera poner ante sus ojos la película coreana "Snowpiercer" (Rompenieves). En ella los viajeros de cola de cola de un tren diseñado por un ingeniero, tras la edad de hielo, que ha eliminado la vida sobre la tierra, comen unas barras de gelatina fabricada con restos humanos, facilitada por los ricos de los vagones de cabecera. Los miserables se acaban enfrentando a los que dirigen el tren y, finalmente, a su dueño. Es la historia de la humanidad y de sus formas de dominación: esclavos contra ciudadanos libres, plebeyos contra patricios, siervos contra señores, asalariados contra empresarios, miserables contra ricos... siempre habrá un motivo de rebelión. Los niños de la burguesía a los que sus padres limitan la hora de jugar con la play no son el mejor exponente de una lucha igualitaria por la supervivencia de la especie.

El paso del obrero masa, concentrado en grandes empresas, con identidad de clase, organizado y con cierta conciencia de la misma, al obrero social de Negri, descentralizado, dividido en multicategorías, desidentificado de su conciencia del ser y desorganizado, es correlativo con el tiempo en el que muere la oportunidad de una liberación colectiva, la condición de asalariado que crea riqueza frente a quienes viven de ella y la realidad social, económica y política se fragmenta en un crisol de identidades que , por la propia naturaleza individualista del activista, entrará como alternativa.

Estamos en la fase previa a la microsegmentación de todas las identidades. Frente al capital ya no está el trabajador concienciado y militante que expresa un no, dentro de una conciencia colectiva que le lleva a organizarse en un movimiento de clase mucho más amplio. El de una colectividad que nos resume a casi todos.

Lo que ahora domina en el paisaje es la superestrella mediática. El actuante es el buscavidas en su solitario proyecto del ¿qué hay de lo mío? en una deriva narcisista hacia causas cada vez más minoritarias y particulares.

En algún momento habrá que explicar  de qué modo, no sólo las transformaciones estructurales que han afectado a la clase trabajadora y a su conciencia y formas de organización han favorecido la aparición de los activistas estrellas de la pista.

Convendría también hablar de cómo el burocratismo de las organizaciones de trabajadores impide la iniciativa de ideas y acciones, de la manera en la que las direcciones se blindan frente a la crítica interna, de la forma en que su deriva electoral convierte al militante en afiliado pegacarteles.

domingo, 9 de abril de 2023

Francia: la transición ecológica y la reforma de las pensiones

 

Manifestación del 19 de enero de 2023
Plaza de la República, París.

Por Arash

La protesta de los chalecos amarillos, o gilets jaunes en su lengua original, fue natural de Francia y cobró fuerza a finales de 2018. Dos años después, a medida que la epidemia del coronavirus se convertía en pandemia, fue extinguiéndose y desapareciendo de las calles.

La combinación del "bicho", más bien virus, junto con los efectos de la crisis económica, se extendía ya en 2020 a todo el mundo, obligando a los gobiernos cabales a decretar los primeros confinamientos masivos en un momento en el que todavía no tenían ninguna otra alternativa para frenar la propagación, con independencia de que, aunque fuera de rebote, la infección contagiosa les hubiera sido más o menos oportuna.

Mientras tuvieron lugar tales movilizaciones, algunos elementos ya intentaban confundirlas con las embusteras imitaciones nacionalistas de Cataluña, Bélgica u otras regiones y países de Europa, en donde partidos y asociaciones de dudosa orientación, o abiértamente ultraderechistas y fascistas, intentaron emular las convocatorias.

El movimiento en cuestión fue calumniado de diferentes maneras en todos estos países. Por ejemplo, mientras que algunos medios de comunicación apostaban por dirigir la opinión pública mediante tácticas más convencionales, en otros como La Sexta (de Atresmedia, al igual que Antena 3) trataban de asociarla diréctamente con los objetivos y la corriente del lepenismo.

Así, en uno de los noticiarios emitidos (véase el minuto 1 de este vídeo) en esta cadena se dijo que el 42% de los chalecos amarillos votaba entonces (2018) a Marine Le Pen, citando incluso una encuesta del 8 de diciembre de ese año de la consultora Elabe como fuente. 

Me importa poco si la mentira fue intencionada, o el "desliz inocente" de la empleada que interpretaba o le narraba la noticia a millones de teleespectadores, porque la línea editorial procapitalista y apagafuegos de esta cadena sí que no es un hecho aislado.

Lo que en realidad se desprendía de los datos de Elabe (en esa misma encuesta de 2018) es que, a la vez que transcurría la movilización popular, el 42% de los votantes de Le Pen se veían a sí mismos o se identificaban "como parte activa del movimiento", tal y como se subraya en Electromanía.

Vamos, que la muestra a la que preguntaron los encuestadores no era de chalecos amarillos, y por lo tanto, la pregunta de la encuesta no era sólo la de qué candidato electoral votó para las anteriores presidenciales francesas de 2017 o por cuál tenía simpatía esa muestra, sino también si apoyaba a los chalecos amarillos y si se consideraba (identidad) parte de los mismos, porque así es como se trataba de inferir la medición del "grado de implicación personal". La manipulación de los datos estaba prácticamente hecha en el peor de los sentidos.




Lo que pasa es que, al igual que cualquier empresa, las agencias de noticias como Atresmedia se diversifican lo que pueden en el mercado, lo que implica que les proporcionan a los consumidores las toneladas de mentiras que estos han aceptado que les ofrezcan. Por eso algunas tienen más de un canal de televisión.

Como las audiencias a las que pretenden orientarse en el telediario de La Sexta son las que son -aquellas en las que tuvo efecto la propaganda en favor de una parte de los atrapasueños de la vieja/nueva política hace una década- resulta que el noticiario de este último canal no podía tergiversar la lucha de los chalecos amarillos símplemente insultándoles y acusándoles de "violentos", "antisistema" o "extrema izquierda". Así que los presentaron como fascistas.

La actitud mantenida desde la izquierda hacia los gilets jaunes tampoco fue muy deseable: los afiliados de sus partidos ignoraron su potencial, sin entender que el problema lo tenían sus propias organizaciones. En su día intenté explicar por qué el movimiento de aquellos fue ejemplar. Su foco principal en el rechazo a la ecotasa los alejó inevitablemente de los discursos equidistantes, electoralistas y atrapalotodo.

No era un "movimiento de indignados", pues, como los habidos en las naciones occidentales diez años antes, que es lo que habían intentado los niñatos supermegarrevolucionarios (del teclado y los performances) en la "Nuit Debout", ni tampoco una de esas "revoluciones de colores" como las de los antiguos países socialistas, pese a lo que se llegó a asegurar en la Rossiyskaya Gazeta (Gaceta de Rusia), que es canal oficial del gobierno de este país.

Muy por el contrario, eran precísamente gentes y personalidades muy cercanas en sus ideas a Putin, ese pecholobo anticomunista que algunos imbéciles han convertido en una supuesta referencia del antifascismo, quienes en el país galo trataban de infiltrarse en la movilización de los chalecos amarillos. Me refiero precísamente a los lepenistas y demás porquería por el estilo, que no tuvieron demasiada acogida en aquella. 

A uno de estos tipejos, que también pasó por la formación de Le Pen hasta 2011, otro fascista más llamado Yvan Benedetti, también le habían expulsado a hostias de una manifestación de los chalecos amarillos, tal y como él mismo contaba en su cuenta de Twitter. Es el único trato que cabe con esos malnacidos. A la serpiente no se le discute, sino que se le combate y se la aplasta como sea.


El entonces Frente Nacional, que es el nombre que por aquella fecha tenía el partido de Le Pen, recibió en 2014 un préstamo por valor de 9 millones de euros procedente del First Czech Russian Bank, entidad financiera ligada al gobierno ruso. Según decía ella, los bancos franceses no le prestaban dinero a su partido.

Es ya conocido que el Frente Nacional, renombrado en 2018 como Agrupación Nacional, ha estado persiguiendo durante todo este tiempo su homologación ante los poderes capitalistas, las clases dirigentes y los medios de comunicación del país, o como mínimo están intentando "moderar" su imagen.

El objetivo no sería otro que el de tratar de obtener un favor más significativo de dichos medios de comunicación, para que estos formasen a las masas en una opinión más indiferente o incluso amistosa hacia su programa, de manera similar a como hicieron una parte de los fascistas italianos en los años noventa, que acabaron en coalición con el putero Silvio Berlusconi, dueño de ese medio asustaviejas de casquería política y sexual que es Telecinco. A lo mejor así conseguirían aumentar su apoyo financiero también en Francia.

A pesar del intento de sabotaje y de todas las difamaciones vertidas por unos, y la lejanía inaceptable de otros, en el movimiento de los chalecos amarillos sí que participaron activamente, sin embargo, algunos grupos comunistas de solidaridad. Eran maoístas que habían comprendido la conveniencia de secundarlo, con el fin de ampliar y profundizar sus contenidos.




Por su parte, desde el sindicalismo predominó en un primer momento el escepticismo, para dejar paso después a un cierto acercamiento. Fue muy interesante que se abriera a una iniciativa de trabajadores que había transcurrido al margen de las viejas organizaciones, procedentes del pasado ciclo histórico de luchas.

Afortunadamente, la CGT en particular pareció sensibilizarse y entender con el paso de los meses los motivos y objetivos de aquella protesta, hasta que más sindicatos de esta central confraternizaron con los grupos de gilets jaunes en manifestaciones, cortes de carreteras o bloqueos de instalaciones productivas.





Como ya dije al principio, el movimiento de los chalecos amarillos tuvo su apogeo en 2018, y ya había decaído para el año 2020. No sería de extrañar que si algo que pretendiera asumir la continuidad, o autopresentarse como su "heredero" volviese a irrumpir en escena, unos "nuevos chalecos amarillos" por así decirlo, llevasen o no el chaleco amarillo puesto, estos podrían ser ya fascistas, a diferencia de los originales. 

No debería extrañar que ciertas clases populares se deshagan hasta caer bajo la órbita de los sectores ideológicos más xenófobos, autoritarios, y liberticidas. El gobierno sacó las fuerzas de policía para sofocar y disolver sus manifestaciones, los medios de comunicación marcaron la agenda como siempre y difamaron y difundieron bulos contra ellos, y en medio de todo eso, la izquierda los miró desde el recelo. Otros han hablado mucho mejor que yo sobre la parte de la responsabilidad de la izquierda y ciertos movimiemtos, por haber fingido combatir eso mismo cuyo camino han estado acondicionando con sus vergüenzas.

Ahora, quienes cogen el testigo de aquellos trabajadores del campo y de la periferia de las ciudades que cortaban el tráfico y paraban el transporte, son los de las energéticas y las refinerías, los ferroviarios de las estaciones y los profesores de escuelas e institutos, entre otros muchos, que han secundado las varias huelgas que se suceden en diversos sectores y administraciones.

Junto con ellos los jubilados y pensionistas, los que más han vivido y que por eso más experiencia llevan a sus espaldas, que llevan años manifestándose contra el alargamiento de las bases reguladoras, contra el retraso en la edad de jubilación de los 62 a los 64 años, contra la reforma de las pensiones del gobierno. 

Lo que hizo tan valiosa la iniciativa de los gilets jaunes nada tenía que ver tampoco con practicar la búsqueda premeditada del combate urbano o la "guerrilla" callejera, que tantas veces ha sido el actuar de organizaciones con fines saboteadores de luchas justas, organizaciones incluso penetradas por los cuerpos policiales de los propios estados que a menudo se dicen "enfrentar".

Cuando se lucha por el pan y no por "ideales", uno ya se va a encontrar con toda probabilidad, antes o después, con los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, que es la organización suprema del poder político de la clase propietaria y dirigente, o si prefieren la versión liberal-weberiana, la organización que monopoliza el ejercicio de la violencia legítima. La clase trabajadora no necesita más provocadores de la policía ni insurreccionalistas a sueldo del capital.

Alrededor de la oposición al gravamen sobre los carburantes, también habían sido desplegadas años antes otras exigencias por los chalecos amarillos encaminadas hacia la unidad de clase, como el incremento del salario mínimo o el aumento de la cuantía de las pensiones. Y es que los ataques contra el sistema público de pensiones se han estado justificado tambien en la ecología, que no le tiene tanto que envidiar a la tecnocracia. 

Al sostenerse que la parálisis en la evolución de las tasas del PIB (productividad) a nivel mundial es la consecuencia de haber alcanzado un supuesto límite de la naturaleza, se argumenta que ya sólo cabe el decrecimiento, y se ponen en el punto de mira las cotizaciones sociales, que constituyen la base del sistema no sólo de pensiones, sino de la seguridad social en su conjunto. Eso que reivindican quienes se adhieren a semejante planteamiento ya lleva sucediendo en realidad desde 1973, cuando comenzó la crisis capitalista de superproducción de mercancías.

Por eso se tiende a deslaboralizar los derechos que regulan las pensiones de jubilación, las prestaciones para cuando está en el paro, u otras tantas formas de protección estatal, mientras a muchos les "indigna" que haya que cotizar a la seguridad social para tener una cobertura: se ataca así el eje mismo de todo lo público, y se justifica en virtud de un asistencialismo presentado como estúpida utopía de derechos innatos. 

Lo vimos con la Renta Básica Universal, cuyos experimentos conocidos ya desinflaron y fragmentaron la idea en muchas más versiones de las que había en un principio, desde las que se ha tratado de maquillar (como por ejemplo en Público o en Ctxt) el estrepitoso fracaso de aquellos de la manera más ridícula. A diferencia de la brunete mediática progre, los medios más abiertamente conservadores están más envalentonados, como no, en reconocerlo con claridad. 

El ecologismo es como mínimo curioso y merecería un estudio. Se cae en reificaciones y se le confiere (fetichismo) la cualidad de tener vida e incluso conciencia propia a lo que no lo tiene (Gaia: la personificación del medio ambiente), lo que equivale a la deshumanización del mundo porque es precísamente en nuestra especie que cabe hablar de conciencia, y entonces esa diferencia queda difuminada. 

Es decir, la transición hacia el nuevo modelo productivo, energético y del transporte por el que se está reemplazando el modelo carbónico, va convirtiendo a la clase trabajadora en la "parte olvidada" de todo lo que nos rodea. Resulta obvio que los combustibles fósiles no tienen demasiado futuro porque no es favorable para la vida en la tierra la continuación del deterioro de la naturaleza, pero a la vez se ignora el "aspecto humano" de esta, la naturaleza humana, porque para vivir hay que buscar trabajo, y en el capitalismo eso significa que muchos dependemos de un salario.

Así que se cierran minas y fábricas, se destruyen cientos de miles de empleos en todos los países y sectores, y se deja a todas esas personas, que tienen hipotecas que pagar, críos a los que costear sus estudios, familias que mantener, en la puñetera calle, con una mano delante y otra detrás.

La chaladura de algunos hasta alcanza a defender la idea de que las pensiones públicas no son sostenibles porque ya hay demasiados viejos. Se ve que los aparatos ideológicos del poder lo han estado haciendo bien. Esto se lo he oído no sólo a gentes de derechas, ni muchísimo menos, aunque alguno no se acordará de haberlo dicho: sostienen su falacia en que por causa natural terminamos muriendo todos, y como las poblaciones están más envejecidas que antes, por eso el sistema no es sostenible. Poco tiene que ver eso con la causa real.

El objetivo de las reformas de pensiones que se están llevando a cabo, tanto en Francia como en España y en cualquier país, es privatizar las pensiones públicas, porque las pensiones de la seguridad social no le generan beneficios al capital pero las de los planes privados, que a diferencia de las otras están basadas en comisiones (no se recibe, en el momento del rescate, todo lo que se aporto al fondo) sí que se los generan. 

Esa es la finalidad de las citadas reformas. Como la mayoría de los trabajadores no pueden permitirse costear pensiones privadas porque han de pagar las respectivas comisiones (como los intereses en los préstamos, pero aplicado a una circulación monetaria inversa), eliminando las pensiones públicas se consigue que los trabajadores aumenten el margen de plusvalía producida para los explotadores. 

Aunque para legitimarlas se aluda a la defensa del medio natural o un balance entre ingresos (cotizantes) y gastos (trabajadores jubilados y otros pensionistas), tanto la transición ecológica como la reforma de las pensiones persiguen lo mismo: favorecer la millonarias y multimillonarias inversiones capitalistas, tanto en el sector energético y del transporte, como en el financiero y de los seguros.

No estoy hablando ni de la transición que me gustaría, ni de una reforma que nos pudiera ser más favorable, sino de lo que hay en el capitalismo, y sin pretensión alguna de ignorar los matices dentro de ese sistema económico de explotación y dominación. Pero son ustedes muy libres si quieren deleitarse o incluso masturbar su imaginación con cualquiera que sea su fantástico ideal. 

Luego cuando se vuelvan a dar de bruces con la realidad de este sistema económico y social basado en la explotación no se pongan a atropellar políticos con el coche, como varios que ahora son de Vox y que hace diez años estaban megáfono en mano en alguna plaza española, aplaudidos por decenas de agitamanitas inclusivos y cortejados por cientos de indignados tolerantes, supervisibilizados desde el poder mediático y corporativo. Los políticos sólo son sus gestores, por si no quedó lo suficientemente claro. 

Ya veremos si la historia se repite.

lunes, 27 de marzo de 2023

Macrón se quita el reloj: hace lo suyo

 

Ahora lo véis, ahora no lo véis

Por Arash 

Hace no mucho que, en España, los progres hacían lo propio con bastante más "encanto" que Macrón. Ahora están ya gastados, cada vez son más quienes no se creen una sóla palabra de lo que dicen, y miren quiénes son los que sacan rédito político de ese descontento hacia ambos lados del Pirineo.

No me apetece dar un repaso de las múltiples maneras en que a veces consiguen estar tan cerca de ese agregado estúpido, caótico y contradictorio, la gente, como Pablo Iglesias cuando iba a dar clases a sus alumnos de la Universidad Complutense de Madrid en un Renault Clío, y demás coches viejos e indumentarias en las últimas campañas (electorales).

Desde Unidas Podemos se ha mantenido bastante bien la temperatura a través tanto de sus dirigentes, profesionales de los intereses personales que allí defienden, como de las bases, que son ya sólo de afiliados a los partidos convergentes y simpatizantes varios.

Ninguno de los diputados de esa formación ha despegado el culo de su asiento con motivo de la mochila austríaca, ni ha amenazado con hacerlo aprovechando la circunstancia del escaño que obtuvieron. Ni me decepciona ni me sorprende. 

Hasta para algo tan poco "transgresor" como eso habría que estar hecho de otra pasta diferente a la de quien tiene como prioridad continuar su carrera en las instituciones, y para el que cualquiera de las tímidas mejoras en la situación de algunos trabajadores sólo es algo secundario y supeditado a esa carrera.

La complicidad por ese paquete de recetas, que pone millones de euros de asalariados y pensionistas en manos de bancos, aseguradoras y mútuas, incumbe de lleno a dos de sus principales responsables sindicales en España: CCOO y UGT.

Era lógica la corresponsabilidad de ese ataque contra el sistema público de pensiones, porque el planteamiento de la cobertura o prestación ideal que caló hondo en cierta parte de la población ya desde el 15-M, cuando más se daba rienda suelta a la imaginación de un "mundo feliz" y chiripitifláutico, era y sigue siendo, verborreas aparte, el de un individualismo que huele que tira para atrás.

Desde hacía décadas habían estado enfrentando distintos conceptos sociales de gasto para dividirnos a todos, y lo hicieron con éxito. Lo de menos es que cambiara el arquetipo en el desmantelamiento de todas esas conquistas que, con sus vaivenes, comenzaron hace dos siglos y culminaron hace uno.

Los veteranos de la lucha de clases, que son jubilados, pensionistas en distintas circunstancias, viejos jodidos y agotados, estuvieron sólos en las calles de Bilbao, de Barakaldo, de Madrid y de tantas localidades del territorio nacional del estado. No salieron a provocar volcando contenedores al grito de libertad, ni denunciaban ninguna conspiración de los hombres lagarto.

La montaron para defender con uñas y dientes las pensiones públicas, encontrándose las restricciones y en varias ocasiones la violencia de la policía, el silencio y luego la tergiversación de los medios, y también la indiferencia de activistas y "revolucionarios" del teclado. Hay que ser idiota para que te la sude tanto lo que algún día podrías tener que necesitar. 

Mientras tanto, ciertos experimentos fallidos dentro y fuera de Europa forzaban a los vendedores de crecepelos para calvos a tratar de colarles más o menos la misma loción pero bajo nombres diferentes, con el fin de evitar la desilusión por asociación, por su traducción en una falta de votos para los candidatos de sus partidos.

La "propuesta estrella" de lo que sería el actual gobierno de coalición, ahora permanentemente hostigado por los fascistas de Vox y otro pelaje y señalado por una degradada masa cargada de sentimientos viscerales, apenas alcanzaba hace unos años a una mínima parte de aquellos a quienes prometió que serían sus beneficiarios. Aunque la propia idea en sí era la del gato por liebre, un cambiazo.

No era ningún secreto para nadie que uno de los principales objetivos de su formación, años después de la moción de censura que depuso al gobierno autoritario de Rajoy, era la reforma del sistema público de pensiones, para obtener de ahí el presupuesto.

El resto fue obra, pues, de la majadería general; del imbécil que prefiere fantasear con el ideal que sea que le inspire, en lugar de comprender e incluso cuestionar el porqué de la realidad en la que vive, o al menos entender cómo le están tomando el pelo y hasta se lo dicen en su puñetera cara.

Hay mucho que envidiar a la CGT de Francia, a la que las centrales sindicales mayoritarias de España no le llegan ni a la suela de las botas. Muchos ni siquiera sospechan las potentes razones que hay para ello.

Lo que me pregunto es qué inventarán las malas lenguas aleccionadoras del internet, los gurús del ordenador aquí y allá para ensuciar la protesta que ahora, en su punto álgido, sacude el país vecino, y cuánto tardarán en mostrar y reproducir los señuelos con los que modificar los objetivos de ese pulso hacia lo que sí pueda ser asimilado en un capitalismo en descomposición.

Bajo cualquier organización hay siempre luces y sombras, pero si algo ha vuelto a poner esta de manifiesto para el que todavía quiera mirar, es la existencia de un sujeto en defensa de sus intereses prioritarios y de sus necesidades inmediatas, lejos de la colorida fantasía de quien sea.

El tonter, como el facebook y demás redes de entontecimiento colectivo, son un estéril océano de egos más o menos disimulados, lo mismo en la forma de la publicidad comercial que tras la apariencia de una supuesta voluntad revolucionaria, y serán fundamentales en la búsqueda de fórmulas para sofocar la iniciativa de quienes aún apuestan por combatir.

sábado, 6 de agosto de 2022

Anticomunismo y fascismo: el compadreo no es cachondeo

Por Arash

El refrán "dime con quien andas y te diré quien eres" no es aplicable para describir mi orientación ideológica, en primer lugar, por lo que respecta a la primera parte de aquel, porque no se puede hablar de ese aspecto de mí en base a unos cerdos fascistas con los que no me codeo ni en pintura, y en segundo porque creo que hay que contestar, aunque fuese tarde y mal, esa bilis anticomunista que escupe la serpiente, con la que están logrando impregnar la conciencia de muchos que se identifican a sí mismos de diferentes maneras.

Reconozco que no he sido justo conmigo a la hora de dar esa respuesta: puede que estar desempleado, un tiempo ya demasiado prolongado, o no haber conocido hasta la fecha una estabilidad laboral, me haya estado predisponiendo a rodearme más de la cuenta, de forma agotadora, con cierto tipo particular de desagradecidos, individuos que desconocen por completo tanto la manera en que fue alcanzada en el pasado la calidad de vida que tienen, esa de la que aún disponen mientras venden lo suyo a plazos cada vez más inciertos, como el marco de libertades que lo hizo posible.

No me engaño, sé que en el sentido socioeconómico somos los mismos pringados de siempre estemos dentro o fuera, que en los centros de trabajo, de distintos sectores y con distintas condiciones laborales, se respira el mismo hedor que en la puerta del bar o la taberna. Pero la realidad de una alternativa hoy inexistente frente al temible horizonte que nos espera se tendría que construir, para que fuera creíble, no tanto "ahí" pero sí "desde ahí", que es donde se da la explotación, y estar lejos obstaculiza el mantener los pies en la tierra tanto como cuando la tienes enfrente de las narices y no quieres verla. Hago lo que puedo, no es fácil cuando el mundo enloquece.

Desde los tiempos de la transición seguramente nunca habíamos vuelto a conocer, hasta la fecha actual, un ambiente tan hostil -tan normalizado y aceptado- hacia todo aquello que se asocia con ese término tan emputecido al que recurren cada vez más para dejar de pensar con la cabeza y empezar a expresarse con el intestino, sean ideas eso que se asocia a dicho término, argumentos, e incluso personas. E importa poco la mayor o menor semejanza o, por el contrario, la total falta de correspondencia de dicha asociación. 

El último hijo de la gran puta al que escuché hablar de cerca era un malnacido que, habiéndose ocupado antes de excepcionar, eso sí, a aquellos de quienes decía que era amigo, como cuando en el franquismo se le perdonaba la vida a algún conocido, encontró el momento para espetar: "a mí lo que me gusta es dar de hostias a los etarras y a los comunistas". Los viejos, como esos miles que contra viento y marea han estado tanto tiempo en las calles reivindicando la defensa de lo nuestro, habrían captado al instante la naturaleza de tal declaración, pero se vé que en las generaciones posteriores consiguen engañar incluso con maneras tan obvias como esta. ¿Por qué se creerá en estas últimas que los fascistas divulgan a los comunistas como los mayores enemigos? Me muero de curiosidad por conocer lo que responderían.

Obviando sólo por un momento, y sin pretender ser selectivo en mi repulsa absoluta al terrorismo o la represión, su fétido desaire hacia aquel último de esos dos grupos tan dispares entre sí, sólo un poco después mencionó a cierto partido de la socialdemocracia vasca en una conversación que le oí mantener, así que enseguida tuve otra corroboración más de que, si había llegado a hacer gala de su execrable condición buscada de matón, seguro no habría sido con ningún miembro de aquella organización armada -cuya práctica siempre repudié, ese es otro tema- y que este homúnculo "confundió" con ese partido que les mencionaba. Junto con otro más que le acompañaba, que parecía estar reproduciendo verbalmente un podcast del Mein Kampf, podría haber sido perféctamente un neonazi miembro de Alianza Nacional, esa otra organización en cuyas sedes se han almacenado armas de fuego.

Por lo tanto, yo mismo podría haber sido uno de esos tipos con los que ese sujeto de mierda hubiera podido pretender disfrutar dándome "de hostias", en sus propias palabras, eso si antes no le consiguiera parar los pies a ese saco de basura humana, claro está.  Pero lo que no puede ser, y es por eso que se me hinchan los narices, es que cuando alguien que se presupone a sí mismo cabal se topa con algo como eso, con seres deseosos de encontrar a quienes convertir en su muñeco del pim pam pum para desahogar sus frustraciones personales, no ponga todo lo que debería estar poniendo de su parte.

Imagina que, con la excusa de que fueses algo, hay quienes seas lo que seas están dispuestos a señalarte como un blanco a abatir, a convertirte en objetivo de una paliza, a meterte en una lista o a darte un paseo, mientras ves que otros se descojonan de risa. Como mínimo resultaría "incómodo", ¿verdad? No es cachondeo el compadreo porque si te tienen que enseñar un brazo tatuado para que te empiece a parecer más obvio eso que antes no te lo parecía, entonces es que te pilló desprevenido. Tu inconsciencia le concedió lo que nadie debería estar concediéndoles.

A lo mejor si, después del comunista, te conviertes tú -ya sé que no lo eres, no hace falta que lo jures- en el próximo objetivo real o potencial de estos alevines aspirantes a delincuente, te comienzas a plantear la parte de la responsabilidad que pudiste tener por dejar que gente peligrosa como esa divulgara lo que te parecían unos "chistosos" mensajes sobre comunistas, los que tildan de tal manera o cualquiera que discrepe del frenesí que se está imponiendo, mientras tú les reías las gracias a sus comentarios. 

Poco importará porque ya será demasiado tarde, si es que no hace mucho que ya atravesamos ese umbral y sus designios son ya inevitables, pero mientras tanto no seré yo quien les haga sentir cómodos. Si han leído estas líneas y el título que escogí para ilustrar su contenido, aquellos a los que me refería ya se habrán dado correctamente por aludidos. 

martes, 8 de marzo de 2022

El capitalismo de estado sigue siendo el horizonte por las izquierdas


Por Arash

Cuando la ahora agonizante y, salvo notables excepciones, también desintegrada clase trabajadora irrumpió de lleno en el siglo que nos precede, los distintos experimentos socialistas de los viejos utópicos ya habían dado paso a otros de muy diferente y marcada tendencia ideológica, ya fueran estos encuadrados en procesos políticos más amplios o bien estuvieran más aislados y localizados bajo circunstancias particulares.

Toda esta última generación de experiencias, las del movimiento obrero una vez ya había superado su período más ingenuo hasta entonces, se pueden cuestionar tanto por la naturaleza de cada una y quienes fueron sus protagonistas como por los respectivos contextos en que fueron desarrolladas, aunque cada vez estoy más convencido de que es una imbecilidad de campeonato hacerlo cuando se están ignorando cuestiones mucho más elementales. 

Cuestiones más elementales se ignoran cuando, lejos de querer comprenderse el fondo de verdad del lógico y penetrante miedo con vistas a construir una realidad que se oponga a sus causas materiales, lo que se pretende es hacer bandera de aquel sentimiento y yuxtaponerle una esperanza, que es algo así como ponerse a "liberar chakras" frente la clara orientación fascista que va adoptando. Se pueden encontrar matices e inclinaciones diferentes, dentro de ese conjunto de emociones y supersticiones políticas que es la democracia parlamentaria.

Si me preguntasen, diría que el cambio de propietarios en determinadas empresas o centros de trabajo hacia quienes sí son técnicamente imprescindibles para su funcionamiento son ya palabras mayores, desde luego no un capricho de nadie. Pero qué más da si la idea, que como cualquier otra siempre tiene por supuesto quienes la refieran, puede sumar algunos seguidores más, de lo que sea.

Al respecto de aquellas experiencias se podrían mencionar desde el socialismo autogestionario de la antigua Yugoslavia hasta la colectivización agraria catalana de julio del treinta y seis, pasando por los consejos obreros antes y durante el gobierno de Imre Nagy o los mismísimos koljoses. Seguro que distintos predicadores muy españoles, por cierto, "ensalzan" estos últimos cuando se cumpla el puto centenario dentro de unos años, algo que creo muy diferente a la comprensión de la mayor o menor pertinencia que tuvieron este y otros acontecimientos en la historia moderna.

Su conversión en un objeto de consideración por parte de quienes jamás han tenido pretensión alguna de cuestionar el capitalismo, que a lo mucho habrán tenido que lidiar de la correspondiente manera interesada cuando fueron puestas en práctica, va mucho más allá de lo que parece y de lo que nos cuentan. A la acelerada creación de granjas colectivas en Rusia a finales de los años veinte, y es sólo un ejemplo de ello, la acostumbran a presentar muchos como un exceso en sí mismo, como una injusta requisación del grano en el campesinado.

Es lo que sucede cuando consigue hacer efecto el espíritu de quienes elaboraron la Declaración de Praga: que aparece como un exceso todo aquello que interese calificar de comunista, se parezca más, algo o nada eso que se califica de tal manera a esto último, que es lo de menos. En esos partidos de tendencia criminal que señalan a inmigrantes y en buena parte de los gobiernos que están levantando alambradas por toda Europa tampoco se tiene el menor reparo en servirse incluso de la propaganda de los nazis alemanes (Hearst) y colaboracionistas a la hora de pronunciarse para espetar su veneno.

Por su parte hay quienes, desde otras posiciones particulares, no dudan ni por un segundo de que ni la susodicha colectivización, ni la URSS, ni siquiera el mismísimo desalojo del Palacio de Invierno y la insurrección en la que tuvo lugar, hubieran existido sin aquel a quien rinden crecientemente su patético culto a la personalidad, porque en el fondo para ellos es todo lo mismo. Cualquier día nos los encontramos en Sol o por la Gran Vía de alguna capital con un gorro de orejeras puesto y bailando un trepak si hace falta.

Su grado de desconexión actual con el presente, no tanto en un sentido emocional o por el estado de ánimo predominante, que es lo que aspiran a capitanear, sino por lo que respecta al salto que imaginan, no se entiende en toda su magnitud sin tener en cuenta eso que algunos partidos declaran ahora que se haga con ciertas compañías energéticas, en estos tiempos que corren de una monumental y lucrativa subida de los precios de la luz y del incremento del coste de vida en general, que se están viendo enormemente agravados como consecuencia tanto de la aventura bélica del capitalismo ruso en Ucrania como de las sanciones que se han ido escalonando de manera unilateral. 

Lo que tienen los más ortodoxos es que manejan unas retóricas más contestatarias, curiosamente igual que se hacía desde la izquierda hace cien años. No discuto la medida en que eso por lo que apuestan sería una opción más o menos perniciosa y perceptible, sino a cómo la pintan y por qué. 

Así, el que en lugar de decir "tomar" o "control por los trabajadores" algunos digan "tomar el control" es una enrevesada e interesante composición lingüística que sería bastante significativa de las intenciones reales de quienes afirman reconocerse en la idea de la desaparición de todas las clases, de no ser porque al igual que ellos, el resto de quienes se plantean o hablan de "nacionalizar" también están pensando simplemente en estatalizar, lo que dadas las circunstancias supondría algo parecido.

Debe haber quienes están convencidos de que se avecina una nueva revolución social y de que tenemos a la vuelta de la esquina la constitución de unos sóviets a punto de asaltar las estaciones térmicas, eólicas o hidroeléctricas de las corporaciones energéticas. Como mínimo ha de estar habiendo una enorme y sostenida movilización de trabajadores con las cosas muy claras, como para que el Estado vaya a ponerse a repartir alegremente la energía u otras formas de la riqueza entre todos, si este pasara a controlar la economía.

Tampoco pondré en duda la capacidad de autopersuasión de quienes así lo creen, al margen de la propia percepción de las masas. Mientras en aquellas corrientes se han estado tratando de divulgar utopías de cada vez más cortos vuelos, o se va creyendo ver en el sectarismo una respuesta a la crisis, la parte de estas últimas que aún está organizada trata de oponer alguna resistencia efectiva frente a la paulatina defenestración de lo conseguido a partir del hace mucho terminado ciclo de octubre, cuando la realidad es que la mayoría de las mismas permanece indiferente y se limita a plantearse cómo coño sobrevivirá con el empleo de chico de los recados o cuando ya no quede más que la chatarra asistencial que necesitan los gobiernos para intentar mantener el orden.

Pero me da la impresión de que estamos sobrados de aspirantes a los consejos de gestión o administración pública incluso cuando el apelativo de comunista se "otorga" a diestro y siniestro, costumbre esta última que se practica ya sea para azuzar los peores prejuicios e instintos de la sociedad irguiendo los muñecos del pim pam pum del mañana, que se refieren a los mismos del ayer a pesar de que hoy tendrán que inventarse a muchos más, aunque también para colgarse medallas a uno mismo como un cretino, que no es sólo cosa de la nueva socialdemocracia al contrario de lo que se acostumbra a pensar en los demás partidos que han convertido la hoz y el martillo en un emblema.

Los que se identifican a título personal de tal manera, o lo han hecho alguna vez, desde las instituciones sólo representan a un sector que ya consiguió convertirse en una burguesía de Estado o algo parecido, y que conste que ni estoy diciendo, ni de hecho pienso en ningún modo, que ni ellos ni parte de sus pretendientes más próximos, que tratan de ganarse descaradamente un hueco en el sistema de partidos junto con los que ya tienen representación en el congreso, merezcan o deban ser en absoluto equiparados a lo que representan los principales partidos parlamentarios ajenos a la llamada mayoría de la investidura. Todo hay que decirlo, no vaya a ser que alguien se equivoque. Sería injusto e inexacto decir que son lo mismo que esa "suma" de aspiraciones delictivas que padeceríamos con creces de tenerlos en la Moncloa. 

Por eso mismo, pese a mi absoluto rechazo de la recuperación de la teoría del "socialfascismo", de aplicación tan extremadamente inoportuna como lo fue cuando la diseñaron en 1928 y señal inequívoca de la irremediable degeneración del polo comunista, me pregunto qué nivel de bajeza ha de tener también esa idea de sociedad que se dice perseguir a medida que uno se plantea la totalidad de la corroída diáspora (incluidos y especialmente aquellos a quienes la política profesional Yolanda Díaz se refirió, con razón, como marginales) vista la manera convencida en que los del extremo en esa tendencia se suponen a sí mismos algún tipo de alternativa frente al actual estado de cosas y frente a quienes tampoco han planteado la que necesitamos. 

No consideran ni pretenden estimar la validez de sus propias organizaciones por sus posicionamientos y por los resultados a los que estos las conducen, pero para captar adherentes a siglas o a colores siempre han estado los performances. Para tratarse de una respuesta a la pusilánime y frustrante posmodernidad y sus mil y una caras, también parece bastante exacerbada su inclinación hacia la iconografía y el simbolismo, por mucho que hagan el egipcio cuando se lo recuerdan, pero ellos a lo suyo como siempre. 

A parte de la cronología de fechas, que se concatenan como una secuencia de datos irrelevantes porque no son comprendidos por aquellos a quienes se dirigen quienes los exponen, el simple exhibicionismo de banderas ya era, por cierto, una botella a la que se le pegaban buenos lingotazos con las últimas convocatorias del PCE-IU, que es cuando las manifestaciones regresaron a sus orígenes históricos: las procesiones. 

Todo ello ya venía de antes pero, no por casualidad, se volvió mucho más agudo después de que se enamorasen perdidamente de quienes decían aquello inquisitorial del "sin banderas", a pesar de que trataban de expulsar a los propios asistentes afiliados a sus organizaciones y, por extensión, a todo el que mostrase alguna enseña "no inclusiva", que ya sabemos lo que eso significaba. En Italia hasta los llegaron a golpear. Los sectores marginales sólo son los despechados de ese amor inconfesado hacia lo que se profesaba en un movimiento que odiaban pero del que interiorizaron tanto su contenido, cambiando las formas. 

Si alguno de todos los anteriores se hubiera leído a Rosa Luxemburgo, en lugar de haber pasado la vista por encima de alguno de sus textos como mucho, seguramente se haría una idea más certera sobre los logros que obtuvo el gobierno bolchevique en los años inmediatamente posteriores a 1917, en vez de utilizarlos como mera propaganda de las insuficiencias o vergüenzas de lo que hoy llaman el "movimiento comunista". 

La trayectoria de esta marxista de origen polaco y alemán resulta tan tergiversada, por quienes se atreven a transmutarla en objeto de las mentiras de las feministas, como esta y la de Lenin lo son ambas por parte de la izquierda en su conjunto, o bien se la tiene a aquella por una mera teórica y política de segunda fila a la que relegan a la sombra con muy poco disimulo.

En aquel otro país, Rusia, la estatalización de los medios de producción había que consignarla y, en ese sentido, había que defender a la dirigencia del proceso frente a todos sus adversarios y los gobiernos extranjeros que lo confrontaron, pero porque en vísperas de lo que sería aquel desplazamiento insurreccional del poder, la clase obrera de la época estaba organizada o a punto de hacerlo en tanto dictadura de clase, o sea, en la forma de Estado si lo prefieren. Igual que ahora, vamos.

Me juego un almuerzo a que si alguno de los caudillos y twitstars que pueblan ese estercolero de egos y trending topics que son las redes sociales les instase a ello, más de uno sería capaz hasta de tomar el Puente de Monteolivete con un moshin nagant. Lo mismo da si un nuevo "don" Miguel Primo de Rivera se subiera al estrado de la presidencia con una docena de tanques como escolta en las puertas del edificio que alberga su sede. Alguien declararía ante toda la población que el socialismo está comenzando y se quedaría más ancho que largo.

Posteriormente, si fueron alcanzados unos elevados estándares materiales o de vida en el contexto de la sociedad de la época fue precísamente por la extensión de los koljoses en el campo, que siempre fueron mucho mayores en número y en importancia en relación a los sovjoses o granjas estatales. Incluso el propio sistema estatal de protección social, que de manera indirecta se volvió una referencia hasta en occidente, se comprende a partir de la formación de aquellos.

Pero los actuales campeones de la revolución ignoran que la importancia de esa colectivización se debió también a que la dirección revolucionaria había sido desplazada por la burocracia política. Antes, no después. Tratar de presentar al Estado como si hubiera sido lo mismo recién oficializado el poder soviético que según fueron pasando los años, es algo tan vulgar como pretender desarrollar una explicación sobre la involución de la revolución rusa a partir de una personalidad o de un congreso, que es a lo que tienen acostumbrados a sus escasos seguidores. Pero las últimas semanas vuelven a enseñar que no es tiempo de revoluciones, sino de cretinos que justifican invasiones como lo hace Putin cuando se presenta como justiciero.

La socavación de las bases de ese poder ya manifestaba entonces, apenas comenzado el período de entreguerras, importantes diferencias en la correlación de fuerzas, pero es que hoy la clase trabajadora se está reconvirtiendo, generación tras generación, en proletariado como en el siglo diecinueve, pero en el siglo veintiuno. Eso sí, hay quienes cada vez se atribuyen con más énfasis una autoproclamada condición no sólo comunista sino también de vanguardia desde la que se habla de colectivizar y de socializar.

Está claro. Si los liberales no distinguen entre una estatalización y la tendencia monopolista, más allá de esa ideología que profesan también se la pretende confundir con una hipotética expropiación socialista. Por cierto, la orientación del liberalismo es tan liberticida como puede llegar a serlo todo lo que queda fuera, ni más ni menos.

¿Alguien cabal que crea en la necesidad de organización de clase confía acaso en los guardianes de las esencias? Prefieren la retórica y la liturgia porque la actualidad les parece demasiado desagradable. Sí que lo es, poco a poco esto va tomando forma y no se parece en nada a la toma de la "Bastilla petrogradiense", pero lo será así y peor aún mientras ellos continúen convirtiendo esa pasividad en motivo para seguir evocando el pasado, que es lo que les sirve para invocar alguna supuesta correspondencia en el presente. Otros se ponían en círculo hace un tiempo para invocar otras cosas, personas o supuestas "cualidades".

Nada de eso es obviamente una alternativa creíble, y mientras siga sin haberla, el poder incuestionado del capitalismo contemporáneo, sea cual sea su color y signo político, seguirá encontrando la manera de ir ventilándose los niveles conseguidos de protección social, que queda como una inercia de otra época en vías de desaparición. 

El motivo no es ninguna fuerza sobrenatural sino que todas esas coberturas que constituyen dicha protección en su conjunto son parte del salario, y quienes resisten con su ejemplo no tienen quienes les tomen el relevo. Es perféctamente comprensible el agotamiento de los pocos que se deciden a tomar este otro camino.

viernes, 25 de febrero de 2022

Arrastrados hacia la propaganda

Kiev, 2022. Fuente: DW

Por Arash

¿Se da cuenta o le importa acaso al personal que, en función de la línea editorial, los discursos de una parte de los dirigentes políticos involucrados en este conflicto bélico se retransmiten íntegramente, o bien se presentan fragmentados y retocados según el país de que se trate? Y de ser así, ¿por qué creerá que sucede?

¿Se da cuenta de que hay varias agencias de comunicación distintas además de aquellas a las que pueda recurrir con una frecuencia mayor, y de que todas ellas dependen económicamente y de manera regular de las diferentes fracciones del capital internacional, ya sea mediante la financiación oficial de los gobiernos, porque están subvencionados por estos, o porque los paga diréctamente como Euronews, DW o France24, BBC o NBC, Russia Today, o Al Jazeera? De preguntárselo, ¿creerán que alguno de esos gobiernos representa los intereses de "todo el mundo" de los países y regiones de referencia de los oligarcas o "desinteresados altruistas" que los financian?

Tampoco se debería pretender evaluar la veracidad o la falsedad de las afirmaciones exclusivamente en función de quienes las aseveran. Si algunas de las tendencias ideológicas más peligrosas están tomando fuerza desde hace décadas es, en parte, porque se ha dado la oportunidad de que sean sus líderes actuales quienes se aprovechen de la verdad, sin perjuicio de que la digan a medias junto con mentiras. En este sentido se ha fracasado estrepitósamente al intentar que se entienda que la OTAN lleva mucho tiempo incrementando el número de sus bases hacia todo el globo, el este europeo en particular, porque es un autócrata, corrupto y anticomunista como el presidente Putin quien lo puede decir como para que se oiga.

 Uno de esos pocos líderes conservadores que reconocen el papel protagonista de los soviéticos en la derrota del nazi-fascismo durante la segunda guerra mundial aún setenta años después, es él. Ni De Gaulle, ni Churchil ni nadie que me venga a la cabeza de entre las personalidades principales de la denominada "resistencia exterior" ni tan siquiera en 1945, cuando aún no se había impuesto la versión angloestadounidense de los hechos en Europa. Aquel es inteligente: conecta con una parte del sentimiento antifascista (yo diría que la acción en este sentido es otra cosa; acción no es lo mismo que sentimiento y ni siquiera tiene que haber correspondencia entre este último y las declaraciones, por un lado, y los hechos) y sabe que lo puede emplear en la justificación de los conflictos comerciales.

El despliegue de tropas rusas hacia el interior de Ucrania, de la misma manera que las fuerzas estadounidenses y atlantistas han estado desplegando las suyas todos estos años en las inmediaciones territoriales del estado ruso de la manera más irresponsable, incluso traspasando las fronteras terrestres, marítimas y aéreas como ha sido denunciado en numerosas ocasiones, me parece una noticia muy negativa porque significa una escalada militar y eso nos pone en riesgo a todos de una u otra forma, como resultado de esas pugnas por el gas. 

Las guerras se pagan primero en el frente, y después en retaguardia. En este caso, imagino que es previsible que se incrementen los precios del combustible en los países de la Unión Europa, quizás en unos más que en otros, y por ende, el de otras muchas mercancías. Ya veremos lo que nos viene, en cualquier caso también me parece despreciable la voluntad de imponer a la economía rusa sanciones y la insistencia de otros miserables en endurecerlas, que pagarán tanto los rusos como nosotros.

También es cierto que Ucrania está en guerra desde 2014. Van unos 14.000 muertos, muchos de ellos rusos étnicos que tenían la ciudadanía ucraniana, como consecuencia de los bombardeos y los ataques de infantería terrestre en el Donbás, y en ese caso son las autoridades radicadas en Kiev las que tienen las manos manchadas de sangre ante el silencio generalizado en prácticamente todo el mundo, que es lo que normalmente se suele practicar -el silencio- en relación a casi todas las guerras, violaciones de soberanía territorial, y en general cualquier cuestión de cualquier índole siempre y cuando no interese hablar de ello. La sociedad es como un niño, y el objeto de los medios de comunicación, mover el sonajero.

Me importa poco si encaja o no en la definición de genocidio lo que en esas regiones ha estado sucediendo, siguen siendo vidas humanas que fueron arrebatadas. Donetsk y Lugansk, entre otras, son localidades con decenas de miles de habitantes, con edificios de viviendas, colegios y residencias sobre las que han estado cayendo proyectiles y bombas a lo largo de ocho años, desde que bandas de neonazis organizados y armados, cortejados por miles de ciudadanos (el nacionalismo está demasiado extendido) depusieran el gobierno de 2014. También lo hicieron de manera ilegal y violenta. Pero mucho me temo que las vidas humanas nunca han valido todas lo mismo y en cada sitio nos enteramos de lo que nos cuentan.

Moscú debería retirar sus tropas lo antes posible, y el estado español, que tiene sede aquí, no en Rusia, debería primero negarse a participar en la escalada y no enviar esos militares a los países occidentales limítrofes con Ucrania digan lo que digan los estatutos de la OTAN. Así empiezan las guerras: con las acusaciones mútuas de violar las fronteras de los que terminen siendo beligerantes. El artículo 5 de esa alianza puede ser la excusa para el comienzo de algo de enormes consecuencias. 

No al apostamiento de militares españoles ni en Rumanía, ni en Bulgaria, ni en Polonia, ni en Eslovaquia ni en Hungría. En segundo lugar, debería abandonar de inmediato esa coalición que jamás fue una organización defensiva y ha estado implicada en varios de los últimos grandes crímenes contra la humanidad.

lunes, 20 de diciembre de 2021

El bucle miedo-esperanza



Cartel de autoría anónima

Por Arash

La esperanza es la gran bandera del progresismo en los continentes de ambas orillas del Océano Atlántico, la gran apuesta de todo progre frente a la crisis económica capitalista mundial. Lo mismo que lo fue para la formación, y lo sigue siendo para la justificación del actual gobierno aún en funciones por parte del presidente Pedro Sánchez o el retirado exvicepresidente segundo Pablo Iglesias, ha sido enarbolada por quien ocupó el lugar de este último junto con una cartera ministerial, Yolanda Díaz, en relación a la candidatura de Gabriel Boric para las elecciones presidenciales chilenas, del mismo modo que también ha sido levantada por el propio y susodicho candidato chileno para la campaña que terminó ayer, o que lo fue en la presentación de Barack Obama a la presidencia de la administración estadounidense cuando se adoptó el eslogan de "podemos" ("yes we can") que sus entusiastas tradujeron posteriormente del inglés en varios países.

A diferencia de Pedro Castillo, un mero populista bonapartista que al igual que todos sus homólogos ya anticipaba en campaña lo que será su mandato, pero cuyo nombramiento como presidente era un imperativo frente al candidato propuesto por los fujimoristas, el recién designado para el cargo de presidente Gabriel Boric no es respaldado por los trabajadores y los sectores populares chilenos como impugnación válida o eficaz del totalitario legado de los dueños y gangsters financieros, algo que ya era previsible en un país en el que el escepticismo de aquellas capas sociales golpeadas hacia el sistema político se mantuvo incluso tras el final del período de Pinochet. La de Boric es otra esperanza pretendida de un antiguo referente universitario en un país que padeció una dictadura personalista hace sólo unas pocas décadas, sólo que allí en Chile aún evitan que se apodere completamente de ellos, mientras que aquí al otro lado del charco había y hay esperanza hasta por un tubo. 

En todos los lados, los referentes y seguidores del progresismo, que suelen tener una urna por cabeza, piensan todo en términos parlamentaristas y en llevar todo lo que acontece por el derrotero electoral, que es derrota anticipada porque las distintas opciones que se perfilan en ese marco, que son distintas por la velocidad a la que plantean la aplicación de sus reformas y por si también aceptan o no la administración de sus tiempos de dosificación, están todas en la chistera de la OCDE y compañía incluso antes de que presenten sus candidaturas. Lo pretenden aquí en España mientras los aventajados fascistas de Vox y Jusapol (policía nacional, cuerpo estatal armado) afianzan lenta pero pacientemente la idea de que un gobierno al que llevan durante años calificando de comunista no tiene por qué ser apartado solamente mediante los procedimientos ordinarios, que por el momento quizás sean incluso legales, y en un futuro puede que no muy lejano, ilegales.

El miedo, pese a la solapada orientación criminal que va adoptando, no aumenta sin parar ni arrastra o integra paulatinamente la esperanza como parte suyo por casualidad, porque no resulta de ningún capricho, como no lo fue la oposición al impuesto ecológico anunciado por Emmanuel Macrón o a la eliminación de los subsidios al carburante planteada por Lenin Moreno, la respuesta de algunos sectores empobrecidos frente al servilismo traidor de Daniel Ortega, la denuncia de la dependencia económica hacia uno u otro poder del sistema multipolar impuesta por el dirigente represor Nicolás Maduro, o la ruptura obrera y sindical motivada por las políticas de Evo Morales.

No aparece porque sí, porque guste. Brota de las entrañas cuando, previa reunión de los dirigentes políticos y empresariales, aumenta exageradamente el precio de la luz y el gas de manera que las inversiones multimillonarias en las viejas fuentes de energía no pueden seguir siendo rentabilizadas como antes por las compañías productoras estratégicas del capitalismo, y se persiguen otras menos contaminantes que casi nadie podrá costear, porque si el bolsillo del consumidor final no da, entonces tampoco aumentan las expectativas de beneficio excepto para determinadas corporaciones concretas.

El miedo y el pánico irrumpen, pues, cuando en una sociedad basada en la explotación de la actividad productiva se tiende a detener o se ralentiza la actividad productiva, que es cuando se van encontrando más dificultades para maximizar la plusvalía, y así es exactamente como se divulgan el miedo y el pánico, desde las distintas fracciones de la oligarquía hacia los estratos intermedios. No es que el capital pierda, es que el ser determina la conciencia y se impone una ideología. Mientras, a las izquierdas les continuará tocando el papel de comparsas y seguirán siendo las que hagan luz de gas con los trabajadores y los que dependemos del salario.

Esperanza es la de mucho tonto y tonta de los cojones de por ahí que está convencido o convencida de que el gobierno de este país, o alguno de sus ministros o ministras, está llevando a cabo una astuta lucha de clases desde las instituciones, de que tiene una meticulosa estrategia entre manos en defensa de los desheredados, y que por eso hablan de amor, concordia, democracia, paz social, sonrisas y corazones para todos.

El mismo que ha mantenido, y que probablemente complementará para el año que viene (si es que para entonces no ha sido depuesto por uno al estilo de "España suma", algo de lo que por supuesto nos culparían) las reformas de Zapatero en 2010 y de Rajoy en 2012, que son aquellas que permitieron un nuevo deterioro de la calidad del empleo y disminución de los salarios, que también es el mismo gobierno que aceptó de los académicos ese planteamiento de la prestación pública "ideal" que tienen algunos (Renta Básica Universal la llamaban) y que pasaría por la regulación de una hipotética cobertura estatal que sería "independiente" del empleo de esa calidad y esos salarios. Nada raro, ¿verdad? Pues vale.

Después, cuando se agota el efecto placebo de ese señuelo, que les vino de perlas a los políticos de la esperanza tanto en las últimas elecciones españolas al parlamento europeo como a las cortes generales, nos dice la ministra de trabajo que la reforma que pretende implementar su gobierno servirá para anular los efectos negativos de las dos reformas anteriores, incluida aquella de las dos que sí prometió eliminar, que fue la de Rajoy pero no la de sus socios parlamentarios de coalición, eso antes de que anunciara y se rebajara nuevamente asegurando que tampoco derogaría la de Rajoy, que bastaba y había que conformarse con suprimir los "aspectos más lesivos" de la misma. Todo bien, ¿no?. Perfecto. Sigamos con la esperanza.

El liderazgo y propuesta inicial que Yolanda Díaz pretendía encasquetar a Pedro Sánchez, dejó paso al liderazgo de Yolanda Díaz. El marrón pa tí, bueno vale pues pa mí. Previamente había asegurado en el congreso confederal de CCOO que sería derogada "a pesar de todas las resistencias", apenas un mes antes de que declarase que eso sería un "fetiche político". Esto para los afiliados, esto para la prensa. Nos va a entrar una buena diarrea con esta bufonada democrática-parlamentaria a la que llaman bien común, el común, els comuns o a cada uno por lo suyo. Pero como la represión de la pasada huelga del metal depende del ministerio de interior, que es del PSOE, todos tan contentos con los otros y su postura de perfil.

Finalmente, los bajones y subidones de la ministra en consideración han dado lugar a lo de la derogación "por fases". Total, ¿acaso se acuerda alguien de la enorme desmovilización laboral y social, mucho más de la que hay ahora, cuando todavía no se había formado el presente gobierno de coalición? Las patronales nacionales y las asociaciones económicas internacionales necesitaban que se formase gobierno cuando aún no lo había, tanto como siguen necesitando ahora que se mantenga la credibilidad y esperanza de alguno porque sus recetas no se legitiman sin el sufragio ciudadano.

Hace nada se les estuvo diciendo a los obreros de la bahía de Cádiz, hostigados de nuevo por los uniformados a base de redadas y amenazas después de haber sido atacados durante las jornadas de conflicto en los piquetes y en sus barrios residenciales, que se dejasen de tanta huelga y tanta barricada, que lo que tenemos que hacer es tener fe, esperanza en esta legislatura, mientras las opciones más vanguardistas del capital, que son las delictivas, aceptan con mucha mayor sinceridad que el consenso o contrato social siempre ha sido una patraña mediante la que imponer unos determinados intereses materiales sobre otros.

Es indiscutible que los forofos declarados o mal disimulados de los progres en este país sois gilipollas integrales, única razón por la que afirmaría con completa seguridad que vivimos en una meritocracia. Cuando queráis os explico que una cosa es el criterio de cálculo y otra nuestros bolsillos, y que si este gobierno o cualquier otro trata de desvincular de la productividad y el salario nuestra protección, deslaboralizando nuestros derechos a la pensión de jubilación, a una prestación del paro o a los distintos tipos de subsidio de desempleo, como ya se hizo en los noventa con la sanidad y los distintos servicios sociales, es porque tienen prisa en pisar el acelerador.

A que lo entendierais no contribuye, desde luego, Eduardo Garzón, el hermano del ministro Alberto Jamón el del libro de recetas de guisantes con garzón, porque tampoco parecía tener ni puta idea de lo que decía cuando afirmaba, hace cinco años, que la protección social y al desempleo es salario indirecto o diferido, dado que cree o insinúa creer que es el resultado de alguna legislación o decreto gubernamental e ignora por qué es parte del concepto global del salario. Al igual que los demás economistas, como los que confunden las cotizaciones sociales con los impuestos, o dicen que aquellas son "impuestos al trabajo" o tratan de convencernos de que vivimos bien y cada vez mejor con las tablas y gráficos que manejan, sólo buscaba justificar toda la mierda con la que ya estamos tragando, que no dudo que es mucha menos de la que podríamos tragar y probablemente tragaremos.

En cuanto al presupuesto para el ministerio de defensa sólo tengo un pequeño comentario que añadir al respecto, y es que se trata de salario como todo gasto público pero no indirecto o diferido como asegura Eduardo Garzón, ni tampoco directo. Yo diría que armar con nuestros ingresos a unas fuerzas militares que participan de la competencia comercial y continúan las agresiones imperialistas por medios y maniobras abiértamente bélicas, es una tergiversación sutil pero sucia o de muy mala leche por su parte, del mismo modo que lo sería denominar como salario indirecto o diferido a la tanqueta blindada o las pelotas de goma que utilizaban las UIPs y las UPRs contra los huelguistas de San Fernando y Puerto Real, o decir que recibir hostias de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado es recibir por nuestras capacidades, por muy materiales que sean ambas posibilidades. Recibir se recibe pero en la forma de caras tuertas, moratones y manos rotas, como consecuencia de la violencia de los mismos malnacidos que se manifestaban estos días "por su seguridad".

Hoy como ayer, el poder público no es sino el consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa. El Estado sigue siendo la organización política suprema del poder de los propietarios del capital y demás medios de producción, y el gobierno de turno su correa de transmisión. Hay que tener mucha esperanza, estar rebosante de la misma para creer que los actuales inquilinos de la Moncloa, o alguno de los que vengan después van a ponerse a redistribuir socialmente la riqueza y defender la cobertura social en lugar de neutralizar el conflicto allí donde aparece y mantener el orden mediante los llamados a la desmovilización, que se combinan con la represión policial y mucho marketing electoral.

Sería demasiado suponer que el miedo fuese otro del que es incluso sin la influencia de los progres, porque si hablamos de esperanza no sólo hemos de circunscribirnos a la que se promete incluso estando ya en el palacio presidencial. La mayoría de la izquierda, que es la que la define prácticamente tal y como es por mucho que no les guste a algunos, no es ni mejor ni peor que su minoría, acaudillada por cierto 15memo venido de entre los neofalangistas de Democracia Real Ya, o por tipos que creen que irse al Kurdistán a pegar tiros en defensa de esa farsa de revolución democrática, que por activa o por pasiva trajo los monstruos que decían combatir, y que las autoridades te condenen tras el regreso por colaboración con una banda armada designada como terrorista, te convierte en un peligroso comunista que conspira desde la clandestinidad como Lenin y los bolcheviques en la revolución rusa.

Para que el miedo se tradujera en nuevas conquistas sociales o en la defensa de las aún existentes, en lugar de hacerlo en alguna cacería contra los menas, inmigrantes o integrantes de las colas del hambre, los conflictos laborales y demás estallidos sociales pertinentes nacidos espontaneamente de la contradicción capital-trabajo tendrían que dotarse de una continuidad y de una unicidad que fuera más allá de lo sectorial y regional, también de lo nacional por supuesto. Entonces sí hablaríamos de una solidaridad que abriría las puertas a la lógica de una lucha de clases, pero es difícil que suceda cuando las referencias ideológicas que lo obstaculizan no van más allá de lo personal, incluyendo lo que se cuece en ese basurero de egos del twitter, las redes sociales y el internet en general. 

Esperanza también es lo que rebosa quien es tan patriota como en el fondo lo han sido siempre los podemitas, cuya esperanza es una expresión tan revolucionaria como la de estos. Esperanza también es la de quien cree que esa lógica que permitiría arrancar derechos, que es el planteamiento de una alternativa creíble, es algo "inmanente" o que puede ser revelada. Para que hubiera una que fuera creíble y tenida en cuenta habría de justificarse en base a una realidad, no a una esperanza, y esta última es demasiado poco atractiva también para los pretendidos campeones de la revolución.