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Espacio de producción propia, reproducción ajena y discusión de teoría analítica sobre estructura, relaciones y cambio sociales, y de difusión de iniciativas y convocatorias progresistas.

martes, 16 de abril de 2019

La "justicia" morbosa de los de abajo

Por Arash

En el mundo se producen todo tipo de actos deleznables, tales como el tráfico de esclavos, la tortura de disidentes, o los asesinatos cometidos por fanáticos, enfermos y mercenarios, por citar sólo algunos de los más graves, aunque no necesariamente los más escandalosos. Las problemáticas que nos afectan se ponen de manifiesto y se "visibilizan" o no, término que gusta tanto a los progres, en función de los intereses de quienes marcan la agenda social y política, que casi siempre pasan desapercibidos.

Sin embargo, lo anterior no significa que la sociedad se fundamente sobre dichos actos, ni que nadie comprometido en su erradicación deba ofenderse cuando se lo dicen. La civilización era, según Engels, parte de un complejo proceso histórico sin concluir, pero imaginen que a alguien se le ocurre desconocer los avances habidos hasta el momento tomando como rehén de sus excusas el "argumento" de que falta mucho por hacer. Aquello que aún no está completamente resuelto debe ser, en todo caso, un aliciente para proseguir en el proyecto, pero no puede convertirse en un motivo para ignorar las fuerzas motrices que nos han traído hasta aquí.

Para entender de qué estoy hablando y evitar malentendidos vendría bien, en primer lugar, matizar cierta diferencia. Una cuestión es la frecuencia con la que se cometen determinados actos, y otra distinta, aunque relacionada, es la gravedad que tienen y la atención que merecen por parte de las autoridades, la población y los expertos. Su gravedad tiene un aspecto cualitativo y, en términos sociológicos, depende también de la frecuencia, que puede medirse estadísticamente.

Lo malo que tiene cualquier problema social grave, además del agravio directo que supone, es que resulta susceptible de ser utilizado por terceras personas de forma demagógica, y se puede constatar que, a lo largo de los últimos tiempos, ha crecido de manera notable el interés de la población por algunos de aquellos que afligen a mujeres, especialmente el maltrato doméstico, los abusos sexuales o los asesinatos cometidos por sus parejas y exparejas. Lo que decía del aspecto cualitativo de la gravedad de determinados hechos, de este último en concreto, tiene buen y justo parangón en una reclamación que ha encontrado quienes la asuman como propia: "ni una menos".

Por desgracia, mientras que esta creciente preocupación debería haber motivado una intención sincera por comprenderlos de manera sistemática y rigurosa, y no dudo de que la haya ni que existan ejemplos de su éxito, esa voluntad exigua ha permanecido dentro de unos límites insospechadamente ridículos, frente a toda una suerte de pseudociencia y recurso interminable al tecnicismo de una nueva religión, que es lo que conocemos la mayoría.

Las voluntades honestas les prestan atención tanto a los actos perjudiciales como a sus posibles soluciones, así como a las referencias históricas que nos han servido para progresar hacia ellas, por insuficiente que sea dicho recorrido, pero aquellas otras terceras personas malintencionadas a las que me refería atienden de manera especial a esos actos en sí mismos, que es en donde encuentran el morbo con el que encender los ánimos e invocar los peores instintos propios y ajenos.

De esta manera se logran ensombrecer los logros y los avances en las luchas del pasado. Ahí están bien, en la oscuridad, para que no les estropeen la arenga. Como me dijo cierta persona con ironía e inteligencia, "sin un feroz patriarcado, su lucha quedaría descafeinada". Se refería a los morbosos y su gusto por lo levantizo, un caos del que podrían sacar tajada. En el mundo del corazón y los telediarios de Telecinco y compañía lo provocan, cualquiera que sea el objeto del "noticiario", con el fin de incrementar su audiencia.

Antes, cuando la influencia de la familia se expandía sobre la mayor parte de las relaciones sociales, hace más de doscientos años, la herencia seguía el principio de la patria potestad. Hoy ya es una tendencia consumada tanto la desaparición o implosión de la familia como la diversificación sexual de la propiedad patrimonial y de sus medios de obtención.

Eso es lo que pone de relieve la elevada proporción relativa no sólo de núcleos familiares conyugales, aislados de las capas externas de parientes más lejanos y que tienen pocos o ningún hijo, sino incluso de hogares unipersonales, así como la emancipación que en los últimos tiempos se trata de abrir paso al amparo de las políticas identitarias y de la "diversidad", de manera un tanto parecida a como pasó en los Estados Unidos con los negros, cuando el liderazgo del movimiento por los derechos civiles fue asumido por los nacionalistas.

Lo que tiene la construcción orwelliana de neolengua, sin embargo, una vez asumido el planteamiento peronista y esotérico de Laclau de los "significantes vacíos", es que el significado de los vocablos que aparecen no mantienen, aparentemente, ninguna relación lógica con la filosofía racional sobre el mundo, sino que estos resultan de las ocurrencias momentáneas o transhistóricas de los neohablantes, si es que cabe algo así. De esta manera, los morbosos tienen una forma de nombrar a un viejo y gigantesco fantasma que le sirve a su "relato".

Desde hace tiempo se ha vuelto patente una tendencia autoritaria y liberticida tanto en los Estados como en la sociedad, que es desde donde ha de explicarse la transformación de aquellos. El endurecimiento del Código Penal cuenta con el respaldo de un sector creciente de la población, por ahora poco numeroso, aunque con apoyos poderosos.

¿Hace falta decir que las cárceles no estan llenas de violadores sexuales, aún cuando sea cierto que los haya? ¿Es necesario recordar que el peso de la ley cae sobre aquellos condenados por delitos menores y faltas ("delitos leves", desde 2015) relacionados con la supervivencia económica en condiciones de exclusión social, para que entendamos el rumbo que le tienen que dar "oposiciones" y gobiernos a las demandas ciudadanas de endurecimiento de la legislación penal, al estar actuando como su correa de transmisión?

No debería, pero resulta que esa tendencia ya tiene incluso una avanzadilla que la adelanta en las redes sociales, en las que siempre se puede difamar contra alguien escondido tras un anonimato cobarde, oculto entre la multitud, y ocasionalmente en la calle. Son las del MeToo y otros eslóganes por el estilo.

¿Acaso ese lema no representa también un prejuicio colectivo, o es que van a justificarlo o restarle gravedad e importancia sólo porque sea minoritario en la sociedad? ¿Habrá que explicarles a aquellos y aquellas que se dedican a transmitir bulos, creyéndose justicieros comprometidos con alguna causa que no sea la de promoción de quienes los inventan, que el objeto de un juicio son los actos, que son observables y demostrables, y que si el veredicto no se refiere a ningún acto, sólo ha habido una presunción de culpabilidad pero no intención de demostrar nada?

Que nadie se equivoque, porque la práctica totalidad de las denuncias judiciales -algo que alude a la justicia estatal, siempre criticable y, en algunos casos, bochornosa- por violencia de género son verdaderas, excepto un ínfimo porcentaje de ellas. Pero otra cosa bien distinta es esa "justicia" que quieren imponer "desde abajo", y que no dudo que el propio Estado fuese capaz de terminar asumiendo en un futuro.

No resulta demasiado sorprendente que, al igual que han hecho otros tantos, una vocal de la Comisión de Igualdad del Colegio de Procuradores de Madrid, Rocío Sampere Meneses, se plantease en marzo del año pasado la posibilidad de la cadena perpetua legal, eufemísticamente conocida con la denominación de prisión permanente revisable, como parte de un "agrio debate". Ni tampoco que la "Tribuna Feminista" del periódico digital "progresista" El Plural publicase su postura. Será que estos últimos son tan plurales -inclusivos, se decía en el 15-M- que tienen que darle bola a toda posición ideológica, incluso si es de tendencia conservadora.

En otros casos, como en el de la Asociación Clara Campoamor, no se prestan a discutir la pertinencia de la medida sino que se afirman en ella, y en colectivos como el de "Pikara Magazine", en el que parece compartirse una tibia oposición a la cadena perpétua proveniente nada más y nada menos que de la autocontención de una reconocida "sed de venganza", se dicen cosas como que "la justicia de las víctimas sólo es una descripción políticamente correcta de la venganza".

Como ejemplo de su corrección política y su puritanismo expresivo -qué detalle- así como de su manera de interpretar y moldear el mundo a través de las formas del lenguaje (un colegio público barcelonés ha eliminado "La caperucita roja" y otros 200 libros infantiles de una biblioteca), en un escrito de este último colectivo hablan de cierto "joven que no había nacido en el Estado" por no decir el vocablo de extranjero y creer que, el simple hecho de mencionarlo, les hubiera convertido en xenófobos.

Llamativamente, poco después se reconoce en ese mismo escrito que, ante un presunto caso de agresión por parte de aquel joven -sobre el que no me posiciono ni pongo "hashtag" porque lo desconozco por completo- la ciudad fue empapelada con su fotografía, practicaron una "justicia xenófoba", y se comportaron como "opresoras" que hablaban "de justicia y activismo". Son sus propias palabras. Es muy importante darse cuenta del peligro implícito en este tipo de actitudes. En cualquier caso, bienvenida sea la autocrítica, por dura que sea.

Qué poco soprendente resulta, de todas maneras, que tanto en la "Tribuna Feminista" del períodico progre, como los y las de la venganza políticamente correcta, hablen todos del "sistema patriarcal". No saben ni qué significa eso pero lo repiten siempre que tienen ocasión, desde su condición de ideólogos. Dan por hecho que, puesto que se producen relaciones de oprobio, de amenaza o de violencia (no son lo mismo aunque todas sean indeseables y merezcan ser erradicadas) en la sociedad y determinadas estructuras que la constituyen, hay un sistema coligado de opresión de escala social. Para divulgarlo, se valen de la resignificación lingüística, y luego replican su prejuicio a nivel microsociológico.

La supuesta excepcionalidad legal en el recurso a la cadena perpetúa, que arguyen para promocionar su aplicación en España, sólo es la ventana por la que nos están colando una enorme derrota.

lunes, 1 de abril de 2019

Coordinadora estatal: ¡todas y todos a la concentración del 6A!

Por la Coordinadora Estatal de Empleados Públicos en Fraude de Ley



COORDINADORA ESTATAL: ¡TODAS Y TODOS A LA CONCENTRACIÓN DEL 6A!

¡Gobierne quien gobierne, el Empleo y lo Público se defienden!

Desde la Coordinadora estatal de empleadas y empleados públicos en fraude de ley y abuso de temporalidad, formada por organizaciones civiles, sindicales y del sector público, de todo el Estado, nos organizamos por nuestros derechos laborales pisoteados y contra los falsos procesos de estabilización que los distintos gobiernos han puesto o pondrán en marcha en los próximos meses, al amparo de las leyes de presupuestos y con el aval cómplice de CCOO, UGT y CSIF. Unos procesos en los que saldrán todas las plazas actualmente YA ocupadas por quienes llevamos años cubriendo puestos estructurales y necesidades permanentes dentro de la Administración.

Desde esta Coordinadora estatal denunciamos que las ofertas de empleo público en marcha, no estabilizan a nadie ni van a acabar con la temporalidad.

La actual situación de los Empleados Públicos en la Administración española es la siguiente:

Los Sindicatos CC.OO, UGT y CSIF han vendido a los trabajadores temporales de las Administraciones Públicas españolas al pactar con el Gobierno (firmando el "Acuerdazo" con Montoro) reducir hasta el 8% la temporalidad en la Administración mediante Ofertas de Empleo Público (OPEs) "masivas", donde se convocan todas las plazas que YA ESTÁN OCUPADAS desde hace años por empleados públicos temporales en fraude de ley. De esta manera siguen con el negocio que suponen las OPEs para estos Sindicatos, haciendo caja con sus academias preparatorias de oposiciones y, al mismo tiempo, ofreciéndonos sus abogados, "a precios para afiliados", para recurrir judicialmente la situación fraudulenta de la que ellos mismos son cómplices.

Para las Administraciones públicas españolas la convocatoria de OPEs y procesos selectivos de acceso libre son una forma de "tapar" los abusos y fraudes cometidos en la contratación temporal sucesiva de sus funcionarios interinos, personal estatutario temporal y trabajadores temporales de larga duración.

Estos procesos, mal llamados "procesos de estabilización" (porque no estabilizan a las personas sino las plazas) facilitarán el cese y despido masivo y SIN INDEMNIZACIÓN de más de 700.000 empleados públicos, con una media de 45 años y en su mayoría mujeres, que engrosaremos las listas del paro después de décadas trabajando y aportando nuestra experiencia a la calidad de los servicios públicos.

Se trata de un despido masivo ilegal que nos venden como creación de empleo y fin de la temporalidad.

Estos abusos de las Administraciones Públicas en la contratación temporal se deben al incumplimiento del art. 70.1. de TREBEP durante años, que establece que "la ejecución de la oferta de empleo público o instrumento similar deberá desarrollarse dentro del plazo improrrogable de tres años".

Además del incumplimiento de los plazos, las Administraciones no han sacado a oposición el 100% de la tasa de reposición, ofertando durante décadas menos plazas vacantes de las existentes y amortizando plazas, incrementando así la oferta de plazas temporales que ha dado lugar a la elevadísima tasa actual de contratación temporal de larga duración.

martes, 26 de marzo de 2019

Volver a comenzar

Por Arash

En más de una ocasión, los afiliados de algún partido comunista del ámbito estatal han intentado convencerme de que formase parte de su proyecto.

En la mayor parte de los casos sin ningún tipo de maldad, aunque casi siempre bajo una apariencia de no pretender hacerlo que pronto confirmaba mis sospechas con cierto descaro, como si alguien les hubiese dicho que tienen que convencer sutilmente a los demás para que entren a formar parte de su organización, o lo que sería más grave, como si hubieran entendido eso al leer a los revolucionarios.

En ninguna de ellas he tenido la sensación de estar ante la posibilidad de formarme y aprender de los mejores exponentes de los desheredados, y ni siquiera eso me resultaría un problema para asociarme con ellos. No soy ortodoxo y además conozco más o menos dónde me ubico en mi proceso de aprendizaje vital. Sin embargo, sé que mi ideología no va con la de dichas organizaciones ni, además, sería compatible con una hipotética militancia dentro de las mismas, pues arrastran una cultura que les impide avanzar y viene de lejos.

Durante el proceso en el que el solitario conformó en su persona la Secretaría General del PCUS, fueron muchos los marxistas injustamente expulsados, apartados del gobierno, enviados a prisión o directamente ejecutados. La mayoría de estos últimos eran bolcheviques.

No lo fue Nikolái Dmítrievich Kondrátiev, a quien su filiación al ala izquierda del Partido Social-Revolucionario (los "eseristas de izquierda") no le supuso en modo alguno, excepcionalmente, un obstáculo para dedicarse a estudiar los ciclos de onda larga de la economía.

Quien ignore su relevancia debe saber que el carácter cíclico de la acumulación capitalista es un patrimonio marxista de la ciencia que los economistas se vieron obligados a asumir para tratar de mantener la credibilidad de su disciplina, tal y como hicieron Schumpeter o Keynes, empeñado este último en atenuar "desde abajo" la amplitud de las oscilaciones mediante el recurso puntual al papel interventor del Estado, en su vana intención de argumentar la justeza de la propiedad burguesa. Fue fusilado en 1938, al igual que el dirigente húngaro Béla Kun, el yugoslavo Milan Gorkic, Arkadi Pavlovich Rozengolts, Mijail Chernov y un largo etcétera de personalidades más o menos conocidas.

Esta época fue la expresión álgida y más cruda, con diferencia, de un trato injusto, irrespetuoso y hasta vejatorio de larga trayectoria que tiene un correlato, como es de esperar, en una forma doctrinal de ver el mundo.

Para cualquiera que no se empequeñezca en la parte que le corresponde de su propio fracaso, resulta llamativo cómo la totalidad de los anteriores partidos en el territorio estatal han pasado, más allá de las voluntades habidas en ellos, prácticamente inadvertidos en los conflictos laborales y sociales más sonados de los últimos tiempos, aquellos que marcaron la conclusión de la "ilusión" del cambio y la promoción de una nueva minoría de políticos liberados en las instituciones del Estado, mientras los "indignados" y demás "gentes" inspiradas en ellos hacían obedientemente de cortejo.

La situación del resto de partidos comunistas en Europa no es, por regla general, mejor que la de los españoles. Aunque intentan influir en la agenda del capital, o simular la fortaleza de uno excepcional, en todo este tiempo no han dejado de ser meros grupúsculos sin capacidad real de intervención, frente a los nuevos impulsos de combatividad obrera.

La explicación debe rastrearse necesariamente en la idea que tienen del comunismo, en el que siempre han dicho justificar su comportamiento sus adversarios más desapercibidos. Si la ciencia política ya tiene que soportar, de un lado, la tergiversación que se hace de ella desde la facultad y en el parlamento, también ha de hacer lo propio con la que practican quienes se erigen en su representante con la mayor determinación, y no es menos justo referirse a esta última en vez de hacerlo solamente a aquellas primeras, porque admitir la necesidad de la revolución tampoco suple la ausencia de una alternativa real y creíble frente al curso indeseable de los acontecimientos. ¿Acaso la proponen aquellos?

Si a toda crítica le debe acompañar un proceso de formación previo, hoy la tendencia es bien diferente. Se profesa un falso marxismo inconexo y sordo consigo mismo, como si eso fuese posible en una ciencia desde la que se pretende la revolución social y desde la que se acumulan los conocimientos mediante el ejercicio de la crítica y la autocrítica, asumiendo como base la variabilidad del mundo.

En la doctrina que se divulga en aquellos se aíslan, sin contrastarse, los desarrollos futuriblemente probables e improbables, verificables e infructuosos, verdaderos y falsos que se hacen de la teoría, los unos de los otros. Hay una ausencia fatal de sentido crítico.

Por ejemplo, resultaría extraño encontrarse con que alguien se propusiera confrontar o comparar la teoría de los ciclos económicos de onda larga de Kondrátiev, que mencionaba al comienzo, con la teoría del imperialismo de Lenin, imprescindible esta última para comprender el capitalismo contemporáneo y el papel que en él desempeña el mundo de las finanzas. En lugar de ello, tenemos una lectura religiosa de la teoría, una limitación a priori del alcance de sus desarrollos, y el adoctrinamiento en un supuesto recetario de medidas automáticas del éxito revolucionario.

Consideremos el partido de "nuevo tipo", una de esas conclusiones fundamentales y más valiosas del marxismo ruso que sus intérpretes terminaron convirtiendo en una "premisa incondicional", por decirlo de una manera suave y menos ofensiva.

A lo largo de ninguno de los tres principales períodos del ciclo de acumulación de la posguerra, ya sea el de reconstrucción posbélica (1945-1975), el de la pretendida postergación financiera de la crisis industrial (1975-2007) o el de crisis agregada industrial-financiera (desde 2007) se ha variado lo más mínimo, en lo sustancial, el planteamiento de táctica política.

En nombre de su modificación, cuando se la han llegado a plantear, sólo han vendido la autoafirmación creciente de una condición de exclusividad que a mí, personalmente, me deja perplejo, y a la que recurren ante su completa falta de legitimidad política, pero salta a la vista que continúan en la marginación atravesados por las pugnas internas y las escisiones que protagonizan sus cachorros en su carrera por alcanzar puestos de mayor importancia y notoriedad.

Los trabajadores se están reorganizando al margen tanto de ellos como del resto de partidos de la izquierda, ya hablemos de partidos parlamentarios o extraparlamentarios, así como de una buena parte de los sindicatos, incluidos los alternativos a las centrales mayoritarias, mientras ellos siguen -y previsiblemente seguirán- a lo suyo, empantanados en sus enfrentamientos internos.

La postura general podría quedar resumida en una máxima que dijera «el partido de nuevo tipo es el partido comunista de la fase superior del capitalismo» y que sintetiza bien lo que, en definitiva, es una concepción etapista de la historia absolutamente inaceptable que puede contribuir a explicar el fracaso generalizado de sus partidos.

A partir de lo que significa aquella máxima puede intentarse construir todo un argumento más amplio de legitimación, pero lo cierto es que resulta indiscutible la persistencia de los mismos en intentar organizarse como vanguardia leninista, y atreverse a hablar de éxitos en dicho propósito es, simple y llanamente, un despropósito, algo descabellado.

Dicho de otra manera, mientras fracasan se practica una especie de escolástica del partido de "nuevo tipo", en el mejor de los casos. Que nadie venga diciendo que Roma no se construyó en dos días porque llevamos ya unas cuantas decenas de años, y no precisamente de progresos.

De esta manera es como la socialdemocracia actual -la nueva socialdemocracia- se agotó, una vez más, en todo el continente europeo mientras le dedicaban llamativas consignas declarando la distancia que la separaba de sus principios, pero sin que esta vez nadie haya sabido o querido apenas explotar sus errores y sus aciertos, sus posibilidades y sus limitaciones. Sólo se lo propusieron un puñado insuficiente de comunistas, muy pocos, muchos menos de los que eran a principios del siglo pasado, esparcidos en diferentes lugares, la mayoría de ellos organizados y militando actualmente fuera de los partidos.

A diferencia de la original, la socialdemocracia de nuestros tiempos no conoció un período de acumulación de fuerzas como el que precedió a la revolución de octubre, ni ha contado durante toda la posguerra europea con quien pusiera de relieve sus contradicciones ideológicas. El excomunismo la ha estado promocionando, mientras sus escisiones se han afanado en proclamar su ortodoxia sin querer percatarse del todo de que aquella surgió a partir de su propia involución.

Al respecto de todo esto, es significativo cómo un sociólogo liberal como Max Weber, partidario de defender desde su disciplina el capitalismo -algo aborrecible- tenía infinítamente más claro que ellos, con aquello de los "tipos ideales", que ninguna teoría puede utilizarse para esconder la complejidad del mundo social, por mucho que debamos estudiar sus cambios a lo largo de la historia. Y disculpen la comparación pero ni qué decir ya de Lenin, quien rememoró la frase de Goethe de "la teoría es gris amigo mío, pero el árbol de la vida es eternamente verde".

Al final resulta que ni los elogios, citas y dedicatorias más exaltadas hacia los marxistas, en comunicados y publicaciones en las redes sociales, ni la utilización abusiva de la imagen de sus mejores exponentes históricos, en actos y manifestaciones, pueden poner en la sombra toda esta lectura superficial de la teoría y la ciencia histórica que terminó desembocando, lógicamente, en una idealización del proceso histórico.

Una última cuestión antes de terminar. La llamada, por parte de las corrientes izquierdistas de algunos partidos comunistas de los años veinte del siglo anterior, como el KPD, a abandonar masivamente los partidos y los sindicatos, es un hecho secundario frente a lo que puso de manifiesto la propuesta que se desprendía de su singular postura con respecto a tales formas de organización: la incorporación inmediata de miles de obreros europeos a unas organizaciones "revolucionarias" casi únicamente imaginadas por ellos mismos -las "Uniones Obreras"- que a lo mejor existían, con suerte, en algunos núcleos industriales de la Alemania de Weimar.

Es decir, en la denuncia que el político revolucionario hace del izquierdismo, lo que se plantea de fondo es el problema de la arbitrariedad, el voluntarismo e incluso la tendencia a la exageración de las capacidades propias y ajenas por encima del análisis riguroso, antes que la expresión que adoptó entonces en la llamada al abandono de tales organizaciones. Lo que denuncia es un revolucionismo retórico, irreal, más bien.

Por otra parte, no hay un izquierdismo comunista y otro que no lo es, ni aquella persistente enfermedad infantil -hoy ya epidemia juvenil y no tan juvenil- es ajena a la que sacude a los partidos que renegaron o nunca asumieron formalmente el comunismo. Puede que pretendan salir airados de la crítica, más que vigente, tratando de limitar la validez de aquel compendio que Lenin hizo de la revolución rusa, o usándolo recurrentemente en sus enfrentamientos pero lo cierto es que la izquierda nunca ha sido una corriente comunista ni de la lucha por una sociedad sin clases.

Únicamente fue la expresión externa de la influencia poderosa del marxismo en Europa, en un tiempo pasado en el que este último contaba con lectores críticos y mucho más inteligentes y aquella, en contraste con lo que es hoy, buscaba en el modo de producción las causas y explicaciones de los males sociales inherentes del capitalismo, a diferencia de la izquierda norteamericana, que siempre lo había pretendido en el modo de consumo. Y ni siquiera en sus mejores momentos ha significado nunca comunismo.

El Primer Ciclo Revolucionario terminó hace tiempo. Para que no nos derroten de nuevo, hay que volver a comenzar por Marx. El nuevo societarismo que está experimentando la clase, ante el más que comprensible sentimiento de orfandad política, es la prueba más consistente y palpable de ello. Esto no significa ignorar ninguna aportación teórica pero requiere leerlas de manera laica y aplicarlas, si corresponde, sobre la base del método y las necesidades.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Los «chalecos amarillos»: una protesta sincera

Imagen extraida de La Tribune Bordeaux (Agencia Appa)
Por Arash

Está consensuado que los trabajadores franceses forman parte íntegra, incluso mayoritaria de la movilización de los gilets jaunes, aunque se han planteado dudas acerca de la conveniencia o no de potenciar su protesta, en base al carácter ideológico de la misma, al supuesto sentimiento de rechazo a la política de sus integrantes, o a la presencia de grupos de ultraderecha que tratan de aprovechar y se infiltran en sus convocatorias.

Hay sindicalistas de la CGT -Confederación General del Trabajo, la principal central sindical de Francia- que han participado visiblemente en diferentes actos en tanto gilets jaunes, al menos en los sectores portuario y del transporte por carretera.

Según la información que puede encontrarse inmediatamente en la red, este ha sido el caso de algunos trabajadores de la Unión Local de Château-Thierry (una comuna francesa en el norte del país) que colaboraron con otros chalecos amarillos en algunos cortes de tráfico, o de otros obreros pertenecientes a la Federación Nacional de Puertos y Muelles, que bloquearon una terminal petrolera en la localidad de Rouen, también en el norte.

Pero no parece que haya sindicatos enteros afiliados a esta central que estén vinculados con la masiva protesta en cuestión, más allá de elementos aislados. Aunque en muchos de ellos se mostrase, con ocasión de las pasadas huelgas generales, una voluntad meramente defensiva de movilización impensable en cualquiera de las dos principales centrales sindicales de España, la postura oficial de la dirección confederal francesa y la mayoría de su organización parece la del escepticismo hacia las luchas obreras que transcurren por y desde fuera de sus sindicatos; una aversión hacia los trabajadores que, ante las insuficiencias del sindicalismo mayoritario de la CES, tratan de organizarse por su cuenta, y cuyas luchas no pueden hegemonizar.

El carácter ideológico de la protesta de los chalecos amarillos es ciertamente heterogéneo, pero hay algunas diferencias significativas con respecto a otras movilizaciones con las que, en algunas ocasiones, se ha insinuado un parecido poco o nada claro.

Mientras que los movimientos "15 de Mayo" en España o "5 Stelle" en Italia, suscribían una línea de reivindicaciones democráticas, centradas en la representación del poder, la movilización de los gilets jaunes, en cambio, nació como respuesta a una medida económica del gobierno liberal de Emmanuel Macrón -el establecimiento de un impuesto indirecto sobre las transacciones del gasóleo- y, sobre la base de la misma, estos últimos empezaron a barajarse la elaboración de un programa básico de reivindicaciones sociales, directamente vinculado a diferentes necesidades materiales, que futuriblemente no estarían exentas de contradicciones.

La cuestión no es menor. Las reivindicaciones democráticas en el capitalismo avanzado cuestionan la manifestación institucional y estatal de los poderes fácticos siguiendo estos intactos, pero las reivindicaciones sociales erosionan a los poderes fácticos en sí mismos -o alteran su voluntad a través de la oposición a los gobiernos- más allá de sus manifestaciones. Otra cosa es la medida en que lo hagan, que depende de la organización de la movilización y de la actuación -o no- de sus elementos catalizadores, en virtud de la amplificación de sus demandas, entre otras.

La medida fiscal del gobierno francés, en este sentido, repercutiría en otro aumento más de los precios del gasóleo que sólo los grandes y medianos competidores están en condiciones de soportar y, además, ahogaría todavía más al proletariado rural y de la periferia urbana, que ha de sumar a su explotación cotidiana, la opresión añadida de arrendadores, vendedores de carburante y todo tipo de burgueses.

Además, en el movimiento quincemayista o en su homólogo italiano predominó un gusto por el misticismo y el ocultismo ideológico, que es lo que encubría la llamada ciudadana a la inclusividad, y que hacía infructífero, imposible e indeseable cualquier intento de diálogo e intervención sinceros, ya que cualquier concreción del razonamiento y cualquier objetivo manifiesto que no estuviera resumido en la máxima de "bienvenida toda la ciudadanía" estaba desechado -excluido- con anterioridad a que se formulase. En la protesta de los gilets jaunes, la oposición al impuesto ecológico es central, y debería existir la capacidad de combatir las tendencias ideológicas anteriores, así como de desplegar otras demandas que sirvieran para extender su impacto en beneficio de los trabajadores y otras clases sociales golpeadas a partir de la demanda original, que es económica y social y, por tanto, no admite las ambigüedades, cobardías y vergüenzas del populismo de izquierda o de derecha.

El carácter ideológico de las protestas debe su razón de ser fundamental a su composición social. Mientras que si algo había nítido en el 15M, más allá de su discurso metafísico, era su composición de clase pequeñoburguesa, en el caso de los gilets jaunes hablamos de una movilización interclasista por naturaleza. Aquel primero fue un movimiento cuyo sustrato estuvo formado por universitarios elitistas que se habían percatado de que la crisis interpuso obstáculos que iban a frustrar la carrera de emancipación individualista esperada por la tendencia intergeneracional previa. Los más espabilados del 15M están ahora viviendo de las instituciones del Estado, de las Comunidades Autónomas o de los Ayuntamientos "del cambio", o bien han emprendido exitosamente sus proyectos "procomunes".

Sin embargo, la actual movilización en Francia es, desde el mismo comienzo de la protesta, de carácter popular, en su sentido económico más diverso, porque el encarecimiento del precio del gasóleo no sólo afecta a los pequeños agricultores, a los transportistas autónomos reales, o a demás propietarios de la ciudad o del campo que emplean volúmenes menores de capital.

En el M5S, por su parte, algunos sectores de trabajadores procedentes, en muchos casos, de las organizaciones sindicales y de izquierdas, habrían podido comenzar a participar en la protesta sin demasiada demora, quizás por la autodegradación que la izquierda italiana arrastraba desde los años setenta, aunque ciertamente tampoco puede decirse ya, a estas alturas, que la izquierda española o la francesa tengan nada que envidiar a aquella en su claudicación política y su nefasto papel en el movimiento obrero.

El 15M sólo despertó simpatías entre algunos sectores de la clase trabajadora en España cuando el discurso sobre la reconsideración de la democracia y el sistema representativo generó la "ilusión" de un cambio en sus condiciones laborales y de vida, después de una intensa campaña mediática protagonizada por corporaciones audiovisionales y negocios alternativos que lograron incluso alterar las prioridades subjetivas de la clase, tal y como se llegó a plasmar en el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas), aunque estas se hayan venido revirtiendo desde entonces, de nuevo, hacia lo económico. Ello ocurrió en el contexto de la emergencia electoral de Podemos y su incorporación al nuevo sistema de partidos, con el apoyo decidido de los partidos de izquierda.

Pero en la protesta de los chalecos amarillos no hacía falta que ningún discurso insostenible sobre la democracia impregnase la conciencia de la clase trabajadora para que esta participara, porque su desencadenante inmediato le afecta de raíz, a diferencia de la victoria electoral de uno u otro partido burgués y el modo en que la consiga, que sólo le pone cara, color y "género" distinto a la próxima agresión contra sus conquistas sociales.

En una movilización como la de Francia hay juego para la discusión y margen de maniobra. No con los fascistas. Estos últimos no admiten diálogo ni está legitimada colaboración alguna y deben recibir, si es necesario para que abandonen la movilización, el mismo trato que recibió presuntamente el infiltrado Yban Benedetti en una de sus manifestaciones, según él mismo dijo en su cuenta de Twitter.

La relación con la protesta de los gilets jaunes debe buscarse primeramente con los miles de trabajadores que engrosan las mismas, con la voluntad de intentar elevar su contenido social reivindicativo desde un punto de vista de clase o, al menos, de comenzar por defenderlo frente a sus potenciales amenazas nacionalistas que, como ya ha hecho el M5S con su decreto gubernamental, en coalición con la Liga Norte, pretenderán reducirlo a una limosna, y encima al precio de investirlo de un cariz racista, que es en lo que está metida la "rassemblement" de Marine Le Pen y sus afines.

miércoles, 25 de abril de 2018

Por qué el Ejército Árabe Sirio debe ganar la guerra

Soldados del Ejército Árabe Sirio
Por Arash

(El 44º aniversario de la Revolución del 25 de Abril)

Para abordar lo que ocurre en Siria y en todo el mundo árabe con una mínima rigurosidad, puede comenzarse por tener en cuenta tres referencias históricas importantes: la publicación de los Acuerdos secretos de Sykes-Picot, la unificación de Arabia Saudí, y el embargo petrolero de la OPEP, Egipto y Siria.

Dejaré en el tintero una referencia histórica que no sólo se reduce a tal, sino que es fundamental, como lo es la creación del Estado de Israel, fiel colaborador sionista del imperialismo en las políticas de agresión contra Palestina, Siria y otros pueblos árabes.

Por otra parte, ni la guerra de agresión contra Siria, ni ninguno de los conflictos de la región, pueden desenredarse de la diplomacia, de las constantes injerencias económicas y financieras, de las intervenciones militares extranjeras, de las guerras de segunda, tercera o cuarta generación, de las oenegés que tanto chupan del presupuesto norteamericano, y de la propaganda de la prensa servil y de parte de la manipulada opinión pública.

Esto último significa que el conflicto en curso debe abordarse obligatoriamente teniéndose en cuenta el estado y la evolución de las relaciones internacionales, especialmente en términos de desarrollo económico y polaridad. Las dos guerras mundiales y la "pausa" que las separó supusieron una intensa reconfiguración de las mismas, un antes y un después en lo que se refiere particularmente a las alianzas entre los gobiernos y las potencias del planeta, que en la posguerra tomaron la característica expresión bifacética o bipolar.

La primera de aquellas referencias remite a la información que el Izvestia (órgano de noticias del Sóviet de Petrogrado) y el Pravda (el períodico de propaganda del Partido Comunista en Rusia, no la degenerada agencia de noticias que es en la actualidad) hicieron publica el 23 de noviembre de 1917, sobre el reparto de Asia Menor, cuando el gobierno revolucionario tuvo acceso a la documentación clasificada del Zarato tras la insurrección de octubre.

Hasta entrados los años treinta Rusia fue, junto con la Turquía otomana (que incluía los actuales territorios árabes en Asia Menor y África) una nación subdesarrollada que contrastaba con el elevado grado de desarrollo alcanzado por el Reino Unido, Francia, Estados Unidos y Alemania. Sin embargo, hasta el triunfo de la revolución y la firma del Tratado de Brest-Litovsk, estuvo plenamente involucrada en la "Gran Guerra" junto con todas las anteriores excepto Alemania, que formaba su propio bloque beligerante junto con Austria-Hungría y, en particular, la Turquía otomana, enfrentamiento este último de especial trascendencia.

Los gobiernos del Zarato Ruso, de la III República Francesa y del Reino Unido establecieron lazos de contacto con los imanes y líderes del nacionalismo árabe, que vaticinaban un importante movimiento secesionista en el amplio territorio de su rival oriental, el Califato Otomano. Hasta aquí se llegan a remontar los vínculos históricos y contemporáneos entre el imperialismo y el islamismo, que hoy sumergen en el terror a países como Libia, Yemen, Siria o Irak, y que llevaron a Egipto al borde de la guerra civil hace seis años.

Los nacionalistas árabes aceptaron una alianza con aquellos a cambio de su compromiso por la creación de un Estado árabe cuando se derrotase el Califato, que finalmente obtuvieron. Pero el gobierno soviético nacido de la revolución en Rusia desveló que aquellas potencias tenían otros planes pensados para la región, poniendo en evidencia la falsedad de dichos compromisos y su credibilidad internacional.

La Sociedad de Naciones había establecido un Mandato francés en Siria y Líbano, y otros dos en Irak y Palestina bajo tutela británica. Los gobiernos francés y británico se apoyaron entonces, como lo hacen hoy, en las monarquías árabes -de las que actualmente quedan vigentes las del Golfo Pérsico y Jordania- con el objetivo de frenar el proceso de independencia que ellos mismos habían apoyado tiempo atrás, cuando les interesó en su conflagración bélica de 1914, tratando de impedir la puesta en marcha de las reformas sociales, y suministrando "con cuentagotas" leves y más que ridículas concesiones legales de soberanía, a través de las distintas formas jurídicas y administrativas que sucedieron a las deslegitimadas Colonias. En este sentido, el extinto Reino de Egipto también fue un Protectorado británico hasta su independencia efectiva, a partir de 1953.

Aunque fuera de los términos formales de los Acuerdos Sykes-Picot, en Turquía también se hizo manifiesto el interés, por parte de las potencias británica y francesa, de contener la puesta en práctica de reformas sociales, con su oposición frontal a la guerra turca de independencia. La tímida modificación institucional promovida por los Aliados de la IGM se produjo conservando en todo momento la autoridad política de la Casa Osmandí, aún gobernante en los restos del Califato, cuando los jóvenes nacionalistas turcos presionaron a Abdul Hamid II y "lograron" que terminase abdicando en su hermano, Mehmed V.

Ni los árabes ni los turcos aceptarían la soberanía "con cuentagotas". Es entonces cuando comienza el advenimiento de las ideas seculares del republicanismo, y un proceso parcial de divorcio entre el nacionalismo y el islamismo, tanto en Turquía como en los múltiples Estados árabes que las superpotencias victoriosas se habían repartido al finalizar la guerra.

En octubre de 1923 fue instaurada la República en Turquía, con Mustafa Kemal Atatürk como primer presidente, y se inició la modernización del país. Desde Egipto, y tiempo después, Gamal Abdel Nasser había planteado la constitución de la República Árabe, proyecto que alcanzó su apogeo en la unificación con Siria, en 1958.

Antes de la unificación, la República había sido proclamada en Egipto en 1953. En 1969, el coronel Muamar el Gadafi derrocó al Rey Idris I e instauró la República en Libia. Siete años antes había sido proclamada en el norte (oeste) de Yemen. Y en Siria, la República se había independizado de Francia y de su Mandato legal en 1958.

El republicanismo árabe y turco expresó un movimiento en defensa de la igualdad en las relaciones internacionales, que los gobiernos progresistas impulsaron a través de la promoción de ciertas nacionalizaciones económicas y de políticas de desarrollo regional que cuestionaban el dominio monopolista de las potencias europeas y estadounidense.

La cuestión de la polaridad internacional tras la independencia de Turquía y los países árabes, por su parte, exige la consideración de la segunda de las referencias históricas al principio establecidas, que datan de 1932, cuando Abdelazizz ibn Saud, quien fuera el Emir de Diriyah (el "primer Estado saudí"), después el de Nechd (el "segundo Estado saudí"), finalizó la conquista de la península arábiga, culminando así la formación del actual y "tercer Estado saudí".

La Arabia de la Casa de Saud es hoy el principal foco de propaganda fundamentalista en todo el mundo de influencia islámica, en lo que respecta a las ramas y derivaciones sunnitas, además de un proveedor de armas y de todo tipo de apoyo logístico.

La inmediata reconfiguración de las relaciones internacionales en la posguerra tras 1945, y después de la potente industrialización en la URSS, había situado a Rusia y las demás Repúblicas Soviéticas federadas a la cabeza del desarrollo mundial, y junto con las Repúblicas Populares (Argelia, Yemen del sur y Afganistán, en el mundo de influencia islámica) y las Repúblicas Árabes (Egipto, Yemen del norte, Siria, Irak y Libia antes pero también después de la proclamación de la Yamahiriya), habían quedado ubicadas en el sistema internacional en un mismo bloque heterogéneo en defensa del desarrollo regional de los países árabes, que confrontaba el imperialismo.

Nada tiene que ver el anterior bloque, con el proceso de integración elitista de la Unión Europea, ni tampoco con los actuales procesos de integración regional que gravitan alrededor de la Rusia postsoviética. No en vano, del campo socialista provinieron los principales apoyos económicos, militares y también ideológicos a los procesos de independencia antes citados, así como a las importantes reformas sociales que se llevaron en buena parte del mundo.

Aunque no fueron miembros del Consejo de Ayuda Mútua Económica (COMECON), el alineamiento económico inicial y las relaciones de amistad de las Repúblicas Árabes con Rusia, la URSS y el bloque socialista, supusieron la formación de una estructura alternativa de naciones, que iba desde el elevado grado de desarrollo de aquella primera, hasta el proceso transitorio de desarrollo que se inició en países que, mientras fueron administraciones estadounidenses, británicas o francesas, no se habrían podido producir, poniendo de manifiesto cómo la conciencia política sobre el imperialismo estaba viva y tomaba forma en las políticas exteriores de los gobiernos comunistas, incuestionablemente preferibles a las políticas ultraliberales que aplican los gobiernos en la actualidad.

Por contra, el Reino Unido, Francia y la nueva primera potencia económica mundial en la posguerra, Estados Unidos, estaban alineados, además de con el Estado de Israel tras su creación, con otro de sus principales socios comerciales en el oriente medio, el Reino de Arabia Saudí. Esto explica el vínculo contemporáneo que antes se adelantaba, y que ahora queda bien enmarcado en el actual sistema de relaciones, entre el imperialismo y el islamismo, que se suma al que existe también con el sionismo, y también el apoyo financiero, logístico, táctico, comercial y militar a los grupos terroristas que operan en los países árabes, Siria en particular.

Los imperialistas saben que la reincorporación de la religión en los ordenamientos legales de los Estados árabes funciona como elemento de legitimación y catalización del crecimiento de los grupos fundamentalistas, que operan al servicio de los intereses conjuntos que Arabia Saudí, Estados Unidos, Francia y Reino Unido tienen en Asia Menor, junto con Israel, y en el proceso de acercamiento a la República Islámica de Irán como punto estratégico para confrontar la emergencia de China, y esta cuestión nos lleva a la última de las referencias históricas señaladas al comienzo del análisis.
Los miserables que representan lo que es
la izquierda española, Garzón e Iglesias

Por esta misma razón, gobiernos y "oposiciones" parlamentarias de los Estados miembros de la Unión Europea condenaron la acción que un sector crítico de las Fuerzas Armadas de Turquía preparó en 2016 contra el gobierno de Recep Tayyip Erdoğan, que está confesionalizando la vieja República laica a una velocidad vertiginosa, y que participa junto con las mencionadas potencias e Israel de las agresiones y los bombardeos contra el gobierno y el pueblo sirio

La tercera referencia considerada, pues, alerta sobre una consecuencia directa del agotamiento del modelo de acumulación y del ciclo expansivo característicos de la posguerra. Si las dos guerras mundiales y el período de entreguerras expresaron la destructiva y mortífera transición entre un ciclo de contracción y otro de expansión, la crisis del petróleo de 1973 inauguró una transición en sentido opuesto, que obtuvo la financiarización a crédito -interesado- de la economía como respuesta dada por las oligarquías gobernantes en los países desarrollados.

En 2011, los efectos financieros de la crisis económica mundial se sumaron a los de la industria y buena parte del resto de los sectores de actividad, y esto se expresó, en una vasta parte del planeta, bajo la oscura apariencia de la "primavera árabe", devenida hoy en invierno fundamentalista.

La crisis del petróleo y el desmoronamiento posterior de la URSS también influyeron nuevamente en las relaciones internacionales. Por una parte, los gobiernos republicanos árabes ya comenzaron a revertir lentamente las nacionalizaciones de los sectores económicos punteros y sus políticas sociales, así como también se inclinaron levemente hacia la reincorporación del islam en las bases jurídicas de sus Estados.

Además, el antiguo vínculo de amistad entre la Rusia comunista y países árabes como Siria, fue heredado por la Rusia capitalista postsoviética como la simple relación oportunista que es hoy. A partir de ello se comprende por qué el actual gobierno ruso, que ha estado prestando durante toda la contienda apoyo aéreo al gobierno sirio en la lucha contra ciertos grupos terroristas -más de lo que les interesa a las potencias agresoras- también ha estado estableciendo desde el año pasado contactos con los islamistas "moderados". A finales de marzo llegaron a un acuerdo con ellos para permitirles la huída en Guta oriental. Moscú también está encontrando en el perjuicio a Damasco oportunidades para incrementar su rentabilidad.

La reversión en las anteriores materias, acercó inevitablemente los gobiernos republicanos árabes a las potencias estadounidense, británica, francesa, saudí, israelí y a otros de sus socios comerciales. Los recortes laborales y sociales y la corrupción institucional del gobierno egipcio de Hosni Mubarak, fiel continuador de la orientación liberal de la presidencia de Anwar el-Sadat y buen aliado regional de Estados Unidos, el gobierno yemení de Ali Abdullah Saleh, que asumió los mismos lastres, o el gobierno sucesor de Mansur Al-Hadi, fuerte aliado de Arabia Saudí en la guerra sectaria que mantiene con los chiitas de Hutíes y en el bloqueo y los bombardeos devastadores que masacran a la población yemení, son buenos ejemplos de ello.

Manifestantes egipcios huyendo de la policía en
Plaza Tahrir, noviembre de 2012.
Tras protestar contra los recortes laborales
y sociales tiempo atrás, lograron
deponer a Mohamed Morsi
(Fuente: El País)
Contra las orientaciones conservadoras que llevaban tiempo tomando ambas administraciones en materia económica y religiosa ya protestaron miles de personas, entre republicanos, socialistas y comunistas, tanto en Egipto como en Yemen. Pero esta tendencia involutiva en el seno de los propios gobiernos republicanos árabes pronto sería secundaria frente a la nueva tendencia hacia la multipolaridad internacional.

La lenta transitoriedad legal e institucional que dichos gobiernos republicanos administraron en ambas materias ya no era suficiente para Estados Unidos y sus principales socios. Y es en este sentido que se le vuelve tentación a Washington el recurrir a una forma agresiva, belicosa y absolutamente irresponsable de llevar a cabo una diplomacia que, en el fondo, nunca ha abandonado, así como el intensificar la política exterior oenegista, injerencista, y también militar y de agresión.

La destrucción de Afganistán por los "libertadores" o "muyahidines" de la Casa Blanca estadounidense, los talibán, sirvió de precedente en el mundo islámico. Irak fue invadida en 2003, y su gobierno cedido, por la fuerza de una junta militar, a los partidarios de la Sharia. Después del trágico bombardeo de la OTAN en Trípoli y el asesinato por la espalda a Gadafi, Libia fue saqueada por los "rebeldes" y las mafias de traficantes de personas, órganos, opiáceos y heroína. Y Yemen sufre el trágico, devastador y criminal bloqueo saudí.

En Egipto, los Hermanos Musulmanes alcanzaron el poder, representados por el islamista Mohamed Morsi, aunque los valientes y combativos contestatarios de la Plaza Tahrir lograron deponer su breve mandato autoritario: ahora es presidente Abdulfatah Al-Sisi.

La lucha contra la guerra que viven los pueblos árabes, implica asumir que el Ejército Árabe Sirio, que defiende por tierra al último Estado laico de todo el medio oriente y prácticamente el último de casi todo el mundo de influencia islámica, debe ganar la contienda criminal a la que le están arrastrando Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Arabia Saudí, Turquía e Israel.

No está en juego un mero cambio cosmético de gobierno, sino cuestiones que lo incluyen y lo trascienden: la indeseable influencia de unas potencias dominantes que, en el contexto de la crisis mundial de la economía, tratan de "frenar marcha atrás" inútilmente en la nueva conflagración mundial que se está preparando. Las tendencias bélicas de los últimos años ya señalan una brusca y violenta reconfiguración del sistema de relaciones internacionales, y en su trayecto hacia la dependencia de la nueva potencia emergente en un futuro sistema internacional, China, las viejas potencias declinantes están provocando un elevadíśimo e imperdonable coste humano.

Y la consolidación de un bloque social en defensa de la paz regional, de la soberanía legal de Siria, contrario a la injerencia belicosa y agresiva del exterior, y que evite el arrastre definitivo de las potencias a una escalada y a una nueva guerra mundial, pasa también, por mucho que les irrite a algunos que gustan de banalizar hasta la misma revolución social, por denunciar a aquellos que, en el conflicto en consideración, están siendo parte de las tácticas desestabilizadoras y militares de los Estados Unidos, Francia, Reino Unido y todos sus socios comerciales sionistas o islamistas.

Los peshmergas kurdos, confederalistas incluidos, están a día de hoy aliados con grupos de mercenarios procedentes del "Ejército Libre Sirio", aquella amalgama de "rebeldes" de la que procedieron los vastos contingentes de combatientes "demócratas" y las armas estadounidenses que terminaron finalmente destinados a las manos del Daesh o Nusra.

Durante el pasado verano de 2017, confederalistas kurdos e islamistas "moderados" atacaron desde el norte de Siria la ciudad de Raqqa, junto con la artillería de la coalición internacional liderada por Estados Unidos. Expulsaron a 160.000 sirios de la ciudad, facilitando así la incorporación de la misma, de mayoría étnicamente árabe, al territorio "autónomo" kurdo. Usaron armas químicas prohibidas por la comunidad internacional, fósforo blanco en particular.

Pero las bombas que destrozaron la ciudad y que asesinaron, sólo durante la primera semana de la operación, a más de 300 sirios, tal y como incluso la misma ONU denunció, no caían sobre el Daesh, que durante el bombardeo huía plácidamente de Raqqa hacia el sur, en dirección hacia el territorio controlado por las tropas leales al gobierno sirio.



lunes, 9 de abril de 2018

La relación entre el trabajo productivo y el trabajo reproductivo

Por Arash


Al decirse desde la economía política que el trabajo produce un nuevo valor, se está incidiendo en que sirve a la producción de mercancías, que deriva en la acumulación de capital. En particular, cuando el trabajo reproduce su propio valor, está sirviendo a la producción social, de seres humanos, es decir, a la producción de la fuerza de trabajo, que es la mercancía viva y humana que, cuando se activa y se acumula, produce aquel valor adicional.

Puesto que es la propia sociedad, los seres humanos asociados los que, obviamente, dejan su descendencia, también podemos hablar de la reproducción social o humana, es decir, de la reproducción de la fuerza de trabajo.

Se aluda como se quiera, la producción social, de seres humanos, es decir la producción de la fuerza de trabajo es un requisito indispensable con respecto a la producción de las demás mercancías. La relación que vincula ambas es el salario, el principal medio de vida para unas casi veinte millones de personas en el territorio del Estado, entre quienes pueden venderse en el mercado laboral a cambio de un salario variable, y quienes están registrados en el paro por no poder hacerlo, sin contar lo que ocurre en las confusas categorías oficiales de los "inactivos", los "trabajadores autónomos económicamente dependientes", etc. Pero la relación salarial, la relación entre la producción social y la producción de mercancías en general, va mucho más allá de ser una mera correlación. Es todo un acicate político que se vuelve periódicamente revolucionario.

Cuando la acumulación de capital entra en un ciclo de crisis cuyo horizonte es, como en todos sus ciclos críticos, la destrucción de aquella parte del mismo que está desempleado o podría estarlo con facilidad (la parte menos competitiva), también entra en una crisis vital la fuerza de trabajo, cuyo devenir es la "destrucción" (devastación y muerte innecesaria provocada por la pobreza, hambrunas, destructivas guerras de saqueo, etc) de aquella vasta reserva que está desempleada o de la que pronto prescindirá el capital, y que se ha vuelto disfuncional al proceso de acumulación.

No podemos decir lo mismo en sentido inverso. Si la fuerza de trabajo se encuentra en una crisis vital, no podemos deducir que el capital, en proceso de acumulación, haya entrado necesariamente en un ciclo de crisis. La crisis vital de la fuerza de trabajo es plenamente compatible con las fases expansivas del capital. Es la acumulación de capital la que determina la crisis vital de la fuerza de trabajo.

No hay duda de que el trabajo se traduce tanto en producción social como en producción de mercancías inertes. Sin embargo, sería una auténtica estupidez anteponer la producción social a la producción de mercancías inertes. En ese caso, habría de admitirse que la producción de mercancías está determinada por la producción social, y que es esta última la cuestión en la que tenemos que poner el acento principal de una denuncia estratégica cuando, en realidad, es la producción social la que está determinada por la producción de mercancías. No comemos porque nazcamos, sino que nacemos porque comemos. No tenemos un salario asegurado sólo porque seamos padres y madres, sino que nuestros hijos nacen y crecen porque trabajamos y pagamos nuestro sustento.

Este último hecho se desprende de la contradicción actual entre el capital y el trabajo, a partir de la que se entiende la contradicción entre el ser humano y la naturaleza, su naturaleza. La apropiación humana de la misma es imprescindible para la supervivencia, como lo demuestra en un principio la caza o la recolección, formas ilustrativas del trabajo primitivo. Es necesario hacer del medio natural un servicio, así como el objeto del consumo humano. O eso, o admitir nuestra propia extinción, renegando de la posibilidad de reconciliarnos con ella, con nuestra naturaleza.

Y es que la apropiación de la naturaleza -y de todo lo que de ella se transforma- por parte de unos seres humanos en detrimento de la propiedad de los demás, es decir, la propiedad privada, es contingente, y además constituye el origen antropológico de la división de la sociedad en clases y de nuestra contradicción con la naturaleza, incluido lo relativo a la reproducción humana y el consumo. Es otra manera de hablar de la sedentarización y de la conclusión del nomadismo en la organización humana, cuando la caza o la recolección dan lugar a la ganadería y, en particular, a la agricultura.

La propiedad privada de la tierra o del suelo, hizo relevante una primera distinción relativa entre el objeto producido y el medio con el que el productor humano combinó su fuerza de trabajo para producirlo. Cuando apareció esta forma de propiedad de la tierra, la producción perdió su carácter medial y objetivo, y se volvió un perverso y abstracto fin en sí mismo.

Este fenómeno ideológico, cual ilusión óptica, adquirió proporciones épicas y catastróficas con el desarrollo de los medios productivos y las fuerzas humanas que los empleaban. Tras la apariencia de la acumulación de capital como finalidad en sí, se impuso como consecuencia la distorsionada realidad moderna de la misma, que se hizo irresistible para Marx y los críticos de la economía clásica: la acumulación de capital como medio para la satisfacción de los vicios y lujos de la clase propietaria, a través de la explotación.

De modo parecido, esto terminaría por definir el trabajo como algo desagradable, como una actividad necesaria para la supervivencia que el proletariado moderno presta a cambio de un salario, y que está divorciada de su objeto: el que sirve para la satisfacción de las necesidades del productor humano, incluso las necesidades naturales, más básicas y elementales, y que con el desarrollo de los medios y las fuerzas productivas habrían de satisfacerse difícilmente a través del mercado.

En conclusión, es la organización económica y social, pasajera e histórica, la que provoca la contradicción del ser humano con la naturaleza, incluida en esta última la reproducción humana y el consumo de los productos del trabajo. En última instancia, el trabajo reproductivo depende del trabajo productivo, y no al revés. La producción de mercancías determina la producción social.

lunes, 5 de marzo de 2018

¿Han reventado los segregacionistas la huelga del 8 de marzo?

Primero de Mayo de 2013 en Bangladesh.
La fotografía no es del 8 de marzo, pero
ambas fechas evocan la conciencia de clase
(fuente: El País)


Por Arash

En estos tiempos en los que es tendencia dominante el reducir la complejidad del mundo a cuestiones de identidad, les lanzo la siguiente pregunta: ¿desde cuándo "juzgamos" la ideología de los demás, así como sus organizaciones y proyectos, sólo por lo que dicen defender de palabra o por aquello a lo que se adhieren?

Mi intención no es deslegitimar la convocatoria de una huelga general en todas las empresas el día 8 de marzo, algo que parece totalmente descartado, pero sí los motivos que aportan aquellos que no la desean ni desearon en absoluto. A estas alturas, el optimismo -si se le puede llamar así- que despierta el título de esta entrada, al plantearse en el modo interrogativo, probablemente sea injustificable. Nada se piensa instantáneamente y no es fácil ir al son de los cambios sociales, en el sentido trivial que se le da hoy a estos dos términos. Escribí esto antes de saber que El Corte Inglés, la Reina, sectores del Vaticano, y empresas capitalistas apoyan la iniciativa.

Se han manifestado, como mínimo, dudas más que razonables por parte de asalariadas y asalariados con conciencia de clase, si no directamente un acertado rechazo frontal en relación a la conveniencia de acudir a la convocatoria, y al éxito de algunos en lograr desclasar la próxima jornada en la que se piensa llevar a cabo.

La mayoría habrán dado su apoyo moral de manera acrítica a la "huelga feminista" que promueve la Comisión 8-M (o ni siquiera diferenciarán las fuentes de dónde procede la convocatoria) pero sugiero que se cuestionen la iniciativa y se interroguen si esta y la organización que la promueve es feminista o no lo es, entre otras muchas cosas.

En su manifiesto se puede comprobar cómo se hace un llamamiento a cuatro "tipos de huelga": una "huelga laboral", una "de consumo", otra "de estudiantes" y otra "de cuidados". Son cuestiones relativas exclusivamente a aquella primera, la "huelga laboral", las que despiertan todas las sospechas analíticas, que trataré de justificar. Sirva esta mención introductoria y téngase en cuenta de aquí en adelante.

Una iniciativa de protesta obrera, como una huelga, puede nacer circunscrita a un centro de trabajo, a todos o varios centros de trabajo de una misma empresa, o de varias empresas, a buena parte de la clase trabajadora de un país, etc.

La extensión de la lucha obrera y la organización internacional de los trabajadores es posible y necesaria. Lo mismo, si un centro de trabajo o todo un sector laboral asalariza especialmente a mujeres, como ocurre en la realidad laboral española, es lógico pensar que los efectivos de la protesta sean mujeres, algo de plena aplicación con la consideración de cualquier "característica" demográfica.

Ahora bien, hay que distinguir la tendencia expansiva de lucha, que parte de lo particular a lo general, de los sujetos que se dedican a sabotear, dividir y segregar el movimiento, la organización y hasta la existencia de la clase trabajadora. De esto mismo han sido ejemplo dos personalidades de la Comisión 8-M, Justa Montero e Inés Gutíerrez, que respondieron a una serie de preguntas realizadas desde la Cadena Ser.

Nunca se ha dado, al menos en España, una iniciativa con intenciones huelguísticas a nivel estatal que estuviese planteada de manera exclusiva para mujeres. Son obvias las intenciones tanto de ambas "comisarias", como de cierto sector en general. Ante la pregunta de si estaban convocados los hombres a la "huelga", Justa Montero decía lo siguiente:

"Legalmente, una convocatoria de huelga es para el conjunto de trabajadoras y trabajadores. Pero otra cosa es la convocatoria que hacemos desde el movimiento feminista: una huelga para mujeres. Lo que queremos hacer es que la sociedad sea consciente de la situación que vivimos las mujeres, del tipo de trabajo que hacemos y en qué condiciones. De los huecos que dejamos cuando dejamos de hacer esos trabajos. Si los hombres hacen huelga desaparece ese objetivo, sería una huelga general. Es importante que los hombres respeten la convocatoria que hacemos tal y como la hacemos."

En el manifiesto en el que convocan al país a la "huelga laboral" exclusiva de mujeres, se denuncian injusticias reales o bien lacras sociales de urgente resolución, y que afectan específicamente o sobre todo a las mujeres trabajadoras, tales como el acoso sexual, las violaciones sexuales, los asesinatos, la división sexual del trabajo (en el hogar familiar y fuera de él), la sobreexplotación relativa, la desrregulación jurídico-laboral y la precariedad laboral en general. Otros recursos son utilizados sencillamente para intentar teñir de rojo a la Comisión 8-M y su manifiesto.

El caso es que estas denuncias y recursos son empleados por la Comisión 8-M de manera oportunista como "argumentos" de autoridad para su convocatoria de "huelga laboral" (el objetivo particular de su manifiesto), y que por su falaz utilización contribuyen de manera negativa a la lucha por una sociedad igualitaria -incluida la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres- porque cuestionan el proyecto de unidad de todos los trabajadores, la clase sobre cuyo trabajo y permisividad se erige el conjunto de la actual estructura económica y social.

Hay teóricos que ya han dado buena cuenta de la metamorfósis del feminismo desde los años sesenta en adelante, entre otras muchas cuestiones de interés. En los años sesenta y setenta, el consumerismo tradicional de la izquierda estadounidense, afanada en el rechazo del comunismo (que entonces todavía tenía algo de influencia en la izquierda europea), se dio de la mano con el paraguas especulativo bajo el cual entendieron ciertos académicos el movimiento por los derechos civiles de los negros en EEUU, el nacionalismo.

De esta confluencia nació una matriz cultural en la que, partiendo de la lógica identitaria del nacionalismo, cabía la consideración de un sinfín de identidades de grupo (entre todas ellas, las que se basaban en el sexo y, más tarde, en la sexualidad), y sobre la lógica consumerista estadounidense, se ponía el acento de la denuncia en el modo de consumo de la sociedad contemporánea.

Esto último es vital, porque las clases sociales, cuya existencia se delata con el cuestionamiento del modo de producción, fueron apartadas -junto con este último- del programa de la nueva academia y de las nuevas generaciones educadas en ella. En su lugar, apareció una auténtica plaga de ideólogos de las identidades, que fueron colonizando las disciplinas académicas y las mentes de esas generaciones.

Muchos filósofos asimilaron dicha matriz y, con ello, la lógica consumerista-identitaria. Su ignorancia del modo de producción como aspecto fundamental de la estructura social, les hizo culpar de las injusticias del capitalismo a la ciencia, y ello les hizo regresar al empirismo antirracionalista según el cual, las emociones y los sentidos, básicos en la imaginación de la identidad y la comunidad, son los pilares básicos del conocimiento de la realidad (sic).

Por supuesto, estos filósofos de la ciencia intentaron darle un barniz racional a la aversión que sentían contra el objeto de su estudio, pero no es creíble, en absoluto, que sean capaces de explicar, tampoco ellos, en qué consiste la identidad femenina, la masculina o cualquier otra identidad postmoderna, sin caer en el subjetivismo de hacer referencia a los sentimientos, legítimos o no, de cada uno.

La Comisión 8.M asume de lleno esa matriz cultural, algo que se vuelve descarado en sus alusiones al territorio o a la raza -referencias nacionalistas de la identidad- y, con mucha más frecuencia, a la sexualidad, en varias ocasiones a lo largo de su manifiesto:

"Nuestra identidad es múltiple, somos diversas. Vivimos en el entorno rural y en el entorno urbano, trabajamos en el ámbito laboral y en el de los cuidados. Somos payas, gitanas, migradas y racializadas. Nuestras edades son todas y nos sabemos lesbianas, trans, bisexuales, inter, queer, hetero..."

El recurso oportunista a "argumentos" de autoridad para legitimar su "huelga laboral", cobra especial importancia cuando consideramos algunos históricos movimientos que de una u otra manera contribuyeron a reequilibrar las injusticias del capitalismo, y al respecto de los cuales la Comisión 8-M no considera suficientemente "transversal" ni digna de "visibilización" la división de la sociedad en clases, así como el protagonismo incuestionable que tuvieron en ellos los trabajadores, las mujeres obreras en particular: "la mitad femenina del género humano [...] que está doblemente oprimida".

Alude en el manifiesto, pues, a "las que trajeron la Segunda República", y a "las que combatieron el colonialismo y las que fueron parte de las luchas anti-imperialistas", otros recursos que buscan sumar legitimidad a su convocatoria de "huelga laboral" -la del manifiesto de la Comisión 8-M- junto con la "larga genealogía de mujeres activistas, sufragistas y sindicalistas" cuyo legado de lucha se arroga de manera hipócrita.

Este recurso de autoridad a la lucha contra el imperialismo y contra la restricción del derecho a voto en las censitarias democracias burguesas (movimiento sufragista) desde el nacionalismo no es un fenómeno nuevo. Hace sólo unos meses fuimos testigos de un conflictivo proceso de efervescencia de la identidad nacional en Cataluña y en otras partes del territorio del Estado, cuando la izquierda independentista radical, que considera la existencia de una "nación catalana explotada por el Estado español" (sic), pactó con la derecha catalana y la oligarquía regional en sus instituciones parlamentarias.

Llamativamente, si consideramos el recurso a los movimientos contra la limitación del ejercicio del sufragio, tanto en el caso de la Comisión 8-M como en el de la izquierda independentista de Cataluña, lo que nos encontramos es con el intento de legitimación de una "huelga".

En el caso de la Comisión 8-M, se recurre al legado del histórico movimiento sufragista de las mujeres obreras para legitimar su convocatoria del próximo día 8, mientras que en el caso de la izquierda catalanista, se refirieron en todo momento al indeseable (por sus previsibles consecuencias negativas) referéndum del pasado 1 de octubre de 2017 -finalmente ilegalizado por el Tribunal Constitucional y reprimido violentamente por el Gobierno central- para legitimar lo que fue el evento que tuvo lugar dos días después.

Los movimientos contra el imperialismo del siglo XX fueron una tendencia social de reequilibración de las injusticias del capitalismo, porque supusieron la independencia política de las colonias, oprimidas por el capital monopolista de las metrópolis, y posibilitaron la asunción de un programa de inversiones y desarrollo en aquellas naciones en las que aquel nunca tuvo una competencia que pudiese hacer frente a su dominio mundial.

Pero mientras los movimientos antiimperialistas estaban constituidos por el proletariado y las masas laboriosas de las naciones subdesarrolladas, con una infraestructura escasa y sin innovar, muchos académicos de las universidades yankees atribuyeron al movimiento de los negros estadounidenses, en lucha por su reconocimiento pleno y a todos sus efectos de la ciudadanía en la hiper-desarrollada nación americana, la condición "antiimperialista".

No estaban más que banalizando la teoría del imperialismo y redibujándola según la lógica consumerista-identitaria, como si la prerrogativa del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos fuese la de crear un Estado independiente ("Black Nation") al estilo de como lo hicieron los independentistas en el tercer mundo y no, en todo caso, la de combatir el racismo nacionalista en los Estados Unidos en todas sus expresiones, blanca pero también negra, que le distanciaba tanto del resto de la clase trabajadora.

Es decir, ¿qué hicieron los nacionalistas negros que resulta tan significativo y propio de la lógica consumerista-identitaria? Simplemente denominaron "antiimperialistas" a la comunidad imaginada de afroamericanos -la nación negra- y, en buena medida gracias a la legitimidad que le concedió el mundo universitario -tanto profesores como alumnos-, lograron prolongar, todavía más, el enterramiento definitivo del foso de separación que los supremacistas blancos llevaban tanto tiempo manteniendo frente a los negros mediante atentados terroristas y asesinatos políticos.

Pero lo que había en suelo estadounidense era un movimiento negro por los derechos civiles que era sufragista -y también contrario a la segregación, por cierto- pero en absoluto antiimperialista. Tales académicos lo contaminaron desde el principio con el nacionalismo burgués para poder obviar el elemento de clase que le atravesaba, y sólo trataban de ahondar aún más la división de la clase trabajadora en la nación estadounidense, con una población negra tan significativa, entre otras "minorías".

El resultado, allí o en Sudáfrica, ya lo conocemos: la extracción de una élite minoritaria de entre los proletarios negros, y su inserción en el aparato del capital y su Estado junto con la burguesía blanca. La ideología consumerista-identitaria conduce así al enfrentamiento entre los propios trabajadores y a la movilidad ascendente, de unos sobre otros, mientras se les hace creer parte de una comunidad ficticia.

No se puede entender de otra manera a qué minoría social, intereses y emancipación representa la Comisión 8-M cuando afirma que "los puestos de mayor salario y responsabilidad están copados por hombres", algo del todo cierto. "La empresa privada, la pública, las instituciones y la política son reproductoras de la brecha de género" en la medida en que considera la brecha vertical en el contexto de la promoción en la sociedad burguesa.

La trampa de la convocatoria de "huelga laboral" de la Comisión 8-M es similar a la de la pasada convocatoria del 3 de octubre en Cataluña, y tiene mucho que ver con las significativas dudas que se han manifestado últimamente en las redes sociales acerca de su naturaleza medial. No es casualidad que el nacionalismo esté de por medio en ambos casos, como venimos viendo.

Nos topamos aquí con el recurso oportunista al legado del sindicalismo. Mientras que el objetivo de la huelga -la principal acción sindical- es la erosión de la base del poder, es decir la ganancia, la Comisión 8-M promueve una iniciativa de "huelga" como fin en sí mismo.

En su manifiesto aparecen unas pocas denuncias generalistas de las condiciones laborales de las mujeres trabajadoras, incluida la brecha salarial, pero ningún programa de reivindicaciones económicas salariales concretas que actúe a modo de condicionante de la realización y duración de la acción, algo fundamental en la huelga.

Dirán muchos oportunistas que existen demandas muy concretas en el manifiesto en cuestión, y es cierto. Lo que no dirán es que en lo salarial no lo son, y tampoco que se utilizan para segregar la huelga y el movimiento obrero. Una mentira no se subsana con una media verdad.

Nos encontramos con el mismo patrón que en el paro nacional en Cataluña del pasado 3 de octubre, que fue convocado por la democracia y la autodeterminación nacional y, en consecuencia, apenas tuvo seguimiento. El programa salarial concreto simplemente no existía.

De esta manera, la "huelga feminista" de la Comisión 8-M no puede ser feminista, porque la llamada a la segregación sexual desvela que sus convocantes no están interesados en la efectividad de aquella, suponiendo que planteasen un programa que incluyera una baliza que actuase como objetivo o meta de la huelga.

Pero como además este no es el caso, la "huelga feminista" que promueve la Comisión 8-M tampoco es una huelga, porque su manifiesto de convocatoria no incluye dicha baliza objetivo. Una huelga feminista no: lo que vende la Comisión 8-M es un paro femenino.

Por cierto, ya deberían saber ustedes que también se ha convocado o respaldado una huelga desde el sindicalismo el próximo Día Internacional de la Mujer Trabajadora, a pesar de la incertidumbre y división que han provocado los segregacionistas.

La legitimidad de los sindicatos siempre ha dependido de su servicio en tanto canalizadores de las necesidades económicas más inmediatas de los trabajadores y en tanto propiciadores de la unidad obrera. Una de las virtudes de la acción sindical ha sido la cercanía, inmediatez y legibilidad de sus demandas salariales.

Ello no significa que el sindicalismo sea suficiente, pero defender su legitimidad y necesidad pasa por asumir la defensa del trabajo y del salario -sustento de vida de la mayoría social, y de la mayoría de mujeres en particular- haciendo de la lucha algo comprensible y ajeno a las abstracciones que pretenden obstaculizarla, y también por denunciar a los que dinamitan su unidad de acción, clave en la conquista de derechos sociales beneficiosos para que aquellos que hoy lo hacen a duras penas, y los que quedan por venir, puedan aspirar a tener una vida digna. En la medida en que los sindicatos no lo hagan, los alternativos en particular, perderán toda la legitimidad que les queda.