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Espacio de producción propia, reproducción ajena y discusión de teoría analítica sobre estructura, relaciones y cambio sociales, y de difusión de iniciativas y convocatorias progresistas.

lunes, 5 de marzo de 2018

¿Han reventado los segregacionistas la huelga del 8 de marzo?

Primero de Mayo de 2013 en Bangladesh.
La fotografía no es del 8 de marzo, pero
ambas fechas evocan la conciencia de clase
(fuente: El País)


Por Arash

En estos tiempos en los que es tendencia dominante el reducir la complejidad del mundo a cuestiones de identidad, les lanzo la siguiente pregunta: ¿desde cuándo "juzgamos" la ideología de los demás, así como sus organizaciones y proyectos, sólo por lo que dicen defender de palabra o por aquello a lo que se adhieren?

Mi intención no es deslegitimar la convocatoria de una huelga general en todas las empresas el día 8 de marzo, algo que parece totalmente descartado, pero sí los motivos que aportan aquellos que no la desean ni desearon en absoluto. A estas alturas, el optimismo -si se le puede llamar así- que despierta el título de esta entrada, al plantearse en el modo interrogativo, probablemente sea injustificable. Nada se piensa instantáneamente y no es fácil ir al son de los cambios sociales, en el sentido trivial que se le da hoy a estos dos términos. Escribí esto antes de saber que El Corte Inglés, la Reina, sectores del Vaticano, y empresas capitalistas apoyan la iniciativa.

Se han manifestado, como mínimo, dudas más que razonables por parte de asalariadas y asalariados con conciencia de clase, si no directamente un acertado rechazo frontal en relación a la conveniencia de acudir a la convocatoria, y al éxito de algunos en lograr desclasar la próxima jornada en la que se piensa llevar a cabo.

La mayoría habrán dado su apoyo moral de manera acrítica a la "huelga feminista" que promueve la Comisión 8-M (o ni siquiera diferenciarán las fuentes de dónde procede la convocatoria) pero sugiero que se cuestionen la iniciativa y se interroguen si esta y la organización que la promueve es feminista o no lo es, entre otras muchas cosas.

En su manifiesto se puede comprobar cómo se hace un llamamiento a cuatro "tipos de huelga": una "huelga laboral", una "de consumo", otra "de estudiantes" y otra "de cuidados". Son cuestiones relativas exclusivamente a aquella primera, la "huelga laboral", las que despiertan todas las sospechas analíticas, que trataré de justificar. Sirva esta mención introductoria y téngase en cuenta de aquí en adelante.

Una iniciativa de protesta obrera, como una huelga, puede nacer circunscrita a un centro de trabajo, a todos o varios centros de trabajo de una misma empresa, o de varias empresas, a buena parte de la clase trabajadora de un país, etc.

La extensión de la lucha obrera y la organización internacional de los trabajadores es posible y necesaria. Lo mismo, si un centro de trabajo o todo un sector laboral asalariza especialmente a mujeres, como ocurre en la realidad laboral española, es lógico pensar que los efectivos de la protesta sean mujeres, algo de plena aplicación con la consideración de cualquier "característica" demográfica.

Ahora bien, hay que distinguir la tendencia expansiva de lucha, que parte de lo particular a lo general, de los sujetos que se dedican a sabotear, dividir y segregar el movimiento, la organización y hasta la existencia de la clase trabajadora. De esto mismo han sido ejemplo dos personalidades de la Comisión 8-M, Justa Montero e Inés Gutíerrez, que respondieron a una serie de preguntas realizadas desde la Cadena Ser.

Nunca se ha dado, al menos en España, una iniciativa con intenciones huelguísticas a nivel estatal que estuviese planteada de manera exclusiva para mujeres. Son obvias las intenciones tanto de ambas "comisarias", como de cierto sector en general. Ante la pregunta de si estaban convocados los hombres a la "huelga", Justa Montero decía lo siguiente:

"Legalmente, una convocatoria de huelga es para el conjunto de trabajadoras y trabajadores. Pero otra cosa es la convocatoria que hacemos desde el movimiento feminista: una huelga para mujeres. Lo que queremos hacer es que la sociedad sea consciente de la situación que vivimos las mujeres, del tipo de trabajo que hacemos y en qué condiciones. De los huecos que dejamos cuando dejamos de hacer esos trabajos. Si los hombres hacen huelga desaparece ese objetivo, sería una huelga general. Es importante que los hombres respeten la convocatoria que hacemos tal y como la hacemos."

En el manifiesto en el que convocan al país a la "huelga laboral" exclusiva de mujeres, se denuncian injusticias reales o bien lacras sociales de urgente resolución, y que afectan específicamente o sobre todo a las mujeres trabajadoras, tales como el acoso sexual, las violaciones sexuales, los asesinatos, la división sexual del trabajo (en el hogar familiar y fuera de él), la sobreexplotación relativa, la desrregulación jurídico-laboral y la precariedad laboral en general. Otros recursos son utilizados sencillamente para intentar teñir de rojo a la Comisión 8-M y su manifiesto.

El caso es que estas denuncias y recursos son empleados por la Comisión 8-M de manera oportunista como "argumentos" de autoridad para su convocatoria de "huelga laboral" (el objetivo particular de su manifiesto), y que por su falaz utilización contribuyen de manera negativa a la lucha por una sociedad igualitaria -incluida la lucha por la igualdad entre mujeres y hombres- porque cuestionan el proyecto de unidad de todos los trabajadores, la clase sobre cuyo trabajo y permisividad se erige el conjunto de la actual estructura económica y social.

Hay teóricos que ya han dado buena cuenta de la metamorfósis del feminismo desde los años sesenta en adelante, entre otras muchas cuestiones de interés. En los años sesenta y setenta, el consumerismo tradicional de la izquierda estadounidense, afanada en el rechazo del comunismo (que entonces todavía tenía algo de influencia en la izquierda europea), se dio de la mano con el paraguas especulativo bajo el cual entendieron ciertos académicos el movimiento por los derechos civiles de los negros en EEUU, el nacionalismo.

De esta confluencia nació una matriz cultural en la que, partiendo de la lógica identitaria del nacionalismo, cabía la consideración de un sinfín de identidades de grupo (entre todas ellas, las que se basaban en el sexo y, más tarde, en la sexualidad), y sobre la lógica consumerista estadounidense, se ponía el acento de la denuncia en el modo de consumo de la sociedad contemporánea.

Esto último es vital, porque las clases sociales, cuya existencia se delata con el cuestionamiento del modo de producción, fueron apartadas -junto con este último- del programa de la nueva academia y de las nuevas generaciones educadas en ella. En su lugar, apareció una auténtica plaga de ideólogos de las identidades, que fueron colonizando las disciplinas académicas y las mentes de esas generaciones.

Muchos filósofos asimilaron dicha matriz y, con ello, la lógica consumerista-identitaria. Su ignorancia del modo de producción como aspecto fundamental de la estructura social, les hizo culpar de las injusticias del capitalismo a la ciencia, y ello les hizo regresar al empirismo antirracionalista según el cual, las emociones y los sentidos, básicos en la imaginación de la identidad y la comunidad, son los pilares básicos del conocimiento de la realidad (sic).

Por supuesto, estos filósofos de la ciencia intentaron darle un barniz racional a la aversión que sentían contra el objeto de su estudio, pero no es creíble, en absoluto, que sean capaces de explicar, tampoco ellos, en qué consiste la identidad femenina, la masculina o cualquier otra identidad postmoderna, sin caer en el subjetivismo de hacer referencia a los sentimientos, legítimos o no, de cada uno.

La Comisión 8.M asume de lleno esa matriz cultural, algo que se vuelve descarado en sus alusiones al territorio o a la raza -referencias nacionalistas de la identidad- y, con mucha más frecuencia, a la sexualidad, en varias ocasiones a lo largo de su manifiesto:

"Nuestra identidad es múltiple, somos diversas. Vivimos en el entorno rural y en el entorno urbano, trabajamos en el ámbito laboral y en el de los cuidados. Somos payas, gitanas, migradas y racializadas. Nuestras edades son todas y nos sabemos lesbianas, trans, bisexuales, inter, queer, hetero..."

El recurso oportunista a "argumentos" de autoridad para legitimar su "huelga laboral", cobra especial importancia cuando consideramos algunos históricos movimientos que de una u otra manera contribuyeron a reequilibrar las injusticias del capitalismo, y al respecto de los cuales la Comisión 8-M no considera suficientemente "transversal" ni digna de "visibilización" la división de la sociedad en clases, así como el protagonismo incuestionable que tuvieron en ellos los trabajadores, las mujeres obreras en particular: "la mitad femenina del género humano [...] que está doblemente oprimida".

Alude en el manifiesto, pues, a "las que trajeron la Segunda República", y a "las que combatieron el colonialismo y las que fueron parte de las luchas anti-imperialistas", otros recursos que buscan sumar legitimidad a su convocatoria de "huelga laboral" -la del manifiesto de la Comisión 8-M- junto con la "larga genealogía de mujeres activistas, sufragistas y sindicalistas" cuyo legado de lucha se arroga de manera hipócrita.

Este recurso de autoridad a la lucha contra el imperialismo y contra la restricción del derecho a voto en las censitarias democracias burguesas (movimiento sufragista) desde el nacionalismo no es un fenómeno nuevo. Hace sólo unos meses fuimos testigos de un conflictivo proceso de efervescencia de la identidad nacional en Cataluña y en otras partes del territorio del Estado, cuando la izquierda independentista radical, que considera la existencia de una "nación catalana explotada por el Estado español" (sic), pactó con la derecha catalana y la oligarquía regional en sus instituciones parlamentarias.

Llamativamente, si consideramos el recurso a los movimientos contra la limitación del ejercicio del sufragio, tanto en el caso de la Comisión 8-M como en el de la izquierda independentista de Cataluña, lo que nos encontramos es con el intento de legitimación de una "huelga".

En el caso de la Comisión 8-M, se recurre al legado del histórico movimiento sufragista de las mujeres obreras para legitimar su convocatoria del próximo día 8, mientras que en el caso de la izquierda catalanista, se refirieron en todo momento al indeseable (por sus previsibles consecuencias negativas) referéndum del pasado 1 de octubre de 2017 -finalmente ilegalizado por el Tribunal Constitucional y reprimido violentamente por el Gobierno central- para legitimar lo que fue el evento que tuvo lugar dos días después.

Los movimientos contra el imperialismo del siglo XX fueron una tendencia social de reequilibración de las injusticias del capitalismo, porque supusieron la independencia política de las colonias, oprimidas por el capital monopolista de las metrópolis, y posibilitaron la asunción de un programa de inversiones y desarrollo en aquellas naciones en las que aquel nunca tuvo una competencia que pudiese hacer frente a su dominio mundial.

Pero mientras los movimientos antiimperialistas estaban constituidos por el proletariado y las masas laboriosas de las naciones subdesarrolladas, con una infraestructura escasa y sin innovar, muchos académicos de las universidades yankees atribuyeron al movimiento de los negros estadounidenses, en lucha por su reconocimiento pleno y a todos sus efectos de la ciudadanía en la hiper-desarrollada nación americana, la condición "antiimperialista".

No estaban más que banalizando la teoría del imperialismo y redibujándola según la lógica consumerista-identitaria, como si la prerrogativa del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos fuese la de crear un Estado independiente ("Black Nation") al estilo de como lo hicieron los independentistas en el tercer mundo y no, en todo caso, la de combatir el racismo nacionalista en los Estados Unidos en todas sus expresiones, blanca pero también negra, que le distanciaba tanto del resto de la clase trabajadora.

Es decir, ¿qué hicieron los nacionalistas negros que resulta tan significativo y propio de la lógica consumerista-identitaria? Simplemente denominaron "antiimperialistas" a la comunidad imaginada de afroamericanos -la nación negra- y, en buena medida gracias a la legitimidad que le concedió el mundo universitario -tanto profesores como alumnos-, lograron prolongar, todavía más, el enterramiento definitivo del foso de separación que los supremacistas blancos llevaban tanto tiempo manteniendo frente a los negros mediante atentados terroristas y asesinatos políticos.

Pero lo que había en suelo estadounidense era un movimiento negro por los derechos civiles que era sufragista -y también contrario a la segregación, por cierto- pero en absoluto antiimperialista. Tales académicos lo contaminaron desde el principio con el nacionalismo burgués para poder obviar el elemento de clase que le atravesaba, y sólo trataban de ahondar aún más la división de la clase trabajadora en la nación estadounidense, con una población negra tan significativa, entre otras "minorías".

El resultado, allí o en Sudáfrica, ya lo conocemos: la extracción de una élite minoritaria de entre los proletarios negros, y su inserción en el aparato del capital y su Estado junto con la burguesía blanca. La ideología consumerista-identitaria conduce así al enfrentamiento entre los propios trabajadores y a la movilidad ascendente, de unos sobre otros, mientras se les hace creer parte de una comunidad ficticia.

No se puede entender de otra manera a qué minoría social, intereses y emancipación representa la Comisión 8-M cuando afirma que "los puestos de mayor salario y responsabilidad están copados por hombres", algo del todo cierto. "La empresa privada, la pública, las instituciones y la política son reproductoras de la brecha de género" en la medida en que considera la brecha vertical en el contexto de la promoción en la sociedad burguesa.

La trampa de la convocatoria de "huelga laboral" de la Comisión 8-M es similar a la de la pasada convocatoria del 3 de octubre en Cataluña, y tiene mucho que ver con las significativas dudas que se han manifestado últimamente en las redes sociales acerca de su naturaleza medial. No es casualidad que el nacionalismo esté de por medio en ambos casos, como venimos viendo.

Nos topamos aquí con el recurso oportunista al legado del sindicalismo. Mientras que el objetivo de la huelga -la principal acción sindical- es la erosión de la base del poder, es decir la ganancia, la Comisión 8-M promueve una iniciativa de "huelga" como fin en sí mismo.

En su manifiesto aparecen unas pocas denuncias generalistas de las condiciones laborales de las mujeres trabajadoras, incluida la brecha salarial, pero ningún programa de reivindicaciones económicas salariales concretas que actúe a modo de condicionante de la realización y duración de la acción, algo fundamental en la huelga.

Dirán muchos oportunistas que existen demandas muy concretas en el manifiesto en cuestión, y es cierto. Lo que no dirán es que en lo salarial no lo son, y tampoco que se utilizan para segregar la huelga y el movimiento obrero. Una mentira no se subsana con una media verdad.

Nos encontramos con el mismo patrón que en el paro nacional en Cataluña del pasado 3 de octubre, que fue convocado por la democracia y la autodeterminación nacional y, en consecuencia, apenas tuvo seguimiento. El programa salarial concreto simplemente no existía.

De esta manera, la "huelga feminista" de la Comisión 8-M no puede ser feminista, porque la llamada a la segregación sexual desvela que sus convocantes no están interesados en la efectividad de aquella, suponiendo que planteasen un programa que incluyera una baliza que actuase como objetivo o meta de la huelga.

Pero como además este no es el caso, la "huelga feminista" que promueve la Comisión 8-M tampoco es una huelga, porque su manifiesto de convocatoria no incluye dicha baliza objetivo. Una huelga feminista no: lo que vende la Comisión 8-M es un paro femenino.

Por cierto, ya deberían saber ustedes que también se ha convocado o respaldado una huelga desde el sindicalismo el próximo Día Internacional de la Mujer Trabajadora, a pesar de la incertidumbre y división que han provocado los segregacionistas.

La legitimidad de los sindicatos siempre ha dependido de su servicio en tanto canalizadores de las necesidades económicas más inmediatas de los trabajadores y en tanto propiciadores de la unidad obrera. Una de las virtudes de la acción sindical ha sido la cercanía, inmediatez y legibilidad de sus demandas salariales.

Ello no significa que el sindicalismo sea suficiente, pero defender su legitimidad y necesidad pasa por asumir la defensa del trabajo y del salario -sustento de vida de la mayoría social, y de la mayoría de mujeres en particular- haciendo de la lucha algo comprensible y ajeno a las abstracciones que pretenden obstaculizarla, y también por denunciar a los que dinamitan su unidad de acción, clave en la conquista de derechos sociales beneficiosos para que aquellos que hoy lo hacen a duras penas, y los que quedan por venir, puedan aspirar a tener una vida digna. En la medida en que los sindicatos no lo hagan, los alternativos en particular, perderán toda la legitimidad que les queda.

martes, 13 de febrero de 2018

Del esencialismo y la manipulación política de las emociones

Por Arash

Tantísimas veces y en tantos lugares me parece sobradamente probado, demostrado el hecho de que la finalidad de nuestro sistema económico y social no es la consecución de ninguna exigencia de la humanidad para consigo misma ni en su propio favor y provecho, de entre ellas las de salir de nuestra ignorancia, no derrumbarse ante la apatía y, por supuesto, comer, que se encuentra en la base de todas las demás. No creo que vivamos en ninguna democracia que no sea la ficticia que impone la burguesía, que intenta que nos creamos todos soberanos, y que se manifiesta en la ideología.

Por el contrario, la finalidad de aquel es la acumulación de capital. Este último ejerce una dictadura irracional y mortífera que es ajena, por el momento, a toda voluntad humana, en términos prácticos, prescindiendo de cada vez más parlamentos, una vez reconvertida la izquierda en representante de intereses totalmente ajenos a los del proletariado. Pocos son los que asumen la responsabilidad que tienen ante lo que ocurre a su alrededor, y muchos los esbirros conscientes e inconscientes del poder que no pretenden que los explotados se apropien de él para ejercer su voluntad sobre nuestro futuro como especie, como género humano.

Sucede que el sistema económico y social ha cambiado en los últimos tiempos, siempre lo ha hecho. Pero en paralelo con el nuevo impulso de acumulación que supuso la aparición de las llamadas tecnologías de la información y la comunicación, se ha ido manifestando cada vez más en la ideología dominante lo que podría ser un anticipo del ejercicio del poder, de los sistemas políticos y parlamentarios -que no son lo mismo que aquel, aunque tengan que ver- y de la vida social en general en un futuro no necesariamente demasiado lejano.

La falsa conciencia es un recurso avanzado de la injusticia que hemos pagado bruscamente varias veces en la historia reciente, y lo es porque, si bien las prácticas que cuestionan el orden socioeconómico (nada que ver con eso que hoy se denomina anticapitalismo, puro "simbolismo" inefectivo contra el capital) pueden ser enfrentadas de forma violenta, aquellas ni siquiera llegarían a producirse con una humanidad totalmente ignorante. El propósito de la emancipación del ser humano necesita ser reasumido de nuevo, y que se haga sobre la base misma de la situación actual, sin falsos trucos para ahorrar tiempo. Entiendo que las cosas no avanzan en el sentido que debieran hacerlo según lo dicho hasta ahora, y es por esto que deseaba compartir la siguiente reflexión.

Supongan que alguien dice o escribe el adjetivo "todos" durante la realización o el desarrollo de su discurso. El sustrato material de dicho adjetivo hace que el sujeto que percibe, a través de sus sentidos, este objeto y otros presentes en su «alrededor temporal o espacial», imagine o evoque en su mente una o varias ideas determinadas. Hagan la prueba y vean todas las letras de ese adjetivo que acabo de escribir, a ver qué se les ocurre.

En la lengua castellana que aprendemos casi todos los que nacemos y crecemos en el territorio de España, está reconocido por la Real Academia Española de la lengua -de momento- uno de sus significados en particular: se trata de una forma gramaticalmente válida, según reconoce dicha institución (también otros diccionarios alternativos al de la RAE) para referirse a todos, de cualquier condición sexual, y debiera serlo también con respecto a la identidad sentida en torno a la misma, a las preferencias sexuales, o a otras cosas.

A pesar de la esquizofrenia colectiva y la tendencia generalizada a la imaginación indiscriminada y descontrolada (porque es irreferente a una realidad cuya cognoscibilidad misma, su potencialidad de ser conocida por nosotros, es puesta en cuestión con demasiado entusiasmo) de relaciones o vínculos entre ideas que alcanza hasta lo absurdo, no hace falta sentir, sin embargo, simpatía alguna por la monarquía, ni por la naturaleza burguesa del Estado y sus instituciones, ni tampoco ser un supremacista del género sexual, de la raza o de ningún otro subgénero humano para lograr comunicarnos satisfactoria y eficientemente -lo que implicó históricamente la aparición de las diferentes lenguas del mundo o, mucho más tarde, la invención de la imprenta- entre todos los que utilizamos el castellano, algo que sólo es posible entre quienes tengan tal predisposición, claro está. Con el que no quiere, no se puede discutir.

¿Es esto una mención superficial o impertinente? No, al menos en el desagradable mundo en el que vivo, en el que unos nuevos superficiales cruzados no sólo "volvieron a darle la vuelta" a la dialéctica hegeliana sino que rechazaron, sin importarles demasiado las objeciones al respecto, al clásico y vilipendiado materialismo filosófico en el conjunto de sus diversas especialidades académicas, y que tiene sus propias etiquetas discriminatorias y demás denominaciones alternativas.

La escéptica "crítica de los grandes relatos", es decir, la crítica de la ciencia y de la modernidad realizada por los académicos de hace más o menos cincuenta años, terminó dando a luz a una nueva especie de empirismo de las identidades, a la vez que a nuevas ideas "esenciales" y flotantes en buena parte del, sin lugar a dudas, creativo imaginario colectivo, si es que no ha desembocado en el mar muerto de la absoluta desidia y desistimiento con respecto a las posibilidades sociales del conocimiento y en el regreso al dogmatismo más repelente y preocupante.

En algunas ocasiones, y sin tratar de generalizar, aquella aversión no es más que la pereza intelectual, mal disfrazada de crítica, de unos viejos y "nuevos" políticos, politólogos, hazmerreíres y demás aspirantes a payasos de la izquierda y la derecha radicales, que están recuperando las peores tradiciones europeas del soberanismo y la identidad, desde el Unidos Podemos de Pablo Iglesias y la Coalición de la Izquierda Radical griega (SYRIZA) de Alexis Tsipras, hasta el Frente Nacional de Marine Le Pen (la formación con respecto a la que el propio Iñigo Errejón, podemita, admitió un vínculo en Podemos), el nuevo republicanismo conservador de Donald Trump y sus seguidores mundiales o los Griegos Independientes de Panos Kamenos (el ultraconservador a quien Tsipras invitó a la cartera ministerial de Defensa, que finalmente ocupa desde entonces), pasando por los "marchistas" -que no marxistas- franceses de la candidatura liderada por Emmanuel Macron ("¡En Marcha!") y los italianos del partido-movimiento "naranja", que concurrieron a las elecciones de aquel país en 2013, en la coalición "Revolución Civil". En todos ellos se habla de la identidad, de la soberanía, de la cultura, de la patria. Huelen todos ellos que tiran para atrás.

Estos últimos -los "naranjas" italianos- concurrieron a dichos comicios junto con los pseudocomunistas, por cierto. Será que como las ideologías son ahora "identidades" -lo único que ven los identitarios, inclusivos, exclusivos, transversales o negacionistas de la ideología- cualquiera es comunista o liberal, progresista o conservador. ¡Demasiadas veces me han preguntado «¿y tú qué eres?» en el devenir de una conversación en la que pretendían conocer mis convicciones y mis compromisos!

Les aseguro que no me preguntaban de qué equipo de futbol era, aunque así es como muchos se imaginan la ideología y actúan en el desempeño de sus relaciones sociales de afinidad, confundiendo aquellas que tratan de convertir en "empoderantes" (o como sea que denominen a sus intenciones de transformación social) con la acción y el compromiso ideológico y político a veces, incluso, pretendida y vanamente anticapitalista. Luego, estos progres hablan gratuitamente contra el enchufismo y la política de los amiguetes del PP. Ahora lo negarán como bellacos, pero los que me han preguntado «¿y tu qué eres?» o más directa y descaradamente «¿eres comunista?», sólo querían poder clasificarme en sus estándares mentales -unos que no estaban dispuestos a modificar en absoluto- para saber cómo habrían de comportarse conmigo, en base a sus ideas preconcebidas del mundo y de los demás.

El caso es que un periodista británico, John Carlin, tenía completa y justa razón cuando dijo, en un artículo publicado en El País hace unos tres años, que "la presión conformista ejercida por la policía religiosa de las redes sociales, el miedo a la crucifixión verbal que padecerá cualquiera que discrepe de la ortodoxia de la manada", y la actitud inquisitorial -fascista "lite", matiza significativamente el escritor británico- de quienes pertenecen "a una generación mimada" que "ha tenido la suerte de ir a la universidad", han tenido como consecuencia, continúa el periodista, "la aparición de una generación de adolescentes y veinteañeros psicológicamente delicados que detectan ofensas donde sus padres -y más aún los padres de los padres, que vivieron guerras- no se las hubieran imaginado".

Ya me ha tocado ver, por desgracia, a un semejante en el pellejo de tener que lidiar con esa cultura "en la que todo el mundo debe pensar dos veces antes de abrir la boca", tal y como parafrasea Carlin de ciertos académicos (véase artículo), y cuya experiencia es la que desencadenó la redacción de esta más que breve reflexión. En ocasiones -añadiría yo- el desafortunado debe intentar adivinar -quizás prestando atención a los gestos faciales- incluso si aparecerá más tiempo del "considerado" como "adecuado" por el ofendido, sorprendente "consideración", tan subjetiva y proveniente de lo más profundo del alma ardiente del inquisidor, de la que recientemente fui testigo cercano durante una exposición pública de ideas y argumentos -criticables como todos- que fue simplemente ignorada, todo ante cierta impotencia y la expresión de una más que comprensible incomodidad y molestia por parte de la víctima. El tema no va de feministas, por cierto. Estos últimos, mujeres u hombres, son víctimas en todo caso de la susodicha cultura. El tema va de considerados, para dejarlo claro.

Y es que sólo alguien prejuicioso podría percibir aquel sustrato material de la idea evocada de todos, cinco letras escritas con tinta sobre un papel vistas con los ojos de manera secuencial, u ondas mecánicas articuladas por las cuerdas vocales, propagadas en medio aéreo y percibidas con los oídos -qué mas dará si algunos/as terminan pensando con el culo y rindiéndole culto a la ignorancia- y evocar, en su lugar, una idea exclusiva de la masculinidad insinuando, en un ejemplo representativo de lo que no puede ser sino un arduo y complejísimo proceso de comunicación telepática, sutil y admirable intento de "introspección ajena" (tiene nombre: extrospección) o algún tipo de interconexión mental y psíquica que estoy expectante por conocer, que el locutor pretende referirse sólo a los varones de este planeta y, con todo ello, contribuye a favor de la desigualdad de género y es un opresor.

No sólo nos enfrentamos a los designios e insinuaciones de los aparentemente únicos prejuiciosos, señoras y señores que mantienen y ejercen su capacidad y libertad de crítica. Nos enfrentamos también a las insinuaciones y quehaceres de los prejuiciosos que pretenden cuestionar unos prejuicios (y todo lo que pillen por delante, sea cierto o no) con los suyos propios, y que ignoran el discurso del locutor al que dirigen su ira -el contexto argumental del uso del adjetivo "todos", por ejemplo- en vez de criticar sus argumentos y de juzgarlos junto con sus actos. 

El choque entre prejuicios, entre identidades de grupos y "colectivos" (qué palabra tan de moda), me recuerda mucho al comentario que realiza el actor acompañante, durante una de las tantas conversaciones de la película "Uno de los nuestros" ("GoodFellas" en versión original), del neoyorquino Ray Liotta (en su papel del mafioso estadounidense Henry Hill). Cuando aquel trata de convencer al actor que representa a Hill (Liotta) de que le acompañe a una cita con una mujer judía, le dice con cierta indignación: "No quiere salir sola con un italiano. Tiene ciertos prejuicios. ¿Puedes creerlo? ¡En los tiempos que corren! ¡No sé dónde coño vamos a parar! Es gracioso, mira que tener prejuicios, una judía... ¡y además contra los italianos!".

Los practicantes de esta nueva religión definen a sus "enemigos" sencillamente porque los sienten como personas ofensivas en sí mismas, en determinados momentos o en determinados lugares en los que no lo debieran ser en absoluto; definen a los "otros" por lo que sienten como personas cuya sola presencia y existencia "ofende" -y además, pretenden que ofenda- en determinados ámbitos en los que todo el mundo debiera tener reconocido su derecho a hablar, el ámbito académico en particular aunque no en exclusiva.

Les gusta plantear la realidad social al estilo de como incita a hacerlo la representativa máxima de «este viste de mi color así que respeto todo lo que dice», y viceversa. Y se suponía que, no ya la Universidad, sino la vida misma te enseña que las personas que forman parte de ella y las relaciones que establecen son fenómenos complejos, todo lo contrario a lo que presupone ese hooliganismo de considerados, que resulta que tiene uno de sus epicentros de propagación allí, en los claustros y en los pasillos de las facultades, como bien señalaba Carlin. 

Qué caro nos está costando, todavía, el que los filósofos, los sociólogos, los economistas, los politólogos, los psicólogos de la academia hoy dominante hayan renunciado a la centralidad del trabajo en las propuestas de cambio social, regresando a la vieja concepción de que para la consecución efectiva de este último, los centros y los tiempos de trabajo no son más que espacios ("campos") y momentos superfluos, menos que secundarios. 

Aquí dentro están, por cierto, los mismos teóricos que cuando hablan del siglo XX sólo se limitan a ver el indeseable y peligroso enfrentamiento militar y potencialmente nuclear entre dos superpotencias mundiales (a su pesar, muchos gobiernos comunistas de los llamados países socialistas, u otros más o menos relacionados, participaron activamente en el Movimiento de Países No Alienados), sin querer entender que el bloque "del este", y la Unión Soviética en concreto, era también uno de los centros de la cultura en la que más se cuestionaba el capitalismo, atacada desde todos los flancos durante su proceso de disolución por los cruzados antimaterialistas y crucificada como "economicista", en un sentido que nada tiene que ver con la crítica que realizaron los revolucionarios del economismo en la histórica corriente de la socialdemocracia, después recogida por los estudiosos del marxismo ruso y posteriormente soviético. 

Los académicos de las universidades de la URSS decían sobre el economismo que era una "corriente oportunista [que] procuraba circunscribir las tareas del movimiento obrero a la mera lucha económica (mejora de las condiciones de trabajo, elevación de salarios, etc)", cuando las facciones revolucionarias de la socialdemocracia apuntaban ya el cuestionamiento de la propiedad capitalista. Hoy este economicismo o economismo también es señalado, pero desde el puro conservadurismo anticomunista, y en una situación de desmovilización y desorganización general de los trabajadores, con sus justas excepciones.

No parece descartable que el "fascismo lite", que decía Carlin, esté valiéndose de pretensiones como las que se están mencionando. Básicamente y en resumen, podrían consistir en una generación, en base al "vulnerable estátus emocional", de nuevos consensos acerca de los significados del lenguaje y de otras expresiones de la opresión, como lo hace el nacionalista que aprovecha los fenómenos de la crisis del capital, el consecuente ahorro salarial y la tendencia a la intensificación de la explotación (reducciones salariales a la par que aumentos de la carga laboral, despidos y "falta de trabajo") para evitar a toda costa la organización de la lucha contra el capitalismo (es decir, la organización del proletariado con vistas hacia su unidad) y le da la engañosa apariencia de un conflicto étnico, internacional o racial para que las fuerzas productoras compitan, peleen y hasta se maten entre sí por patrias que la condenan y trapos que en absoluto la representan.

Recurren al estigma infundado de la sospecha, al señalamiento, a la acusación precipitada, como mostró a finales del año pasado el economista David de Ugarte [*] en referencia al feminismo (lucha por la igualdad entre las mujeres y los hombres) y a la militancia por los derechos civiles de los negros (históricamente excluidos de su reconocimiento legal) en Estados Unidos, que estaban comenzando a "entrar" en crisis, o quizás profundizando su inmersión en una que ya existía. Me refiero, en cualquier caso, a la época del Sesenta y Ocho, en mayúsculas, y a las críticas del feminismo y del movimiento por los derechos civiles entonces hegemónicas, que no a las brutales, desafiantes y combativas luchas obreras que sacudieron Europa y a las que tantas veces se enfrentaron los "radicales" y falsos revolucionarios en sus contramanifestaciones. 

En palabras del economista, "la vieja feminista era de repente sospechosa si no utilizaba el «los/las» contínuamente", y los militantes negros por la igualdad entre ellos y los blancos, fueron resignificados, por los prejuiciosos en cuestión y los practicantes de la "cultura de la adhesión", como parte de una "comunidad imaginada de la raza", separando artificiosamente sus propósitos por el reconocimiento de la igualdad ante la ley de los negros y los blancos en un país en el que hasta hace bien poco no lo eran, del de los militantes blancos que también estaban comprometidos con los derechos civiles.

Me parece importante insistir, finalmente, en que no debemos confundir esta cultura autoritaria y esta práxis de resignificación de la realidad, con las luchas contra la opresión del ser humano por el ser humano, lo que nunca debió dejar de significar en ninguna medida ni el feminismo ni el movimiento por los derechos civiles.

La ideología conservadora lleva mutando un tiempo hacia formas que debieran ser más descaradas ante los demás, y haber sido reconocidas como tal. Las formas ideológicas que contribuyen a preservar y legitimar el orden social y que entendemos como liberales, están comenzando a llegar a su fin. 

En el fondo, esto no es más que parte de la radicalización de tales presupuestos liberales en su característico color postmoderno (he ahí la obsesión casi enfermiza de estos últimos con el concepto de la representación y su cuestionamiento de la democracia), porque el liberalismo ha sido la ideología mayoritaria entre las filas de la burguesía durante el pasado ciclo de expansión económica (1945-1975), y la crisis ha estado centrifugando hacia la desposesión y el proletariado (o bien amenazando y amagando con hacerlo) a sectores cada vez más importantes de aquella, convirtiendo el fascismo en la tendencia de futuro

Si bien la liberalización de la izquierda ya comenzó con la renuncia del programa revolucionario (aceptación de la democracia burguesa y caída en el reformismo sistémico) y la reconversión de la vieja socialdemocracia de marxista a keynesiana, hoy ha terminado sustituyendo completamente y de manera irreversible lo que quedaba de su programa de reformas sociales por las inútiles y engañabobos demandas "democráticas" de la pequeña burguesía.

Todo ello en beneficio de un comunitarismo que cada vez le deja menos margen a nuestra capacidad de pensar, insulta la inteligencia y niega el conocimiento como aspiración social deseable, meta que sólo cada uno de nosotros podemos asumir como uno de nuestros objetivos vitales.

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NOTA:

[*]: El vínculo señalado para la lectura de la reflexión de David de Ugarte durante la exposición de este artículo, no redirige hacia su web personal (aquí dicha reflexión en su web original, en el blog de Las Indias), sino al blog de Marat, quien la reprodujo en su propio espacio, y a la que incorporó su propia nota editorial, que he considerado conveniente divulgad adicionalmente.

martes, 12 de diciembre de 2017

La dependencia emocional en una sociedad enferma

Gran Vía de Madrid. Acogedora...
Yo llevo varios meses que no soy capaz de pisarla

Por Arash

Si uno navega y busca en la red sobre algunos de los problemas que caracterizan a la sociedad capitalista desarrollada, en concreto la ansiedad y la depresión, en seguida se encuentra con todo un catálogo de ofertas psicoterapéuticas. Lo realmente interesante es que en toda esa publicidad comercial abunda la literatura alusiva a la dependencia emocional o afectiva.

Sugerente, como mínimo, el empleo de una expresión a la que se recurre para discriminar o discernir, directamente o de manera derivada, a quienes sufren aquellos problemas de quienes no los sufren tanto, pero que, por sí sola, lejos de contribuir a la clarificación y la comprensión de aquellos fenómenos reales, equivale a no decir absolutamente nada de particular sobre aquellos individuos y sus padecimientos, en tanto que evoca de inmediato lo que no es sino la ficción del valor opuesto. Este valor evocado debiera ser obvio como tal -opuesto al que titula esta entrada, e irreal- para cualquiera que trate de elaborar un relato propio sobre aquello que sucede a su alrededor, se haga preguntas que vayan más allá de lo aparente y, por supuesto, no desconozca nuestra relación con la naturaleza ni el hecho de que nosotros mismos somos una parte constitutiva de ella.

Ese inexistente prototipo de persona que algunos presuponen, el "independiente emocional", no existe ni puede existir en la realidad. El presupuesto "independiente emocional" sólo es un dependiente emocional como cualquier otro, con la notable e importante particularidad de que tiene cubiertas sus necesidades emocionales en el momento en el que se le atribuye tal condición.

Es justamente esta última posibilidad, la relativa cobertura de la necesidad, lo que permite obviar o ignorar la dependencia que se manifiesta precisamente en una situación de insatisfacción de la misma, exactamente como ocurre con las necesidades de supervivencia y satisfacción del hambre y la dependencia de bienes y de servicios fundamentales para la vida (ocultación de la desigualdad social, en su sentido usual), a las que los propios teóricos en cuestión no dudan en asemejar la dependencia emocional como algo igualmente patológico, como una enfermedad natural en la que la especie humana, en particular los más asfixiados y apabullados, son tratados como seres demasiado exigentes con lo que les corresponde, "voraces", sospechados como manipuladores en el peor sentido, excesivos en sus demandas, e incluso con intenciones totalitarias, lo mismo en su demanda del pan que de las rosas.

El individualismo inoculado y asimilado como consecuencia de la implantación del liberalismo está muy presente en esto que se dice: lo público o social como equivalente de una forma de imposición despótica que impide el desarrollo personal de los individuos (sic), lo mismo en la empatía que en la planificación de la producción de acuerdo a los requerimientos humanos.

Estos teóricos y adeptos que se sirven de la posibilidad de engañar(se) con el imposible prototipo teórico de persona "emocionalmente independiente", pretenden y esperan, con cierto éxito, que los dependientes emocionales que no tienen tales necesidades satisfechas en un determinado momento, se asemejen a aquel cuando consigan progresar en su satisfacción emocional. Con ello, lo único que consiguen es promocionar la apatía y constituir una base teórica de legitimidad para la insolidaridad y el egoísmo con el otro, con el correspondiente y gratificante ahorro y descargo de conciencia que ello supone.

Los dependientes emocionales que no tienen satisfechas tales necesidades en un determinado momento, se encuentran en un estado especial de efervescencia emocional que es vuelto por la sociedad enferma en su contra, y que resulta obligatoriamente del sometimiento a cualquier necesidad insatisfecha.

Los teóricos de la "independencia emocional" y sus adeptos presentan y perciben al insatisfecho y al desposeído como "el inestable" y "el enfermo". Casi al instante, la insatisfacción emocional deja de ser un problema social, consecuencia del aislamiento con respecto a los demás, resultante del autoconvencimiento de una locura externamente atribuida y de la profunda, dolorosa e invasiva sensación desoladora y brutal de completa soledad, para comenzar a ser -a juicio de estos- un problema de responsabilidad exclusivamente individual, un padecimiento endémico, una herencia inevitable de la especie, familia o sangre, innegablemente genética.

Tener 24 años y padecer alguno de aquellos problemas, sentir la agotadora (y a veces brusca) alternancia entre el bienestar y el malestar, el esfuerzo permanente por resolver las contradicciones personales, las interpersonales, y por combatir la durísima pérdida ocasional de la perspectiva completa de los ciclos por los que se camina a lo largo de la vida, deja de ser una lucha encarnizada más de un joven con inagotables aspiraciones vitales que, frente a unas u otras circunstancias, consigue que su felicidad aflore entre los claros de una atmósfera plomiza, y pasa a ser algo completamente distinto: la expresión de una persona potencialmente hostil, débil pero agresiva, sobre la que marcar, como a una res con un fierro, la condena de la infundada sospecha eterna y la justificación de la egolatría de los defectos sociales.

Al individuo valiente y persistente en sus propósitos, constante en sus intenciones y decisiones, inteligente, adulto consciente de la certeza de su muerte futura y de su finitud en la vida, se le dibuja desde aquella teoría como un cobarde que debe odiarse y avergonzarse de sus deseos de sociabilidad ante sus congéneres, como un temeroso, mientras a aquel para el que hasta las condiciones sociales de su vida misma le pasan desapercibidas, se le convierte en un virtuoso.

La fortaleza de contar con los demás es falsamente presentada como un signo de debilidad. Incluso la solidaridad es tildada obscenamente, de la manera más repugnante, como una forma de opresión, de coartar la libertad del semejante.

Así mismo, el ignorar a alguien que está en apuros y que llama con desesperación a la puerta ruidosamente con sus manos o, ya desgastado, lo hace con su sincero y mortífero silencio, deja de ser una enfermedad de magnitudes épicas y catastróficas; deja de ser uno de lo principales males sociales y una de las principales causas del suicidio en España, Europa y todo el mundo desarrollado, porque el "problema" y la "enfermedad" pasan a ser el ignorado y el diferente, en vez de la ignorancia y la indiferencia.

Esta teoría de la "independencia emocional" logra, si es que podemos considerar un logro tal "valor", que el "enfermo" que se mira en su espejo se reconozca como tal. Cualquier individuo que consiga mantener una mínimamente saludable condición psíquica, cree enloquecer y caer en la desesperación por momentos cuando, ante la apatía colectiva y generalizada, se encuentra con esta "solidaria" oferta en la red, en las librerías, a su alrededor en la opinión pública y en el sentido común, sobre la que la víctima se convence y trata de recrearse en la idea autodestructiva de que es una pieza defectuosa -tal y como la presentan los teóricos en cuestión, que no le dejan otra opción en su profesión- mientras a uno tratan de embadurnarle la cabeza con sencillas frases autorreferenciales y egocéntricas que dictaminan lo que se tiene que pensar sobre uno mismo y lo que no, como pequeños recitales de una clase de religión que pretenden instalarse en el subconsciente en base a la repetición automática e irracional.

La respuesta que la sociedad enferma da a su propia consumición en la insolidaridad, es la aceptación colectiva de los libros y artículos en los que se hace proselitismo de la autoayuda. La verdadera psicología, aquella que realmente contribuye a aportar los medios para la erradicación de las enfermedades y males sociales contemporáneos, es sustituida por la psicología contra lo sintomático. La necesidad emocional de todos se convierte en una especie más de mercado, y la esperada empatía voluntaria del otro, deseada y hasta ansiada, es sustituida por la psicoterapia de pago.

La solución de la ansiedad, la depresión o cualquier otra de las afecciones vinculadas al desarraigo con los demás pasa por asumir la responsabilidad que tenemos, por desechar la versión individualista de nuestra existencia, por erradicar la indiferencia con respecto a quien se sabe que está sufriendo, por hacer nuestros los problemas afectivos de los otros junto con los propios y personales. Poder y querer hacerlo es una señal de buena salud mental. O eso, o engañarnos pensando que no tenemos nada que ver.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Revolución democrática, imperialismo e independencia

Por Arash

Es de sobra conocido que este planeta nos proporciona lo suficiente para que todos podamos vivir en paz, y que muchos de los graves problemas mundiales a los que nos enfrentamos como especie hunden sus cimientos en una errada forma de organización del conjunto de la sociedad.

También lo es que el avanzado recurso tecnológico para su transformación, no explica en sí mismo tales "retos" a superar, sino que lo hace el uso humano de dicho recurso tecnológico. La propiedad y los derechos de gestión del capital son ante todo privados, y el resto de la humanidad sólo conocemos indirectamente lo que "permea" de los beneficios que genera y que no poseemos, mientras pagamos diariamente sus peores consecuencias, en ocasiones incluso con decenas de millones de vidas humanas.

El estudio de las relaciones internacionales no puede ignorar ninguna de las dos premisas anteriores. En lo que concierne, en particular, al conflicto abierto por los catalanistas, es bastante preocupante cómo últimamente se lee y se escucha, en los ámbitos de la izquierda nacionalista, la paráfrasis de algunos teóricos y revolucionarios que lucharon contra el imperialismo, con el fin de argumentar la defensa de la tan aludida independencia de Cataluña.

Así mismo, todos los principales actores del conflicto catalán, alineados con los catalanistas o los españolistas, están jugando gratuitamente con el deseo de autodeterminación nacional y el "derecho a decidir" de los catalanes, sobre todo de los que no deciden nada de nada ni lo harían más que sobre su hambre tras la creación de una hipotética e improbable República independiente con efectos reales, justo como lleva sucediendo y sucede ahora que no existe dicha República.

En el último artículo que hice público, traté de explicar cómo el origen de algunos de los fenómenos sociales europeos del último decenio aparentemente dispares -en efecto tienen su diferencias- tales como el quincemayismo español o el independentismo catalán, responden a la crisis de amplios sectores de la clase media que perciben cómo su posición en la estructura de clase y su influencia en la sociedad burguesa -su soberanía- está amenazada.

Ambos ejemplos de movilizaciones parten del supuesto según el cual las actuales democracias parlamentarias son una vía efectiva para el ejercicio de la soberanía de las amplias mayorías. Nunca lo han sido para la clase trabajadora, aunque así es como se la venden los viejos y los nuevos partidos de la clase media.

La realidad es que para aquella clase, la trabajadora, las democracias parlamentarias europeas fueron únicamente una posibilidad para la representación política de sus luchas, lo que no suponía poco contra el silencio y la censura que se vierte hoy sobre la lucha de clases y la realidad de los explotados.

No obstante, eso ya es historia en la mayoría de Europa, tras la renuncia de la izquierda a lo que ya era un escaso programa de reformas políticas. Es tan sólo cuestión de tiempo, a mi parecer, que los partidos de izquierda terminen donde acabó la Internacional Socialista, la heredera de aquella que sostuvo la posición belicista en la "gran" guerra patriótica de 1914, renunciando completamente a los compromisos más elementales que un partido que se dice o presupone obrero debiera de tener con la clase.

En esta ocasión pretendo explicar cuándo y en qué situaciones pienso yo que los procesos independentistas deberían atraer y despertar nuestra simpatía, y cuándo y en qué ocasiones no debe hacerlo en absoluto.

En boca de algún académico de la disciplina de las relaciones internacionales he llegado a escuchar que la defensa de los derechos laborales por encima de los derechos humanos -estos últimos son la bandera que enarbolan la mayoría de quienes se especializan en ese ámbito- es inmoral o debiera hacernos echar las manos a la cabeza, porque claro, los trabajadores son seres humanos antes que trabajadores, algo que no es del todo cierto, según se mire.

Un bonito argumento de partida, pero resulta que el trabajo -la mejor definición de la naturaleza humana- enajena de sí mismo al ser humano cuando objetiva los deseos del patrón y el explotador y no los de aquellos que lo realizan. Tampoco son humanas la mayoría de las condiciones de trabajo y, por lo tanto, de vida, de la población mundial.

Mucho me temo que aquella "inmoralidad" sólo se trataba de una argumentación paralela al alejamiento que practicó la vieja socialdemocracia -con la que aquel académico que les mencionaba vagamente estaba vinculado- con respecto al mundo del trabajo y del socialismo, para convertirse en un nuevo tipo de administración del capitalismo y adentrarse en esa especie de terreno ideológico del humanismo vacío.

Lo cierto es que, más allá de que se hayan cometido muchos crímenes contra la humanidad en nombre de los derechos humanos, el trabajo sigue y seguirá siendo uno de los factores determinantes que expliquen cómo unos viven en la ociosidad mientras otros lo pagan con sus carencias, porque su acumulación en la forma del capital -el otro de los factores- al que Marx dedicase su vida a analizar, junto con su socio comunista, Friedrich Engels, así como el enrriquecimiento de sus propietarios, se hace a costa del trabajo que otros seres humanos, la inmensa mayoría, que viven en la miseria material se ven obligados a realizarles vendiéndose a sí mismos como individuos y perdiéndolo todo.

Es entonces cuando los derechos de los seres humanos se ven negados porque ni siquiera estos tienen algo que llevarse a la boca, y ello como resultado de la explotación del trabajo asalariado. Y esa lucha de clases y las relaciones sociales que antes o después se derivan de ella, vertebran de lleno las relaciones internacionales.

Duele de verdad que estas cuestiones hayan sido dejadas en la sombra del conflicto soberanista, y más aún que los pequeños burgueses pseudorrevolucionarios insinúen o comparen gratuitamente, siquiera de forma involuntaria, la situación de Cataluña con la de una nación explotada del tercer mundo, y la secesión de Cataluña con los procesos de independencia llevados a cabo contra el imperio.

En este sentido, el desarrollo más importante del análisis de las relaciones internacionales lo realizó Lenin, quien estudió la avanzada coyuntura del capitalismo en su fase superior, el imperialismo. La teoría del imperialismo explica detalladamente cómo el desarrollo del capital llega incluso a someter a las naciones explotadas.


Sobre nacionalistas y demócratas cortos de miras

El desarrollo extensivo implica la reproducción de las relaciones laborales, es decir, posibilita la creación de nuevas relaciones de producción y una tendencia creciente de empleo de la fuerza de trabajo. Por este motivo, aquel puede compensar, provisionalmente, las tendencias opuestas del desarrollo intensivo (innovación): reducción del salario en formas tales como los despidos de plantilla, reducciones directas de sueldo, especialización y división del trabajo, descualificación de la fuerza de trabajo, temporalización y parcialización del tiempo de trabajo, etc.

Pero incluso los propios economistas defensores del capitalismo se ven obligados a partir, en sus quehaceres profesionales, de una base empírica que intentan justificar teóricamente bajo el paraguas ideológico del liberalismo: lo que ellos llaman el "desajuste" entre la oferta y la demanda de mercancías, que se produce periódicamente en la economía mundial, con graves consecuencias para la vida en el planeta.

Este fenómeno se corresponde con las crisis periódicas o cíclicas que Marx estudió y denominó en su día como crisis de superproducción de mercancías: la producción, actividad lucrativa para la burguesía capitalista explotadora, pone en las estanterías muchos más productos de los que las amplias mayorías sociales -el proletariado- pueden consumir.

No es que sus necesidades básicas hayan desaparecido, evidentemente, sino que no pueden satisfacerlas como consecuencia de las incapacidades adquisitivas que resultan de las bajas rentas salariales, siendo esta la situación que afecta especialmente a las naciones subdesarrolladas como consecuencia de la (sobre)explotación de la fuerza de trabajo barata del tercer mundo, por parte de la burguesía imperialista.

En este sentido, cabe mencionar que Cataluña cuenta con sus propios explotadores nacionales de trabajadores, de los cuales una buena cuota de estos últimos son trabajadores que provienen de otras partes del territorio del Estado.

Las primeras manifestaciones históricas del desarrollo extensivo del capital no traspasaban las fronteras de las naciones en las que cada burguesía desempeñaba la actividad económica que le es propia. Los aranceles fronterizos establecidos por los Estados (mercantilismo) eran los principales impedimentos para la expansión comercial de la burguesía fuera de sus respectivas fronteras nacionales.

La expansión comercial por encima de las fronteras nacionales (libre comercio y surgimiento de un mercado libre internacional) fue una conquista burguesa para cuya ejecución y defensa, como con tantas otras, aquella hubo de prepararse, anticiparse y dotarse de un programa político, que es el que llevaron a cabo en buena medida durante las revoluciones democráticas.

Al referirnos a las consecuencias y los efectos de estas últimas, lo estamos haciendo también al marco político a través del que transcurren los procesos estructurales de transformación social. Estas últimas revoluciones consistían en el establecimiento de regímenes institucionales y de gobierno regulados por un ordenamiento jurídico.

Tales revoluciones no estaban subordinadas únicamente a la consecución del objetivo del comercio internacional libre de restricciones. De hecho, la centenaria revolución socialista de octubre de 1917 y la culminación de la revolución en Rusia y en los antiguos territorios imperiales, no fue posible sin su febrero. Pero aquel último, el libre comercio, puede tomarse como referencia con el fin de explicar el trasfondo de las revoluciones democráticas.

Antes, durante y después de estas revoluciones, la burguesía ejerce sus libertades como clase. El hecho característico y central de las revoluciones democrático-burguesas no era el ejercicio de la libertad burguesa, sino la imposición de la misma en la forma de leyes (derechos positivos). Así, la burguesía plasmaba la legitimidad para ejercer su libertad a través de un ordenamiento jurídico propio.

Esto es lo que hicieron los nacionalistas franceses en el final del reinado de Luís XVI, antes de que sus vertientes radicales lo decapitaran en 1793 en la entonces llamada Plaza de la Revolución, en París, durante el Terror jacobino. Dos años antes de su ejecución, Luis XVI había jurado la Constitución elaborada por la Asamblea Nacional Constituyente, que limitaba las competencias del rey y regulaba jurídicamente los derechos civiles y obligaciones de aquellos que poseían la nacionalidad francesa. Entre esos derechos positivos se encontraba la soberanía nacional.

Salvando las enormes distancias, a esto se resume la manera en que los nacionalistas han entendido la autodeterminación, algo plenamente aplicable al catalanismo. Los nacionalistas que protagonizaron los procesos de independencia coloniales también partían de ese planteamiento, si bien en tales casos la conclusión de estos últimos significaba un golpe contra el imperialismo. No es este el caso del "Procés" ni de la independencia de Cataluña. Cada generación es hija de su historia, pero las terribles y devastadoras experiencias bélicas del continente en 1914 y 1936/39 debieran haber hecho de todo nacionalismo un mal recuerdo del pasado.

Esa legitimidad de la libertad burguesa se expresaba en la legislación de unos derechos civiles que el mismo ordenamiento reconocía como extensibles y efectivos en el total de los ciudadanos de cada una de las naciones en las que triunfaban las revoluciones democráticas.

La potencialidad práctica de contar con un sistema institucional y jurídico que asuma los derechos civiles y que reconozca, de esa manera, las libertades de las mayorías es evidente, pues este plasma un marco para el desempeño político del proletariado explotado y potencialmente revolucionario. Pero resulta que tal reconocimiento jurídico tiene diferentes implicaciones reales según el grado de desarrollo capitalista de cada nación, y según la composición de clase que resulta de ello.

La burguesía tuvo, durante los períodos nacionales de transición hacia el capitalismo y, en particular, durante el transcurso de las revoluciones democráticas asociadas, importantes lazos en común con el proletariado rural y el naciente proletariado urbano: propietarios de pequeñas tierras autocultivadas, labradas de forma autónoma e incluso ocasionalmente con el recurso tecnológico, campesinos liberados de la servidumbre, maestros de los gremios, artesanos y otros obreros que aún no habían sido expropiados de sus herramientas de trabajo son sólo algunos ejemplos representativos y generales de la composición de clase característica del subdesarrollo del capital.

De lo que trataba (y trata) la burguesía era precisamente de liberarse de tales vínculos económicos con el trabajo y de su atadura social con el proletariado de las ciudades y del campo. Y eso es lo que significó y significa el progreso de la burguesía más poderosa en el mercado. El desarrollo del capital permitió la prosperidad y el surgimiento de una burguesía emancipada del trabajo, a la vez que el surgimiento de un proletariado moderno, asalariado, que complementa la ociosidad de aquella, y para el que quedan las sobras del régimen productivo. Esta es una de las características de una nación desarrollada: la existencia de una burguesía y de un proletariado asalariado bien diferenciados y enfrentados en la lucha de clases.

En las naciones desarrolladas la burguesía cuenta entre sus filas, pues, con amplias capas que han roto la práctica mayoría de sus lazos con el proletariado asalariado, y forma en su conjunto una clase diferente de este último, porque el trabajo del que aspira a emanciparse y se emancipa aquella es el que amenaza con esclavizar y esclaviza a este último; porque la división del trabajo que lo hace eficiente para el provecho de aquella es la que convierte el trabajo en infinitesimal y reduce la remuneración de este último.

Lo que ocurre entonces con los regímenes institucionales y jurídicos civiles que se establecen durante el desarrollo capitalista y tras las revoluciones democráticas, es que se convierten, una vez la burguesía está liberada del trabajo y separada del proletariado, en una inercia institucional y jurídica: una conquista que le pertenece al proletariado y que, en todo caso, debería aprovechar al máximo para ejercer sus libertades.

Sin embargo, en cualquier nación desarrollada, la burguesía nacional no está interesada en la defensa de los derechos civiles si no es como una mera formalidad y apariencia, porque no lo está en absoluto en la defensa de las libertades de la moderna mayoría social a la que condena al trabajo asalariado. Esto nos debería resultar igual de familiar tanto en España como en Cataluña.

La primera manera que tiene de terminar con las libertades del proletariado es, en primer lugar, subyugándolo cada vez más, tratando de ahogarle en la pobreza mediante la intensificación de su explotación y, en segundo lugar, vaciar poco a poco de contenido (también podría suprimirlos directamente) los derechos positivos que reconocen tales legislaciones.

Los nacionalistas catalanes han estado agrediendo constantemente, desde las instituciones autonómicas, las libertades y los derechos de los trabajadores exactamente igual que lo han estado haciendo al otro lado de la "frontera patria", tanto en lo que se refiere a la seguridad social (paro, jubilaciones) como en lo que respecta a la persecución y represión de trabajadores, a la dispersión violenta de manifestantes practicada por los Mossos d'Esquadra, o a la aplicación del Código Penal contra los militantes y sindicalistas que ejercen su derecho a la huelga.

La razón de ser de estos regímenes institucionales y jurídicos era consustancial al desempeño político de la burguesía revolucionaria en su propósito de emancipación del trabajo y de las amplias mayorías laboriosas a las que aún estaba ligada, y que participaron junto con aquella en los devenires de las revoluciones democráticas, pero a la burguesía post-revolucionaria ya no le interesa que el mayoritario y moderno proletariado asalariado ejerza hoy sus libertades políticas, y menos aún que lo haga al amparo de la ley. Ello tiene que ver con la crisis de las democracias parlamentarias que se está comenzando a vivir en todas las naciones europeas, en mayor o menor medida.

Para entendernos, la culminación del progreso burgués pone fin a sus necesidades de tolerar el ejercicio público de las libertades. Menos aún cuando el capital entra en crisis.


La independencia nacional cuando no hay opresión imperialista

El superdesarrollo del capital y la prosperidad de la burguesía de unas naciones -las naciones "centrales" del capitalismo- llega a suponer, en la fase imperialista, el sometimiento de naciones enteras a costa del subdesarrollo. Se trata de un desequilibrio internacional en el desarrollo capitalista. Del mismo modo que la burguesía puede excluir y excluye a sus competidores nacionales, también puede hacer lo propio, y lo hace, con sus competidores internacionales.

Durante el siglo XX, las revoluciones democráticas se expresaron en las naciones subdesarrolladas del planeta en la forma de los procesos de independencia. Debido al subdesarrollo en estas últimas naciones, la burguesía de las mismas que impulsaban tales revoluciones estaban vinculadas con el trabajo y con un amplio proletariado rural y urbano, al que la burguesía imperialista sobreexplota en relación a la explotación del trabajo en las naciones centrales. La burguesía imperialista imponía el subdesarrollo en las naciones sobre las que extiende su dominio comercial a través de los diferentes regímenes administrativos y económicos que ha conocido el imperialismo, limitando la inversión local y evitando así el surgimiento de nuevos competidores en el mercado internacional.

Esta es una de las características de las naciones explotadas: la burguesía de las naciones desarrolladas impone el subdesarrollo limitando la inversión en capital de la burguesía local, inmadura y muy vinculada orgánicamente con el trabajo y el proletariado.

Esta no es, ni de lejos, la situación de Cataluña con respecto a España. El capital catalán ha sido una de las principales inversiones de la burguesía española a través del Estado. Cataluña es una de las Comunidades Autónomas más desarrolladas de todo el territorio, y por esa misma razón los nacionalistas catalanes han estado amenazando con la secesión: la independencia institucional y jurídica de la Generalidad con respecto al Estado.

Pero unas instituciones y leyes independientes sólo podrían ofrecer derechos positivos, idénticos, diferentes o incluso más amplios, pero por seguro vacíos cada vez más de implicaciones y libertades reales para el proletariado que vive y/o trabaja en Cataluña, como ya está sucediendo.

Además de traducirse en la continuación de la regresión del sistema redistributivo de las rentas eliminando la posibilidad de que el proletariado del resto de España tenga acceso a las contribuciones de la burguesía madura y rica de Cataluña, la independencia responde también a la supresión de las limitaciones y regulaciones fiscales, jurídicas e institucionales en lo que se refiere a la ejecución de tratados comerciales internacionales, que en el caso de una improbable independencia efectiva serían llevados a cabo por el empresariado catalán con un estátus "nacional", al mismo nivel que las demás naciones europeas.

Todo esto al precio de llenar las calles de algunos de los sectores más reaccionarios de la sociedad española y catalana, enfrentados por cuestiones nacionales que ensombrecen la realidad social en uno y otro lugar, agitando las banderas identitarias y las emociones colectivas, y despertando la simpatía de todo el nacionalismo y la extrema derecha europea.

Las bases sociales del nacionalismo catalán, representadas por los demócratas, los republicanos y los radicales catalanistas (PDeCAT, ERC y CUP, respectivamente) o no lo desean bajo ningún concepto, o no están dispuestas a hacer nada efectivo por la salida de Cataluña con respecto a la Unión Europea, porque estas no dirigen su indignación contra las agresiones laborales y los recortes sociales que practican sistemáticamente sus gobiernos nacionales.

Nadie se engañe con la CUP y se ponga a divagar en vano sobre su trayectoria, ahora que la Unión Europea no ha reconocido finalmente la proclamada independencia de Cataluña. El seguidismo que lleva haciendo, durante todo el Procés, de la gran burguesía catalana y sus partidos, es suficiente para comprender cuáles son sus prioridades.

En el Parlament han prestado sus diputados a una causa para la que las condiciones de trabajo no son en absoluto un condicionante, y el día 1 del pasado mes de octubre participaron como fuerza de choque en la defensa de aquel y del Govern, cuando lo responsable hubiera sido no haber incitado siquiera a los catalanes a movilizarse por un referéndum y un proceso de secesión que muy previsiblemente iba a terminar con la durísima represión por parte del los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado.

La potencial represión de un proyecto no debe eximir del hecho de tratar de llevarlo a cabo, excepto si este es una farsa que, en el mejor de los casos, no será de utilidad alguna para los explotados ni revertirá ni una sola de las penurias que sufre y podrá padecer en un futuro, si no se organizan.

La democracia de base no es municipalismo ni referéndums, sino que pasa por el ejercicio de la autogestión obrera de los centros de trabajo, y la autodeterminación nacional vendrá de la mano de la construcción de la sociedad socialista, algo que queda totalmente fuera de las intenciones de la CUP.

Defender un programa de este tipo pasaría por faltar al respeto a los nacionalistas, pero por ahora son ellos los que faltan al respeto.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Soberanía y radicalización de las clases medias en Cataluña

Imagen tomada de la cuenta de
Twitter "@Amor_y_rabia"
Por Arash

A partir de 2011 en Europa, adquieren especial relevancia una serie de movimientos soberanistas que expresan la movilización generalizada de las clases medias.

Así se manifestaron a lo largo del último decenio movimientos de este tipo en países como Grecia, Ucrania, Italia, Francia o España, con diferentes escenarios resultantes y consecuencias distintas en cada país.

Evidentemente, no todos los movimientos sociales ocurridos desde entonces son homologables a los movimientos soberanistas en cuestión. El movimiento obrero y de clase también se ha manifestado en varias ocasiones en Europa a lo largo de los últimos años, en paralelo con aquellos aunque con objetivos políticos muy distintos.

Las frecuentes movilizaciones sindicales en Francia o en Grecia constituyen los mejores ejemplos de movimientos realmente liderados por la clase trabajadora. Ello les ha costado incluso hasta enfrentamientos físicos y violentos con algunos de aquellos movimientos soberanistas y sus fuerzas de choque, habiendo tenido que tratar de forma tan amable con toda condición de reventadores de manifestaciones y agentes provocadores, y siendo esos países en donde mayor respuesta proletaria ha habido contra la crisis capitalista.

Aunque sí que es cierto que los movimientos soberanistas han llamado la atención de los políticos, los académicos, los medios de comunicación y otros sectores de poder. El auge de estos movimientos se produce después de que terminase de estallar la crisis del capital en 2008, tras dos o tres años de maduración en los que aquellas clases han venido radicalizando su manera de entender y tratar de poner en práctica el viejo liberalismo burgués en materias y conceptos tales como la democracia, el poder y la representación. El soberanismo catalanista no es una excepción, en este sentido.

Así, como referente cercano de todo lo anterior (y a modo de profecía autocumplida) se jaleó y predicó en las plazas de muchas localidades españolas y catalanas la indiferencia con respecto a la izquierda y a la derecha parlamentaria ("no nos representan"), en un momento en el que aquella primera contaba, a pesar de su ideológica enfermedad endémica, con algún partido reformista medianamente implantado entre las clases trabajadoras y asalariadas del conjunto del territorio del Estado.

Eso ya es historia, y no se trata de repetirla. Pero merece mención, pues al sentimiento de repulsión hacia los partidos le subyacía entonces una carga ideológica propia de una burguesía liberal radicalizada tras su crisis, además de que no le era ajena cierto componente autoritario y corporativista.

Aunque eclosionara hace pocos años, el argumento se había ido cociendo desde hacía ya cinco o seis décadas, y consistía en que los partidos estaban perdiendo su capacidad de servir de canal o hilo conductor entre la voluntad del pueblo, de un lado, y las instituciones del Estado, de otro.

De esta manera, presentándonos un concepto meramente electoralista de la soberanía reconvertida en el fetiche banal del voto, los recientes movimientos soberanistas nos venden, a través de un cansino discurso de la representación que se asienta en la pérdida de influencia social de las clases medias, las reformas electorales como vía de acceso al poder de la clase trabajadora y de otros sectores populares empobrecidos, obviando la crisis que viven las democracias parlamentarias de toda Europa, valiéndose del aumento exponencial de las tertulias y demás "reality shows" sobre actualidad política como espacios de creciente capacidad de legitimación de las políticas de la clase dominante ante la opinión pública, e ignorando la producción de mercancías como terreno decisivo de la lucha de clases y del ejercicio del poder.

En más de una ocasión, se ha teorizado desde el marxismo sobre lo que puede llegar a suponer la radicalización ideológica y política de las clases medias de no existir una organización de la clase trabajadora lo suficientemente poderosa como para poder canalizar la crisis del capital y redirigir los acontecimientos sociales en un sentido revolucionario. Recurriendo a la historia europea, no es raro encontrarse con el crecimiento progresivo de alas radicales en el interior de los partidos de la burguesía liberal que terminaron convergiendo con el fascismo, durante la depresión asociada al "crack" de 1929.

Esto ocurrió en 1924, por citar un ejemplo, cuando los liberales, una de las principales fuerzas parlamentarias en Italia, convergieron con los fascistas para aprobar juntos, en contra de los socialistas y los comunistas, la contrarreforma electoral que le permitiría a Benito Mussolini alzarse como el "Duce" y terminar por la fuerza con el movimiento obrero soviético y revolucionario en el norte industrial de Italia.

El movimiento catalanista está liderado por la burguesía nacionalista y sus representantes ante las instituciones españolas y catalanas, entre ellos los pertenecientes al Partido Demócrata Europeo Catalán (PDeCAT) y al eurogrupo de la Alianza de los Liberales y Demócratas por Europa (grupo ALDE), y aquel movimiento ha recibido muestras de simpatía por varios de los líderes de partidos que ya entran en el campo de la extrema derecha y que recogen y canalizan buena parte del soberanismo de las clases medias en otros países de Europa.

Es el caso de Heinz-Christian Strache, dirigente del Partido por la Libertad de Austria (FPÖ), miembro del antiguo eurogrupo de la "Identidad, Tradición y Soberanía", por el que pasaron (para que se hagan una idea de la naturaleza de este contacto y de estas muestras de simpatía entre derechas nacionales) desde integrantes de la familia Le Pen, hasta una nieta de Benito Mussolini, la cantante, modelo y actriz Alessandra Mussolini, antigua senadora y diputada en la Italia postfascista hoy eurodiputada por la extrema derecha. Heinz-Christian Strache se mostró partidario del referéndum en Cataluña.

También es el caso de Nigel Farage, quien fuera exdirigente del Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP), miembro del eurogrupo de la "Europa de la Libertad y la Democracia Directa", otra alianza de la extrema derecha en la que comparte membresía con el UKIP el movimiento neofascista y antipartidos de indignación de clase media de las "5 Estrellas", liderado por Beppe Grillo, que un día acampaba a sus anchas en las capitales italianas pocos meses después de que esto sucediera en las plazas españolas. Farage se solidarizaba con las víctimas causadas por la represión violenta del Estado español en Cataluña.

Espero sinceramente que nadie se engañe con los "solidarios" propósitos sociopolíticos de gentuza tan despreciable como esta y qué es lo que realmente significa que la extrema derecha soberanista europea haya tenido este gesto con el soberanismo catalán, aunque igual soy demasiado optimista. Este último está sirviendo a la reactivación de las fuerzas sociales y políticas más reaccionarias, y así se han manifestado en los últimos días en las ciudades españolas en contra del proceso catalanista.

Al respecto del liberalismo radical y prefascista, la tendencias de reconfiguración de los Estados en los contextos de crisis del capital y de la burguesía pasaban antaño por el mayoritarismo en los sistemas electorales, mientras que hoy suele pasar por la proporcionalidad, pero el objetivo de este tipo de propuestas con respecto a las instituciones y la crisis económica, es exactamente el mismo en ambos casos: la estabilidad institucional tras la exclusión de la clase trabajadora de los sistemas de representación y de distribución de bienes y servicios básicos, y la credibilidad de las democracias burguesas.

En la lucha de clases no hay, a la larga, movimientos socialmente neutrales, tampoco los movimientos soberanistas ni, en particular, el movimiento catalanista. Todos los movimientos en el tablero del ajedrez pasan factura. Dicho esto, cabe decir también que el simple alteramiento de las instituciones del poder político, de sus administraciones y de las relaciones que todas ellas mantienen entre sí, es una contrarreforma política asegurada, y sólo es humo ofrecido por la burguesía a la clase trabajadora -si es que esta última se lo traga- mientras la continúa maltratando con los mismos niveles de explotación laboral y se respeta la base de dicho poder político: el capital y la ganancia, que son la esencia de los Estados. Una hipotética República Catalana no serviría de referencia al Estado español en otra cosa que no fuera la continuidad de la degradación de los derechos laborales y las libertades de los trabajadores.

El soberanismo catalanista, desde la derecha que lo lidera hasta la izquierda más vendida, está intentando alterar el régimen de relaciones entre la Generalidad de Cataluña, y el Estado español y su Administración.

Sin embargo, durante todo el tiempo que ha durado, el "Procés" ha estado completamente ausente de todo sustrato o contenido social, algo fundamental en cualquier proceso que realmente pretenda beneficiar a los explotados y a otros oprimidos.

La CUP, que parece que goza de bastante prestigio en un sector minoritario del soberanismo catalanista y constituye su izquierda, dice algo sobre su identidad que no creo que debamos ignorar, ni en esta ni en las organizaciones situadas a su derecha: "El proyecto de Unidad Popular que articulamos se divide en diferentes ejes que representan nuestra identidad: [...] La defensa de la lengua y la identidad nacionales".

Antoni Abad Pous, Presidente de la patronal
CECOT, junto con Artur Mas, Presidente del PDeCAT.
CECOT fue uno de los convocantes del paro
patronal del 3 de octubre en Cataluña
Es precisamente la ausencia de ese sustrato y contenido social, lo que explica que los pequeños y medianos empresarios y explotadores, así como las patronales catalanas (CECOT, PIMEC, etc) que los representan, hayan necesitado recurrir a la clase trabajadora desde el pasado 3 de octubre, ante el temor de que esta última se movilice de forma independiente abanderando un programa de reivindicaciones con contenido económico y social, algo para lo que el poder capitalista ha contado con la CUP, aunque sea para sacar a los trabajadores a la calle bajo el detestable estandarte del nacionalismo que impregna a los principales agentes dirigentes del "Procés", y para fingir que se les va a tener en cuenta: ¿será el PDeCAT que ayudó, con su abstención activa en el Congreso de los Diputados, a sacar adelante la contrarreforma laboral de la estiba impulsada por el Partido Popular, quienes tendrán en cuenta a los trabajadores de Cataluña sólo por ser sus "compatriotas"? ¿O bien los continuistas con la Unión Europea de ERC quienes defiendan la educación y la sanidad pública, gratuita y de calidad para la clase trabajadora?

Las organizaciones del soberanismo catalán, sumergidas en el radicalismo burgués, se mueven en otro terreno que el del sindicalismo obrero: mientras estas últimas paralizaron la contrarreforma laboral de la estiba desde los puertos y dieron el ejemplo de lucha de la clase obrera, aquellas juegan a la democracia burguesa en unos parlamentos ya agotados para la agitación política en defensa de los trabajadores, y se venden al corrupto empresariado catalán a cambio de la "autodeterminación" nacional.

Pero siendo los sindicatos organizaciones de composición obrera, han de ser cuidadosamente manejados por el soberanismo, partiendo del encuadre de este último en el contexto de la crisis de las clases medias y de su movilización social: la que pretende que la base de su renta siga intacta.

Por ello el intento de desplazamiento  de la lucha obrera desde las reivindicaciones socioeconómicas y de clase, desde los centros de trabajo, hacia las vacías reivindicaciones democráticas e institucionales, bajo su forma independentista en el caso del soberanismo catalanista. Las patronales catalanas han logrado  convocar un paro nacional y, además, sumar a la mayoría de sindicatos alternativos al mismo en Cataluña.

De este modo, como en el ejemplo del paro patronal del 3 de octubre, la burguesía nacionalista pretende utilizar a los obreros que viven y trabajan en Cataluña como arma arrojadiza. Es absolutamente "de cajón"  que durante la pasada jornada del 3 de octubre, estos fueron utilizados como herramienta para presionar contra los sectores de la burguesía que han desistido de la independencia, o bien abiertamente contrarios al soberanismo catalán, y que en esta jornada de paro se ha venido descontando la paga a los trabajadores del sector privado con motivo del mismo: una preferencia para la burguesía por encima de su identidad nacional o cualquier otra identidad subjetiva, pues estamos hablando de sus intereses de clase. Al tener la burguesía nacionalista la iniciativa del paro nacional, los sindicatos alternativos han actuado como transmisores de la presión que aquella ha ejercido contra la burguesía catalana contraria al "Procés", prefiriendo esta última ceder ante la opción del cierre patronal que ante la "huelga" de los sindicatos.

Quienes aún defiendan y se comprometan con la clase trabajadora no deben permitir que este último movimiento soberanista consiga cumplir su profecía, como ocurrió en el pasado con respecto a los aburguesados partidos parlamentarios. Es importante difundir, en este sentido, la información proporcionada por el Centro de Estudios de Opinión (CEO), institución estadística dependiente de la Generalidad de Cataluña, pues significa dar voz a la clase que vive de su trabajo asalariado en Cataluña, que no ha caído en el paternalismo nacionalista de sus explotadores locales y regionales. Que la burguesía ejerza a día de hoy su poder de manera indiscutida, no significa que pueda ejercerlo de cualquier manera.

Esta encuesta indica cómo el independentismo -el punto que encabeza el itinerario formal del soberanismo en Cataluña, por supuesto negociable en función del espacio y la libertad económica que el Estado conceda a la burguesía catalana- se va haciendo una postura relevante a medida que ascendemos en la estructura socioeconómica de clases de la sociedad catalana.

Así, la clase baja cuenta en Cataluña con un 27'6% de partidarios de la independencia, frente a un 60'5% en contra de la misma, mientras que esta distribución de opiniones se llega a invertir en el estrato de la clase media-alta, que cuenta con un 51'1% de partidarios de la independencia, frente a un 36'4% de opositores.

Vale que los sociólogos burgueses tienen la mala manía de clasificar a la sociedad olvidando el trabajo (particularmente el asalariado) como elemento central en la emancipación o, como les gusta decir, en la movilidad ascendente, pero es evidente qué clase acumula la riqueza y el patrimonio -patrones de estratificación similares a los utilizados en la sociología burguesa- aunque no se explicite la estructura social que hay detrás y que explica dicho reparto de la riqueza. El independentismo no está extendido, pues, entre la clase trabajadora de Cataluña, aunque esto es lo que ha estado intentando la burguesía nacionalista.

A la actitud del sindicalismo alternativo al mayoritario, en relación al paro patronal al que se ha sumado en Cataluña, ha podido contribuir en buena medida la influencia ejercida por diferentes organizaciones y partidos nacionalistas, siendo la CUP uno de sus ejemplos en el territorio catalán, que comete el mismo fraude de implicitar la estructura socioeconómica de clases catalana en sus estatutos.

Para defender a las clases populares y la igualdad, la CUP apuesta por "la redistribución de la riqueza" y por el establecimiento de "mecanismos de control popular de la economía".

En sus palabras, se trata de "una organización nítidamente socialista y tiene el objetivo de sustituir el modelo socioeconómico capitalista por uno nuevo, centrado en los colectivos humanos y el respeto al medio ambiente [...] [impulsando] cooperativas y otras formas de economía social y solidaria desde la máxima responsabilidad en la gestión y el control democrático de los recursos comunitarios".

Cuando se habla de "nuevo" modelo socioeconómico en lugar de sistema socialista, o de los "colectivos humanos" como beneficiarios del nuevo modelo de "economía social" sin protagonismo ni autogestión de la clase trabajadora (sólo cooperativismo de cogestión), o de la "máxima responsabilidad en la gestión y el control democrático de los recursos comunitarios" sin concretar quiénes han de responsabilizarse de la gestión y el control no ya de los medios de producción sino... ¡de los recursos comunitarios!; entonces lo que se nos vende es el capitalismo de la pequeña propiedad privada y/o el paternalismo del Estado y de la gran burguesía "solidaria" instalada en sus instituciones, nada nuevo entre quienes se mueven en la charlatanería teórica del socialismo pequeñoburgués.

Hablar de "recursos" en vez de capital y de poder, o bien de poder como sinónimo del "fluido" concepto de "recursos", dice algo bastante obvio sobre lo que está intentando vender la CUP, y al servicio y beneficio de qué clases sociales: la expedición de amplios estratos de la pequeña burguesía que no asumen el fin de un estado de bienestar que en España ha tomado la forma de la economía social de mercado, y que pretenden realizar sus aspiraciones emergentes en la estructura social capitalista.

Los conflictos que se articulan en torno a los partidos del Gobierno de Cataluña (PDeCAT) y del Gobierno de España (PP), expresan sobre todo la competencia económica y la pugna fiscal entre las burguesías española y catalana, dispuestas a darle otro empujón al monstruo del nacionalismo que se cierne sobre Europa, que ya ha enviado un guiño al respecto de los últimos acontecimientos en Cataluña.

Los que se articulan en torno a la derecha y la izquierda nacionalista catalana (desde el PDeCaT hasta la CUP, pasando por ERC) esconden la lucha entre burguesías que combaten por aumentar o mantener su cuota de poder en la estructura social del capitalismo catalán, la cuestión en la que, en principio, me he concentrado en este artículo.

Moverse en ambos ejes (nacionalismo catalán contra nacionalismo español, o nacionalismo de izquierda contra nacionalismo de derecha) contribuye a ensombrecer, en Cataluña y en todas partes, la voz de la clase trabajadora explotada y oprimida por la burguesía, de toda condición económica y nacional.

martes, 1 de agosto de 2017

Sufragio, soberanía, crisis bolivariana y "la Constituyente"

Por Arash

El republicanismo bolivariano que comenzó su andadura en 1992 trascendió lo que habrían sido, sin lugar a dudas, sus propios lastres insuperables de haberse aplicado a la realidad contemporánea el republicanismo bolivariano virgen de principios del siglo XIX, sin la actualización necesaria de la que le invistió el movimiento cívico-militar liderado por Hugo Chávez.

Sin estar exento, en ningún caso, del populismo característico de cualquiera de las alas varias del liberalismo en todo el mundo, este carácter distintivo y particular del republicanismo en el que se ha fundamentado el proceso bolivariano consistió, sin embargo, en el planteamiento abierto de la conquista de la soberanía por parte de las masas trabajadoras, y ello implicaba íntimamente a un proletariado potencialmente revolucionario, maltratado históricamente por los gobiernos precedentes, y que había estado excluido de la participación en la vida política del país hasta la formación del gobierno que lideró el comandante de dicho proceso.

El Movimiento V República inauguró, con la creación de la República Bolivariana de Venezuela, los primeros y más fundamentales pasos de la educación de los trabajadores y los campesinos pobres en muchos de los valores de la justicia social, a través de la universalización de un sistema de educación pública hasta entonces nunca conocido en el país, contribuyendo a su formación ideológica y política en los ideales socialistas.

Pero la última iniciativa llevada a cabo por un Presidente de la República que no ha estado a la altura de los acontecimientos, de convocar la Asamblea Nacional Constituyente en base al Artículo 347 de la Constitución, es una expresión bastante clara del alcance que ha de tener la revolución bolivariana según Nicolás Maduro: un intento de reforma constitucional sin cuestionamiento real y relevante del sistema productivo. En otras palabras:  hablar del socialismo sin ponerlo en práctica, y confundir el sufragio con la soberanía.

El fallecido comandante del proceso bolivariano, Hugo Chávez Frías, convocó un referéndum para la reforma constitucional en 2007, con el objetivo de medir las fuerzas de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo tras el golpe de Estado, patronal, financiero, internacional y mediático protagonizado por los sectores fascistas de la oposición venezolana, en el año 2002.

Esta última ofensiva reaccionaria no logró entonces romper el apoyo popular al Gobierno Bolivariano, pero sí infundir el terror frente al proceso revolucionario y socialista, tal y como quedó demostrado en el resultado de dicho referéndum.

Se había logrado que el Estado asumiera en gran medida la prestación de los servicios públicos básicos y la cobertura social necesaria de los sectores empobrecidos de la sociedad venezolana, pero hasta ahí llegó el cuestionamiento de la voluntad política de la burguesía: la redistribución de los servicios y del principal medio de consumo, la renta petrolera, entre las clases populares.

A diferencia de la iniciativa calculada de Chávez, Nicolás Maduro intenta recurrir a un proyecto de reforma política de las instituciones del Estado no con una intención calculadora, sino acrítica y voluntarista en lo que se refiere al proceso bolivariano, y además obvia, a diferencia de su predecesor, el proceso de transición hacia el socialismo en Venezuela.

Las fuerzas dirigentes no han logrado que el proceso bolivariano sobrepasase la condición, revolucionaria para el momento, de haber incorporado a la vida institucional del país y del Estado la voluntad política de los trabajadores y los campesinos, hasta entonces ignorada.

Las organizaciones obreras y campesinas que podrían haber sido pilares de una democracia de base en los centros de trabajo y en los barrios, fueron reorientadas y redirigidas en sus propósitos históricos de superación de los antagonismos con el capital, hacia la integración en la institucionalidad de su Estado, al estilo del sistema de la democracia popular, en lugar de haber permitido el progreso y extensión de la democracia obrera hacia formas que cuestionasen el poder organizado de los explotadores y avanzasen en la restricción e implosión de la democracia burguesa.

Esto último hubiera significado una oportunidad para la germinación de la verdadera democracia, la socialista y sin clases, y no esa ficción de democracia que se quiere imaginar en todas partes del mundo y que también se ha querido imaginar en Venezuela todos estos años.


La voluntad de la mayoría trabajadora siempre es fundamental, pero las fuerzas dirigentes del proceso en Venezuela obviaron que, en contexto, un desarrollo de las luchas de los trabajadores urbanos y rurales que pretenda avistar en el horizonte el socialismo, necesita del elemento revolucionario, no del soporte de un Estado cuyo carácter de clase nunca se ha llegado a combatir.

En lugar de avanzarse hacia la democracia socialista, se hicieron depender las iniciativas de propiedad socialista de la matriz del Estado, se permitieron ciertos partidos reaccionarios que deberían haberse ilegalizado, se admitió su actividad delincuente en la calle y en la Asamblea Nacional de Venezuela cuando dicha actividad debiera de haberse prohibido, y se liberaron a los dirigentes criminales de la oposición como Leopoldo López mientras intentaban integrarse, contra su naturaleza, dos modelos de libertades radicalmente enfrentadas.

De un lado, unas libertades demandadas por unas clases medias cortas de miras y desideologizadas en el sentido en que así es como se autoperciben. Su acceso es cada vez más restringido para cada vez más venezolanos que las abandonan, no por la actuación del Gobierno -una de sus garantías hasta el momento- sino por la crisis capitalista y la agudización de las contradicciones socioeconómicas.

De otro lado, las libertades que demandan crecientemente los asalariados y los campesinos pobres, a las que las fuerzas dirigentes no se atrevieron entonces a dar rienda suelta en su justa medida, renunciando a ese potencial revolucionario y sin comprender que, del mismo modo que la libertad de los explotadores significa la opresión de los explotados, la liberación de los explotados necesita de la opresión de los explotadores.

Las fuerzas dirigentes del proceso se han negado a profundizar en el terreno de la producción, sin dar pasos relevantes hacia la socialización, mientras intentan controlar el fin de las prestaciones y servicios públicos que demanda la crisis mundial de la economía y convocan "la Constituyente". Pero mientras nadie cuestione la contradicción entre el trabajo y el capital, este último agotará inevitablemente, antes o después, primero en un lugar y luego en otro, todas las posibilidades de la redistribución y de la representación de la que puedan valerse los proletarios. En Europa estamos comprobando ambas cosas.

Ahora, las masas trabajadoras cada vez se sienten más políticamente huérfanas con respecto a la dirección del proceso y, aunque en el país, continente y mundo en el que vivo, ese vertedero de basura llamado medios de comunicación y "prensa libre e independiente" cuyos locales sólo merecen arder en las llamas, esté imponiendo su censura al respecto, los fascistas (en absoluto los únicos integrantes pero sí la fuerza de choque de la oposición) queman viva a la gente en las calles después de acusarles espontáneamente de "ladrones", persiguen y degollan a las personas "sospechosas" de ser chavistas, y muestran sus cadáveres calcinados y linchados en público para sembrar el terror, como hacían en Chile los que prepararon el camino para la coronación de Augusto Pinochet y su régimen sangriento o, antes todavía, de los dictadores del período de entreguerras.