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Espacio de producción propia, reproducción ajena y discusión de teoría analítica sobre estructura, relaciones y cambio sociales, y de difusión de iniciativas y convocatorias progresistas.

domingo, 25 de abril de 2021

La Comuna de París

Por Espacio de Encuentro Comunista

(Transcripción íntegra y literal, texto disponible en su fuente original)

El 18 de Marzo de 1871 dio comienzo uno de los capítulos más esperanzadores y, al mismo tiempo dramáticos, en la historia de la Europa del siglo XIX. Fueron solo 72 días. Setenta y dos jornadas, desde el 18 de marzo hasta el 28 de mayo de 1871, cuyos hechos no debería olvidar la clase trabajadora y que todavía resuenan en el imaginario colectivo del siglo XXI. La Comuna de París ha sido considerada por un gran número de historiadores como la primera revolución social. Sea esto cierto o no, la Comuna de París fue el primer acontecimiento global en ser fotografiado y cuyo legado se extiende desde entonces hasta nuestros días. Su breve gobierno terminó en la denominada «Semana Sangrienta», siete días de una masacre brutal en la que, al menos, unos 30.000 parisinos fueron asesinados por las fuerzas del Gobierno Provisional de Thiers.

Para entender cómo surgió y cómo fue posible la proclamación de la Comuna de París debemos retrotraernos al comienzo de la segunda mitad del siglo XIX. En aquella época, París era la capital de un imperio a cuya cabeza estaba Napoleón III. La ciudad, caracterizada entonces por sus largas y anchas avenidas, sus opulentas tiendas y sus prestigiosos teatros de comedia y ópera, ocultaba, sin embargo, una enorme desigualdad social entre la clase burguesa industrial y una clase obrera cada vez más empobrecida. El 19 de julio de 1870, Napoleón III declaró la guerra a Prusia, lo que con el tiempo se mostraría como una gran torpeza y que tuvo su final el 1 de septiembre de 1870 en la conocida como «Batalla de Sedán». Durante la batalla, al ser conscientes de la gran superioridad de los ejércitos prusianos, el emperador Napoleón III y su general Patrice de Mac-Mahon se rindieron de forma incondicional. Ambos fueron hechos prisioneros y Napoleón III exigió al gobierno francés una declaración de paz que diese por finalizada la guerra franco-prusiana. Sus exigencias fueron completamente desatendidas, constituyéndose un Gobierno Republicano que continuó la guerra contra Prusia.

La República fue proclamada el 4 de septiembre de 1870 cuando, a las dos de la madrugada, un gran número de manifestantes que rodeaban el «Palacio de Bourbon» decide entrar en el edificio donde se estaba celebrando la Asamblea de Diputados. Esa misma noche, los delegados de la «Cámara Federal de las Sociedades Obreras» y los delegados de las diferentes secciones de la «Internacional» se reúnen en la «Corderie du Temple» (1) y redactan un mensaje dirigido al pueblo alemán:

«La Francia republicana te invita, en nombre de la justicia, a retirar tus ejércitos»

El movimiento de hombres y mujeres parisinos surgido a partir del día 4 de septiembre es consciente de que el Parlamento sigue lleno de burgueses, y para contrarrestar su influencia deciden organizarse por distritos y crear comités de vigilancia para controlar las alcaldías. Cada uno de esos comités elegirá a cuatro diputados y éstos formarán el Comité Central de los XX distritos de París. Este Comité redactará, unos días más tarde, una carta en la que recogen sus exigencias: proceder a la elección de alcaldes, tomar el control de la policía, declarar la libertad de prensa, así como las libertades de reunión y asociación, expropiación de artículos de primera necesidad, y distribución de armas a todos los ciudadanos. Tan sólo un día después de esta carta, el 18 de septiembre de 1870, el gobierno comunica a todos los parisinos que la ciudad está rodeada por el ejército prusiano.

A partir de ese momento, el ejército prusiano comienza un sistemático bombardeo diario contra los barrios periféricos de París, donde comienza a escasear la comida y los recursos de higiene básicos. Durante el mes de enero de 1871, los habitantes de estos barrios comienzan a desplazarse hacia el centro de París, en un intento de huir de los bombardeos. Sin embargo, en su desesperada huida ignoran que allí también les espera el miedo, el hambre y la miseria. El ejército francés está complétamente diezmado y el gobierno de la nación decide firmar, bajo la supervisión del ejército prusiano, la capitulación y la convocatoria de unas nuevas elecciones para la Asamblea Nacional. La firma del armisticio, que lo protagonizarán Jules Fabvre por el lado francés y Bismarck por el lado prusiano, tiene lugar el 28 de enero de 1871, después de cinco meses de un durísimo asedio contra la ciudad y su población. Por ello, no es de extrañar que, a ojos de la población parisina, el armisticio no fuese más que una capitulación vergonzosa.

A comienzos de febrero de 1871, la Asamblea Nacional, que desde hace un tiempo se reúne en Burdeos, se muestra favorable a concertar la paz declarándose nuevamente monárquica, y nombra a Thiers, conocido por su odio a las clases más bajas, como jefe del ejecutivo. Éste firma los preliminares de la paz el 26 de febrero de 1871, los cuales serán ratificados por la Asamblea Nacional el 1 de marzo. Estos preliminares conceden al ejército prusiano el derecho a entrar en París y a ocupar algunos de sus barrios. Esta firma y sus condiciones provocan un fuerte rechazo entre la población de París, especialmente entre la clase media y la clase obrera, que sufren desde hace meses la paralización de sus negocios y la ausencia de trabajo remunerado. No resulta extraño, pues, que muchos historiadores reconozcan que la causa principal de todo lo que sucedería en los días posteriores fuese el estado de ánimo de la población. Un estado de ánimo caracterizado por la decepción y las ansias de rebelión.

Al mismo tiempo que el gobierno de la nación firma y ratifica los mencionados preliminares de la paz, el pueblo de París aprueba los estatutos para la creación de un «Comité Central» en una reunión de la Asamblea General que tendrá lugar el 14 de febrero de 1871. Estos estatutos se ratificarán entre los días 3 y 4 de marzo y establecen que «el Comité Central debe velar por la ciudad, protegerla de las calamidades que le preparan en las sombras los partidarios de los príncipes, los generales de los golpes de estado, y los ambiciosos y desvergonzados de toda especie». Unos días antes, el 27 de febrero, la Guardia Nacional se hacía con 227 cañones y un gran número de ametralladoras del ejército francés.

A la vista de los acontecimientos, Thiers traslada la Asamblea Nacional de Versalles, y el 10 de marzo dirige un discurso a su gobierno en el que se lamenta de los agravios de la población de París contra los prusianos y propone retirar la paga a la Guardia Nacional, la cual ese mismo día se declara republicana en sus nuevos estatutos a nivel nacional. Unos días más tarde, Thiers ordena a las tropas regulares tomar París. Ordena, así mismo, retomar el control sobre los cañones y las ametralladoras. La Guardia Nacional se niega con energía. Se levantan barricadas en la mayoría de las calles céntricas de la ciudad. Los soldados desobedecen las órdenes de sus mandos superiores mientras que los generales Lecomte y Clement Thomas son reconocidos y linchados por la multitud. Los comuneros toman los puntos clave de París excepto el Banco de Francia. Es el 18 de marzo de 1871. La Comuna acaba de nacer.

El primer acto del Comité Central tiene lugar el 21 de marzo, y entre los acuerdos tomados figura la voluntad de devolver al pueblo de París la posibilidad de elegir la composición de la Comuna, fijándose sus elecciones para el día 26 de marzo. Entre el resto de las decisiones tomadas se suspende la venta de objetos empeñados en el Monte de Piedad, prorrogándose por un mes más los vencimientos. También se adopta la decisión de impedir a los propietarios proceder al desalojo de los inquilinos.

Los miembros de la Internacional que participan en la revuelta tratan de dar al movimiento comunalista un programa, unas líneas directrices de las que hasta entonces carece. Para ello, durante la noche del 23 al 24 de marzo tiene lugar una reunión mixta entre la «Internacional» parisina y la «Cámara Federal de las Sociedades Obreras», adoptando un manifiesto entre ambas partes. Entre otras cosas, dicho manifiesto establece:

  • «La independencia de la Comuna es garantía de un contrato cuyas cláusulas libremente debatidas harán cesar el antagonismo de las clases y asegurarán la igualdad social»
  • «... la organización del crédito, del cambio, de la asociación, a fin de asegurar al trabajador el valor integral de su trabajo».
  • «... la instrucción gratuita, laica y universal».
  • «... la organización municipal de los servicios de policía, fuerzas armadas, higiene...».


Tras la jornada electoral del 26 de marzo, la Comuna quedó compuesta por 80 miembros, 25 de ellos eran obreros. Los «internacionalistas» parisinos constituían un tercio del total. Entre ellos se encuentran algunos de los que habían organizado el movimiento obrero entre 1868 y 1870: Varlin, Theisz, Avrial, Assi, Langevin, Champy, Duval, Chalain... Frente a ellos, el resto era de tendencias muy diversas, abundando los «blanquistas», tanto puros como disidentes, etc... El panorama al que tiene que hacer frente la Comuna es realmente desolador. Unas 300.000 personas sin trabajo y sin recursos dependen para subsistir de la ayuda diaria de 1,5 francos de la que viven desde hace siete meses. De 600.000 obreros, sólo 114.000 están ocupados, y al resto es preciso alimentarlos cada mañana.
La gestión recta y valerosa de los miembros de la «Internacional» y de las Sociedades Obreras parisinas, ajustándose a una clara doctrina económica y social, fue la que hizo posible que la Comuna pudiese hacer frente durante tanto tiempo a los ataques con que Thiers hostigó a París desde comienzos de abril. De esta forma, Varlin pasó a ocuparse de los abastecimientos y de la intendencia, Jourde de las finanzas, Theisz pasó a reorganizar un departamento de Correos complétamente desmantelado, labor que realizó en tan sólo 48 horas, Leo Frankel pasó a ocuparse de las labores relativas al intercambio y al trabajo y, según sus propias palabras, «del estudio de todas las reformas que hay que introducir en las relaciones de los trabajadores con sus patrones».

Es de destacar la importante labor que realizó Leo Frankel en este terreno. Frankel creó una comisión obrera de investigación, la cual tan sólo pudo reunirse en dos ocasiones: los días 10 y 18 de mayo. El día 20 de abril, su departamento decretó la prohibición del trabajo nocturno de los panaderos, amenazando con confiscar todos los panes producidos a aquellos patrones que se saltasen la prohibición. Asimismo, Frankel solicitó información a los diferentes distritos que conformaban la Comuna sobre las ofertas y demandas de empleo existentes en cada uno de ellos para proceder a su organización. Frankel preparó el proyecto que liquidaba el Monte de Piedad, y el 27 de abril emitió un decreto por el que se impedían las multas y las retenciones sobre sueldos y salarios, al tiempo que se obligaba a todos los empresarios a restituir las multas que hubiesen impuesto desde el 18 de marzo. Además, se impuso a los empresarios la obligación de pagar un salario mínimo por jornada o por pieza. Respecto a la organización del trabajo de las mujeres en París, Frankel confió esa labor a Elisabeth Dimitrief (2).

Desde principios del mes de abril, las tropas gubernamentales, obedeciendo órdenes dadas por Thiers, hostigaron fuertemente la ciudad de París. A finales de abril la situación comenzó a ser realmente crítica para la Comuna. Barrios como Notre-Dame, Moulineux y Belle Epine ya habían caído. Florens, uno de los jefes de la Guardia Nacional, había sido asesinado. Duval, otro de los jefes de la Guardia Nacional había sido apresado y fusilado. En Belle Epine, la población había sido masacrada mientras Thiers, desde Versalles y muy cínicamente, lanzaba el siguiente mensaje: «Deponed las armas y seremos clementes». Pero Thiers no solo pretende eliminar a la Comuna y a los comuneros físicamente, sino que, además, declara ante su gobierno, quiere eliminar su espíritu. Para ello propone dar un fuerte escarmiento: «Matarlos sin compasión».


El mes de mayo comienza con una Comuna muy debilitada, que había seguido perdiendo sus barrios frente a las tropas gubernamentales. Ya habían caído también El Trocadero, Montparnasse, los Campos Elíseos... con todas sus calles regadas de sangre comunera. Durante todo el mes se siguen produciendo matanzas de comuneros en los diferentes barrios y distritos que van cayendo en manos del gobierno. Se establecen controles policiales en los que se exige mostrar las manos a los parisinos que pasen por allí. Si las manos tienen muestras de haber realizado trabajos manuales, si las manos pertenecen a trabajadores, estos son fusilados al instante. El 21 de mayo las tropas de Thiers entraban en la ciudad, iniciándose así la que se conocería como «Semana Sangrienta», aquellos seis días en que los comuneros resistirían barricada a barricada y luchando cuerpo a cuerpo. El 22 de mayo, Thiers se permite el dirigirse a su gobierno con un discurso que muestra claramente sus intenciones:

«El París de la Comuna no es más que un puñado de desalmados... yo seré despiadado; la expiación será completa y la justicia inflexible... Hemos alcanzado el objetivo. El orden, la justicia, la civilización obtuvieron al fin la victoria. El suelo está cubierto de sus cadáveres. Ese espectáculo horroroso servirá de lección».

El día 27 apenas quedaban focos aislados de resistencia. La mayor parte de las cargas de fusilería que se escuchaban eran de ejecuciones masivas. Las tropas de Mac Mahon no hacían distinción entre hombres, mujeres y niños.

El día 28 de mayo de 1871 caía la Comuna, y daba comienzo un período de represión que se cebaría de forma brutal sobre sus defensores.

Varlin, el hombre de la «Internacional» fue reconocido y apresado. Durante su traslado para ser juzgado fue reconocido y el público burgués se ensañó a golpes con él. Llegó en tan mal estado a los Juzgados que para fusilarlo tuvieron que hacerlo en una silla. Una vez fusilado, su cadáver fue reventado a culatazos entre los aplausos del público.

Más de 38.000 prisioneros fueron recluidos en condiciones inhumanas. Muchos de ellos murieron de hambre, a consecuencia de los malos tratos o por enfermedades. La cifra oficial del gobierno de Versalles estimó que los comuneros fusilados fueron alrededor de 17.000. Sin embargo, otros historiadores más neutrales dan cifras realmente muy superiores. En los meses siguientes se pronunciaron penas de muerte, condenas a trabajos forzados en Guayana y deportaciones a Nueva Caledonia. Se estima que unos 10.000 parisienses se exiliaron en el extranjero o emigraron a otras provincias con ánimo de esconderse. Entre muertes y condenados, París perdió 100.000 habitantes, lo que suponía una séptima parte de su población masculina adulta. Entre mayo de 1871 y diciembre de 1874 los 24 consejos de guerra pronunciaron 13.450 condenas.

La burguesía nunca olvida. Y por esa misma razón, no sólo mandó fusilar a quienes habían participado en la Comuna de París, sino que también buscó eliminar a quienes habían participado en la revolución de 1848. Entre las personas detenidas se apartaba especialmente a aquellas que tenían el pelo blanco, en la creencia de que también habrían participado en aquellos hechos de años anteriores.

"París no podía ser defendido sin armar a su clase obrera, organizándola como una fuerza efectiva y adiestrando a sus hombres en la guerra misma. Pero París en armas era la Revolución en armas. El triunfo de París sobre el opresor prusiano hubiera sido el triunfo del obrero francés sobre el capitalista francés".
(Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores)
(30 de mayo de 1871)

Notas:

1) "Rue de la Corderie" es una calle en el barrio de Marais, en el III distrito de París. En el número 14 de dicha calle estaba la casa que, en 1869 acogía a la Federación Obrera animada por Eugéne Varlin. Fue allí donde los miembros del Comité Central de la Comuna redactaron el primer anuncio publicado el 17 de septiembre de 1870 en los muros de París, y donde decidieron el levantamiento que tendría lugar el 18 de marzo de 1871.

2) Elisabeth Dmitrieff fue una feminista nacida en Rusia y una figura importante de la Comuna de París. En 1868 viajó a Suiza y cofundó la sección rusa de la Primera Internacional. Delegada en Londres, conoció a Karl Marx, quien la envió en marzo de 1871, con 20 años de edad, a cubrir los eventos de la Comuna. Dmitrieff, finalmente, llegó a ser protagonista de esos hechos, fundando con Natalie Lemel la "Unión de Mujeres" el 11 de abril de 1871. Participó en el períodico socialista "La Cause du People". Después de haberse enfrentado a las barricadas durante la Semana Sangrienta, viajó a Rusia. Allí se casó con un preso político para evitar que lo condenaran a la pena de muerte, y decidió seguirle en su exilio a Siberia, en donde falleció. El Consejo Municipal del III distrito de París decidió darle su nombre a una pequeña plaza, entre la "Rue du Temple" y la "Rue du Turbigo". La plaza "Elisabeth Dmitrieff" fue inaugurada el 8 de marzo de 2007.

Para saber más sobre la Comuna de París:

-Marx, Karl; La guerra civil en Francia

-Lissagaray, Prosper-Olivier; La Comuna de París, Ed. Txalaparta

-Michel, Louise; La Comuna de París, La Malatesta editorial




martes, 30 de marzo de 2021

Mercado laboral y lucha de clases, en época de ficción política

 

España tenía en 2019 la tasa de temporalidad
más elevada de toda la UE, un 26,8 %. Eso según
datos de la Fundación BBVA
Por Arash

Desde hace demasiado tiempo, cualquier disparatada forma del "activismo" se confunde con la militancia, y lo que llaman anticapitalismo no es más que otro movimiento contracultural de las clases medias. Las ensoñaciones inoculadas desde fuera del sujeto político persiguen distraernos en lo ajeno a nuestras necesidades inmediatas.


Organización de clase

El mercado lo conforman el conjunto de los intercambios o transacciones comerciales. Sin cosas no puede haber mercado, y la fuerza de trabajo es una "cosa" que, aunque sea portada por alguien vivo y dotado de conciencia, es reducida y abstraída a una masa humana indiferenciada que es la fuerza de trabajo asalariada, cuando los empresarios se la intercambian como se intercambian las demás mercancías: por eso a estos últimos tampoco les importa la disimilitud de formas específicas en que se puede realizar, o lo que es lo mismo, el efecto socialmente útil del trabajo.

En el mercado laboral, la fuerza de trabajo la ofrece el proletario y la demanda el explotador: el salario es aquello por lo que el proletario vende la fuerza de trabajo que ofrece, o con lo que el explotador compra la que demanda para emplearla; y ese músculo, nervio y cerebro del proletario viviente es la mercancía humana por la que el explotador se apropia, a cambio del salario que le paga al propietario original de esa fuerza, del beneficio o excedente que crea cuando se activa cada hora, cada jornada, cada mes, es decir, cuando se intercambia.

De todos los sistemas productivos conocidos desde el período primitivo, el capitalismo es, sin lugar a dudas, el más productivo de todos ellos, aunque la propiedad privada del capital y demás medios técnicos impide el beneficio o usufructo social de todo ese excedente, y ello acaba por limitar e impedir el desarrollo y hasta el mismísimo empleo de todas las fuerzas que lo producen: la rentabilidad es la expectativa de apropiación privada del beneficio cuando esas fuerzas se emplean en las relaciones salariales y susceptibles de serlo, mientras que la empleabilidad tan sólo es la posibilidad técnica del empleo de las mismas.

Sin embargo, el sentido de la oferta y la demanda en la lucha de clases es distinto, porque esta no significa lo mismo que el mercado laboral, por mucho que tenga que transcurrir en el mercado laboral. En caso de aparecer, esa lucha se refiere a una realidad coincidente con la de ese mercado tan particular, pero las condiciones en que la fuerza de trabajo se emplea, y su precio en particular, no las "ofrece" el proletario que la ofrece, y si pretende hacerlo se trata de una iniciativa por seguro ineficaz.

Lo más frecuente es que el empleo sea ofrecido por el explotador: quien decide el salario y el tipo de contrato, el número de vacantes a ocupar, la inversión en seguridad laboral y equipos de protección individual (EPIs), organiza los aspectos fundamentales de la realización de las tareas y su reparto entre sus ejecutores, o de los horarios en que se desempeñan estas, y también el que contrata y también despide o despacha la fuerza de trabajo. Es decir, el que "crea" y "destruye" el empleo: el que efectiviza o deja sin efecto la empleabilidad.

Aunque se lo denomine de esa manera, la "creación" y "destrucción" del empleo no es ninguna creación ni destrucción en sí misma, porque el empleo no es una cosa, sino más bien el proceso de transformación y creación de las cosas, que tiene lugar en unas determinadas condiciones. Así pues, la oferta de empleo engloba todas esas condiciones salariales, laborales y por ende sociales que hay dadas en el capitalismo al desconsiderar una posible variable política, y en cualquier caso está sujeta a las leyes de la rentabilidad.

Pero en el capitalismo, el proletario puede demandar el empleo si se organiza como clase, con otros proletarios, para cuestionar, luchar y defenderse contra ese sistema salarial, y le conviene hacerlo porque el empleo no está garantizado ni siquiera por la Constitución de ningún Estado del planeta, por mucho que sea un derecho constitucional, que es algo que vale casi tanto como una promesa electoral, a pesar de la insistencia de unos en hacer creer lo contrario y de otros en creérselo.

En otras palabras, la demanda del empleo podría ser no sólo la solicitud o petición individual del proletario a la que estamos acostumbrados, cuando uno se apunta al registro oficial del paro, al de una empresa de trabajo temporal, multiservicios o a cualquier otra "bolsa" de empleo, cuando recorre de arriba para abajo la aplicación del teléfono móvil o cuando se divulga el nombre personal a través de conocidos de conocidos, sino que también podría ser una reivindicación o exigencia del proletariado organizado.

Cuando irrumpe una crisis de rentabilidad, esto es, cuando las expectativas del beneficio privado en la producción empiezan a mostrar las dificultades que tienen quienes la organizan para reinvertir su capital, y la oferta de empleo entra en crisis, es inevitable que aquellos "destruyan" más empleo del que "crean", arrojando a una parte de los proletarios a las listas oficiales y a las desconocidas del paro, al menos hasta que su gobierno reforma o ajusta el mercado laboral para volver a rentabilizarlo.


Parasitismo, dependencia y ejército de reserva

Una cuestión es el desempleo técnico o natural de la fuerza de trabajo, que como tal, o bien no es desempleo estríctamente hablando o, si lo es, también es legítimo porque brota de una necesidad excepcional; y otra complétamente diferente es el desempleo estructural del capitalismo, que incluye el que se provoca cuando se "destruye" el empleo.

Por un lado, la fuerza de trabajo puede aparecer, con el desarrollo físico y mental que subsigue al nacimiento durante la infancia y la adolescencia, y también desvanecerse ya sea de manera temporal o permanente, parcial o total, brusca o progresiva, reversible o irremediable en multitud de circunstancias de la vida: cuando se cansa, cuando se envejece, definitivamente cuando se muere, cuando se padece alguna discapacidad física o de otro tipo, de nacimiento o adquirida en un accidente, etc. Todos estos son ejemplos técnicos o naturales del desempleo que surgen, insisto, de una necesidad excepcional que debería ser cubierta como todas las restantes, y por supuesto, la prestación de toda esa cobertura exige o requiere del empleo personal de los demás.

Por su parte, y en relación con lo anterior, el desempleo estructural se refiere a una fuerza de trabajo desempleada que no está naturalmente desvanecida en ninguna medida; a una fuerza de trabajo desaprovechada. Por este y otros motivos, como la competencia comercial o su inevitable tendencia monopolista, en el capitalismo se desaprovechan enormes fuerzas productivas, y ello afecta de manera nefasta a la posibilidad de cubrir todas las necesidades.

Cuando se habla del empleo, usualmente se tiende a asumir las peculiaridades de esta organización productiva en particular. De esta manera, el aprovechamiento implica, como es lógico, la producción medial sin la que no habría producto que aprovechar, aunque se refiere también a su finalidad, o sea el producto mismo; pero el empleo se refiere más habitualmente a la producción en exclusiva, que en el capitalismo se pervierte en su finalidad convirtiéndose en un fin en sí mismo, o sea, ajeno a su carácter socialmente útil o a las necesidades de quienes la llevan a cabo y quienes no pueden participar en ella. El aprovechamiento de la fuerza de trabajo indica, pues, el usufructo del producto, o sea, de lo que se produce cuando se emplea, mientras que el empleo de la fuerza de trabajo remite más usualmente a la producción del producto, que transcurre en el sistema salarial, bajo su influencia.

En este sentido, el aprovechamiento de la fuerza de trabajo ajena data del usufructo de lo que ha producido otro y puede implicar opresión o no hacerlo en absoluto, mientras que cuando se habla del empleo de la fuerza de trabajo ajena sí se suele estar aludiendo con más frecuencia a una forma opresiva de aprovechamiento, que sucede en cualquier sistema productivo basado en la propiedad privada de los medios de producción y en el capitalismo en particular, en donde la fuerza de trabajo empleada por cuenta ajena es una mercancía, está asalariada.

Sea como sea, el desempleo estructural incluye y se refiere, entre otras cuestiones, a lo que Marx denominó en su día como el ejército industrial de reserva, y que los marxistas contemporáneos y quienes tratamos de serlo, en vez de sumarnos al progresismo de las izquierdas, los pseudorradicalismos y otras corrientes "obreristas" del liberalismo más ramplón y descarado, conocemos como el ejército de trabajadores de reserva, potencialmente empleable en almacenes, fábricas y talleres, en fincas y campos, en oficinas y despachos, y en otros muchos sectores económicos existentes en la actualidad.

Se trata de un ejército anónimo por el que puede pasar cualquier proletario durante más o menos tiempo de su vida y con mayor o menor continuidad, al que el empresariado necesita mantener des-empleado, aunque esté técnicamente capacitado para estarlo, con el fin de promover la competencia entre los que sí vayan a emplearse en ese mercado laboral y poder abaratar así el precio de su fuerza de trabajo mediante una sobreoferta, o sea, poder disminuir su salario.

El parasitismo es el empleo de la fuerza de trabajo ajena, cuando se está en plenas facultades técnicas para el empleo de la propia (adultez, en edad activa y estado óptimo de salud) y no se forma parte del ejército de reserva, y en la sociedad capitalista tales circunstancias sólo se pueden dar simultáneamente cuando se trasciende en la competencia, para lo que no basta con "tener" estudios o estar más cualificado que otros. En el parasitismo, la principal fuente de ingresos personales procede, por lo general, del capital industrial, bancario, inmobiliario o de otros tipos, se posean estos en distinto volumen, tengan uno u otro precio.

Forman parte íntegra de las clases parasitarias, por tanto, los empleadores que viven de sus beneficios empresariales, y otros ociosos que lo hacen de una herencia o transmisión patrimonial, de intereses hipotecarios y crediticios de otra índole, y de alquileres de vivienda y otras propiedades, sin aportar nada al erario social, o bien externalizando en alguna medida cuotas variables de su participación personal en ese aporte, y beneficiándose de todo ese erario. Es decir, los explotadores que viven de las plusvalías diréctamente arrancadas a los asalariados, y el resto de los burgueses que lo hacen de aquellas de manera indirecta, viviendo de las rentas.

Por otro lado, lo que se acostumbra a denominar como dependencia apunta a una forma de aprovechamiento de la fuerza de trabajo ajena que a diferencia del parasitismo no es opresiva sino solidaria, y como decíamos puede tener un trasfondo natural o técnico, o bien característico de la estructura productiva del capitalismo, es decir, el paro. Debe tratar de cubrirse lo mejor y más ampliamente posible en cualquiera de ambos casos, y para ello tiene que haber una demanda efectiva del empleo, es decir, una tendencia a la reducción del desempleo estructural y al cuestionamiento de la relación salarial, para que más proletarios desempleados por cualquiera de tales motivos puedan aspirar a estar dentro de la cobertura y en sus modalidades más sociales.

Por lo tanto, no forman parte de las clases parasitarias, en absoluto, los temporeros y otros desheredados (des)empleados temporales o fijos discontínuos sea cual sea su jornada, los jubilados y el resto de pensionistas cuya invalidez les impide realizar un trabajo o que dependieron de núcleos en los que se vivió diréctamente de su desempeño, los enfermos y los discapacitados, los parados de una u otra duración y los excluidos, y cualquier otro proletario dependiente del Estado o en su defecto la familia, o complétamente desamparado y desprovisto de cobertura o protección alguna.

La formación profesional o la experiencia laboral pueden ser promovidas, por las asociaciones patronales y los sindicatos de concertación, como forma de competencia entre los propios trabajadores, si no hay organizaciones mediante las que se demande conjúntamente el empleo o si aquellas de las que sí dispone son débiles, o no tan fuertes como se cree cuando son idealizadas. Pero en el capitalismo, la competencia entre los propios trabajadores nunca tiene nada que hacer frente a la de los capitalistas, que compiten en otra liga.

Exceptuando a los directivos y ejecutivos, que incluso en muchos casos también son accionistas, la mayor diferencia económica entre los trabajadores asalariados que puedan estar compitiendo entre sí en vez de organizados como clase, es una mínima parte de esa diferencia que pueda haber entre los capitalistas: cuando compiten, los trabajadores lo hacen prácticamente al mismo nivel entre ellos, pero aquellos otros son los que de verdad  compiten por llegar a lo más alto de la estructura social.

La iniciativa que suelen denominar emprendedora o empresarial, y a menudo también de empoderamiento, en ciertas asignaturas académicas y también en varios movimientos sociales, o diréctamente en el mundo de los negocios del que procede este último vocablo (empowerment) es la de intentar formar parte de aquellas clases burguesas y acomodadas para liberarse de la necesidad de tener que emplear la fuerza de trabajo propia, y el proceso muy frecuentemente se queda en una ilusión más o menos frustrada, que ocasionalmente se disfraza de convicciones morales y una denuncia igualmente moral del capitalismo.

Cualquiera que sea la manera en la que se exprese, la emancipación está sujeta a las condiciones económicas y sociales de este sistema de producción y la irrupción de sus crisis periódicas y recurrentes, que son las que determinan cuántos pasarán por la canasta de la llamada movilidad ascendente. Por eso, este proceso suele ser intergeneracional, y atravesar un período de expansión de las clases medias, en las fases de crecimiento y "creación" de empleo, o bien de contracción de las mismas, en las de recesión y "destrucción" del empleo, o de creciente precariedad laboral, que viene a ser más o menos lo mismo.


Políticas de fomento del empleo y límite de las capacidades productivas

Por mucho que sea individual y ello le haga sucumbir ante la oferta (o ausencia) de empleo, siempre hay demanda de empleo porque el proletariado necesita trabajar. Por eso siempre hay oferta de fuerza de trabajo, que de hecho es una sobreoferta porque es superior a la demanda de esa mercancía, y ello permite, como dijimos, la disminución de su precio, en este caso el salario.

El ejército de reserva no puede desaparecer en el capitalismo, pero sí puede variar de tamaño (número total de quienes pasan por sus filas en un mismo período de tiempo y duración de la estancia de cada uno de ellos) en función tanto de si la demanda de empleo es individual o, por el contrario, está organizada, como de la propia lógica de la rentabilidad. Si desconsideramos la primera variable, la posibilidad de la organización de clase, resulta que cuando todavía no hay crisis de rentabilidad, el tamaño de ese ejército es más pequeño, mientras que cuando irrumpe esa crisis, aparece una tendencia creciente de su tamaño que, o bien se alterna provisionalmente, o bien se combina definitivamente con el empeoramiento de la calidad del empleo de quienes no forman parte de esa reserva en un momento dado.

El empleo de baja calidad es el que resulta de las políticas de fomento del empleo que aplican los gobiernos, y consisten en adaptar la empleabilidad a la lógica de la rentabilidad. Esta adaptación se traduce en un abaratamiento del despido (reducción de las indemnizaciones, descausalización de los contratos, priorización de la voluntad de las empresas por encima de la de trabajadores y jueces, etc), también en la parcialización y temporalización del empleo y el estancamiento de los salarios en relación a los precios (disminución del salario real, que es el precio de compraventa de la fuerza laboral respecto al de las mercancías que produce), y finalmente en el desempleo y la crisis vital y social del proletariado. Se trata de la desrregulación del mercado laboral, que es seguida de una nueva regulación.

A su vez, los bajos ingresos salariales, el empleo temporal y el desempleo (empleabilidad desaprovechada) cada vez mayor de la fuerza de trabajo, deja a los proletarios ante una cobertura estatal cada vez más exigua (menguante sistema de protección social) cuando padecen la lacra del paro o no pueden emplearse por algún motivo, porque la actividad laboral y productiva ya no permite abastecer esa cobertura, y su sostenimiento pasa a depender del capital financiero y la deuda contraída con sus acreedores, que el gobierno de turno se asegurará a conciencia de convertir en pública.

Por ejemplo, si en un lugar tuviéramos a 10 desempleados (estructurales) y a 90 empleados asalariados trabajando a cambio de 1000 €/mes, y de estos últimos fueran despedidos 45 que, por lo tanto, dejaran de cobrar el salario que le pagaban sus antiguos empleadores, una política gubernamental de fomento del empleo podría derivar en que la tasa de desempleo se redujese de nuevo al 10%, pero a lo mejor todos los empleados han pasado a cobrar 500 €/mes cada uno por el mismo trabajo, desempeñado en el mismo tiempo de duración.

También podría suceder que siguiesen cobrando 1000 €/mes trabajado, pero sus empleadores pudieran contratarles la mitad de meses al año (la mitad de semanas, de días y de horas) y despedirles o despacharles la otra mitad sin mayores trabas legales ni miramientos, y por lo tanto reducir igualmente sus ingresos salariales a la mitad, que son gastos para el empleador.

Cuando le conviene, el empleador puede servirse de la generación de poros en el proceso de producción que le permiten ahorrarse costes productivos salariales, algo perfectamente compatible con que pueda seguir intensificando los ritmos y la cadencia del trabajo cuando y en donde sí decida emplear a proletarios. Aunque, evidentemente, ni la generación de estos poros de desempleo ni la elevación del ritmo de las tareas es sostenible, sino otra anticipación de una crisis económica y social futura, y de nuevo, ello incumbe negativamente a todo tipo de cobertura al desempleo o servicio público.

El empleo puede segmentarse por años, por meses, por semanas, por horas... y esa segmentación resulta de la combinación entre el desempleo estructural de los parados crónicos (los de mayor continuidad en el ejército de reserva) y el empleo temporal y/o poco remunerado de la parte más flexible de la fuerza laboral (que pasa a estar en nómina de la empresa y se emplea disciplinadamente en los ratos exactos que desea el explotador), es decir, que resulta también de la complicidad de los gobiernos de distintos colores y de la aplicación de todas las reformas que han ejecutado y vamos coleccionando en los últimos cuarenta años, que son derrotas acumuladas una tras otra para la clase trabajadora desde que comenzaron a implementarse, aunque pretendan que todos las olvidemos lanzándonos unos u otros señuelos.

En España, uno de los ejemplos de cómo el aumento del tamaño del ejército de reserva (desempleo de la fuerza laboral) y el empeoramiento de la calidad del empleo se alternaron antes de combinarse, fue el breve período transcurrido entre, en primer lugar, el estallido de la gran burbuja inmobiliaria en 2008, con la "destrucción" de empleos en el sector de la construcción y otros ligados del resto de la economía nacional, y en segundo lugar, la subsiguiente reforma del mercado laboral, que se suma y añade a la lista de una larga serie de reformas implementadas desde los años ochenta. La colección de esa reforma junto con todas las anteriores, volvió a sincronizar y adaptar la legislación laboral, que es el marco regulador, al mercado laboral, y la lista de ataques se alargará en los próximos meses.

Así mismo, mientras se agota el sistema de protección al desempleo y se recorta el gasto público (coberturas de la sanidad, las pensiones, las prestaciones del paro, la educación... y todos los servicios sociales) para preparar el pago de la deuda contraída, los representantes progresistas del capital tratan de universalizar esa menguante redistribución de la riqueza hacia los trabajadores en la forma de exiguas prestaciones individuales, con las que tratan de contener la protesta obrera desde las instituciones y neutralizar la posibilidad de organizarse como clase, y mientras las embellecen en un aura peligrósamente fugaz de triunfalismo y "positividad".

Sin embargo, su ficción no puede resistir la realidad de que el empleo de baja calidad y el desempleo habidos, conducen irremediablemente a la desprotección ante el desempleo, y pronto aparecen escisiones y discrepancias entre unos más "pragmáticos", que juegan la carta del "esto es lo que hay", y otros más "creyentes" en la idea original, que es la de una cobertura independiente de ese desempleo y empleo de baja calidad. Se trata de las facciones ortodoxas y heterodoxas de quienes incluyen el desempleo y el subdesarrollo dentro de un supuesto límite y equilibrio natural, tal y como se lleva practicando durante decenios desde algunas corrientes posmodernas y del pensamiento débil. 

Los creadores de opinión justifican, unas veces, las políticas gubernamentales de fomento del empleo, ya que el capital necesita trabajadores vivos a los que poder extraerles la plusvalía (manutención de los pobres: asistencialismo y paliativos de la pobreza e ingresos salariales de miseria), mientras que otras veces presentan el desempleo y la ociosidad en general o incluso la flexibilidad como si fueran una virtud, y el empleo como una obsesión caprichosa o excesiva de comunistas desfasados, cuando se persigue sorprender al electorado potencial con algún disparate sacado de la chistera y no se tiene que pasar todavía la prueba del algodón de tener que demostrar su veracidad desde el ejecutivo.

El que en esas corrientes de la ideología dominante tenga más peso bien la justificación del empleo de baja calidad, bien del desempleo, depende de si lo que interesa en un momento dado es legitimar un gobierno y/o alguna de las políticas que aplica, o por el contrario, un recambio del mismo porque su legitimidad ya está agotada. Por el momento, la predominancia de una u otra justificación gira siempre en torno a la legitimación de la democracia, la estabilidad y el orden de la burguesía.

Tomemos el Ingreso Mínimo Vital como ejemplo, que está inspirado en una idea individualista de la prestación y, desde que fue diseñado, fue planteado junto a la Mochila Austríaca, como si por algún motivo debiera ser incompatible con las pensiones de jubilación de los propios solicitantes del mismo o de otras tantas coberturas dinerarias que recibe cualquier trabajador desempleado en el Estado español.

Hubo quienes confundieron su ilusión "del cambio", que son las expectativas que interiorizaron de la izquierda en campaña cuando esta perseguía ganar las elecciones y justificar la gestión de la crisis con su delirante utopismo de bondad caritativa y derechos regalados, con la de poder llegar a final de mes de los cientos y miles de potenciales perceptores legales de esa prestación, que son los más explotados, empobrecidos o incluso desamparados y excluidos de la clase trabajadora.

Sin embargo, en un tiempo récord, aquellos primeros pasaron a reconocer el fracaso del IMV sin acordarse, prácticamente ninguno de ellos, del entusiasmo que les suscitaba la idea original, lo que significa que andan tras las fantasías de los embaucadores y bufones del momento mientras sus referentes políticos preparan la próxima vuelta de tuerca contra las pensiones, el empleo, la cobertura del paro o los subsidios.

Antes de su implementación, se lo contemplaba con ese mismo melindre con el que las izquierdas tienden a embellecer la administración económica de sus gobiernos, aplaudiéndose que el hecho de que se pudiera recibir mientras se tiene un empleo (de baja calidad) no supondría desincentivo alguno del mismo: se trata de la entonces famosa hipótesis de que recibir una prestación estatal mientras se está trabajando para una empresa sirviera para incrementar el poder de negociación de los trabajadores, ya que les permitiría, decían, rechazar empleos de baja calidad y/o poco remunerados.

Este último argumento, de escasa o nula calidad, fue aireadamente divulgado porque le facilitaba a los actuales partidos gubernamentales en coalición, que son los designados y encargados de adaptar la legislación laboral y los ya deteriorados servicios públicos al mercado laboral y a las leyes de la rentabilidad, minimizar cualquier oposición crítica y de clase (no la hay dentro del parlamento) y arremolinar las aguas a su costado para la formación de un gobierno mediante la susodicha promoción de la "propuesta estrella", allá por enero del año pasado.

Se especulaba, pues, que se utilizasen descaradamente fondos públicos, del sistema estatal de protección social, para pagar parte de todo ese gasto salarial que el capital se ha estado ahorrando de tener que pagar a los trabajadores de las actuales y venideras generaciones a lo largo de los últimos cuarenta años de reformas legales y recortes laborales, como si ello no fuera a suponer un incentivo a los empresarios para empeorar nuevamente la calidad del empleo y los salarios. Los forofos, de los que andamos sobrados, se maravillaban con la medida y ni se despeinaban en las redes sociales.

Sin embargo, una vez implementado el IMV, la regulación estableció que dicha protección estatal se pudiera recibir teniendo un empleo sólo en la medida que complementase su remuneración hasta llegar a su importe íntegro si es que este era de tan mala calidad que no lo alcanzaba, o sea, a ese umbral "mínimo vital" (decidido por el gobierno) de cuatrocientos y pico euros mensuales por barba como mucho, y cuando a los trabajadores en apuros se les dejó con un ingreso todavía menor del que les habían prometido, o diréctamente se les colgaba el teléfono, a muchos forofos confesos y otros no tanto del progresismo se les pasó casi repentínamente su fantástica emoción.

Así que, como la realidad laboral y social en España es la que es, y como mandan la OCDE o la "troika", que se volvió mágicamente invisible cuando los de "la otra Europa con Tsipras" y luego sin él terminaron de pactar la deuda, hay que asegurarse bien de pagar la próxima y no pasarse demasiado con el gasto público, y sus representantes redujeron la magnitud de esa prestación que se puede recibir simultáneamente con el empleo, pero manteniendo esa idea de una cobertura independiente de su baja calidad y del desempleo, que fomentan sus políticas. Menos mal que sus huestes e intérpretes más "radicales", esos discretos influencers del movimiento obrero que a veces hacen como que saben sobre él, se mantienen fieles a la idea original de la prestación, que para eso está, para cubrir el desempleo, junto con el empleo que se ofrece.


Lo que nos queda

Lo mínimo es que quienes han solicitado esos pocos cientos de euros como mucho por lo menos puedan cobrarlos, pero en el rápido contraste anímico de aquellos que ayer les decían lo que esa idea se supone que iba a ser, y que luego se volvieron más silenciosos, hay una oportunidad para comprender los motivos principales de la frustración. Una cosa es que el Estado proteja todo lo que sea posible la situación del desempleo: para eso hace falta la implementación de una prestación pública, incluso en el capitalismo. 

Ahora bien, creer que se puede mantener, desarrollar o incrementar su gasto hasta convertirla en un ingenioso comodín de las luchas que estén por venir, en una poderosa aportación para el desempeño de las negociaciones y conflictos laborales, mientras sigue aumentando el desempleo contínuo o discontínuo con cada rebrote de la crisis y sus responsables desconectan su propuesta de esta realidad, es una chaladura además de una tomadura de pelo. 

Y aceptarla para, encima, no afrontar que lo que buscan sus promotores es hacernos olvidar las reformas laborales y sus consecuencias, tanto las que prometieron derogar, como todas las demás con las que nos han hecho tragar, como las que vayan a implementar en el futuro, es ya una imbecilidad. Nuestras necesidades no pasan por subsidiar a las empresas con dinero caliente de los impuestos que pagan los trabajadores: ni en la forma directa de las subvenciones y exenciones fiscales, ni en la indirecta de un complemento público al exiguo salario que pagan por nuestro trabajo, que es como premiarles por lo bien que lo están haciendo para que sigan así.

Sólo luchando por el empleo, organizándonos contra el paro y la creciente inestabilidad laboral y por la elevación de los salarios que cobramos por trabajar, podemos aspirar a detener la defenestración de las prestaciones y coberturas públicas y de los estándares materiales y de vida que hemos conocido. Ello tiene que ir unido a una mirada internacionalista que comience a plantear, como poco, la necesidad de la unidad de acción a escala europea.

viernes, 6 de noviembre de 2020

Ultraderechistas y anarcocapitalistas al acecho del malestar social

Por Arash

La concentración del pasado sábado 31 de octubre en Logroño estaba convocada en una zona céntrica de la ciudad. Por ese motivo pude presenciar en directo, por estar paseando allí sin haberme enterado siquiera de la convocatoria, lo sucedido en aquella justo a partir del momento en que se empezó a escuchar alboroto y unos individuos prendieron unas bengalas, antes de que una multitud se acercara a la sede de la Delegación del Gobierno en La Rioja, al lado de la zona de convocatoria en la capital autonómica.

Recuerdo haber visto, en bastantes de los participantes, unas cuantas mascarillas de esas que se pusieron pronto de moda entre muchos de los peatones de la calle, con los colores rojigualdos al estilo del brochazo de un pincel o un subrayador, y que se parecen a los que llevan pintados los vehículos de la policía nacional; una bandera nacional, con esos mismos colores y llevada a la espalda por un asistente; y otra bandera libertariana de color dorada, con la entonces desconocida para mí inscripción en inglés de "Don't tread on me" ("no me pisotees") y enarbolada por algún "freak" que no me extrañaría que hubiera participado en el jaleo, algo que no obstante desconozco, porque no me quedé allí para comprobarlo.

También vi una de esas famosas caretas inspirada en la serie de cómics "V de Vendetta" (no los he leído ni lo voy a hacer pero la versión cinematográfica es un bodrio de tres pares de narices) que un tipo llevaba puesta de sombrero, que por alguna razón también era habitual en esos ambientes chungos y místicos, y a veces también anarcocapitalistas del 15-M, un fenómeno bastante mediático en el que se hablaba del "despertar" repentino de los ciudadanos y cosas así, aunque de espontáneo tampoco tenía mucho, y lo saben algunos de sus promotores y propagandistas más insospechados.

Las consignas más escuchadas del episodio fueron "libertad" y "Pedro Sánchez, hijo de puta", que creo que representan bien el estado de ánimo y la tónica del evento. La primera de aquellas consignas, la de "libertad", también se ha coreado en otras manifestaciones de localidades europeas contra los nuevos confinamientos de la segunda oleada pandémica, Italia que me venga ahora a la cabeza. La traducción que tiene aquí esta consigna es una mezcla "reivindicativa" de libertades para los individuos y de lucha contra la "dictadura social-comunista"... de los progres.

En general, pude apreciar cuatro tipos de perfiles en la manifestación:

  1. Hooligans y aficionados al fútbol venidos de otra ciudad, pertenecientes a cierto grupo de ultraderecha. No soy nada futbolero aunque me enteré allí mismo de que estaban presentes, y vi que fueron quienes encendieron unas bengalas y lanzaron los primeros petardos en un pogo que habían formado, antes de dirigirse a la Delegación del Gobierno mientras espetaban las anteriores consignas.

    Seguramente fueron los principales provocadores, lanzando algún que otro objeto ligero a la policía que custodiaba la sede de la anterior, y moviendo y quemando algunos contenedores de basura en diferentes puntos, o atizando las cristaleras de algún comercio, a medida que algunos furgones y unos pocos antidisturbios a pie les iban disuadiendo.

  2. Muchos adolescentes, que se encontraban en las zonas céntricas de la ciudad, pasando la tarde del sábado en la calle antes del comienzo oficial del toque de queda, a las diez de la noche. Cuando terminó la calma del evento fueron siguiendo los distintos núcleos de altercados que iban apareciendo en los alrededores de la zona original de la convocatoria, aunque manteniendo una relativa distancia que a veces no servía para distinguirles, desde lejos, de los auténticos provocadores.

    Algunos de ellos fueron al día siguiente a limpiar la zona en la que se habían producido lanzamientos de objetos y algún destrozo, y como no, dos de los principales dirigentes políticos del país, el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el de la oposición, Pablo Casado, aprovecharon la ocasión para arengar a la población con el llamado a la unidad ciudadana y patriótica contra el enemigo de la pandemia, cosas que siempre dicen junto con lo del "bien común" para que parezca que las consecuencias de esta crisis económica y sanitaria las estamos pagando todos por igual.

  3. Hosteleros propietarios de bares y otros negocios, algunos con la mascarilla de "#Salvemoslahostelería", conocida por estos lares y no sé si en otros, y que según el diario La Rioja sumaban alrededor de unas cuatrocientas personas. Tanto en el día anterior como en otros de la semana precedente, también fueron convocadas manifestaciones contra el cierre de la hostelería local, algo que no puede pasárseme desapercibido en medio de la tónica conspiranoica y negacionista de algunos sectores, aunque sin que en ellas se hubiese llegado a producir ningún enfrentamiento violento.

    Considerando esas otras convocatorias a medida que se fueron sucediendo en diferentes días, no he parado de pensar que, en primer lugar, y según la ENCT (Encuesta Nacional de Condiciones de Trabajo), el sector turístico y hostelero concentra los salarios más bajos de toda la economía española, y con la aplicación de los ERTE, todos los camareros y demás trabajadores por cuenta ajena de la hostelería han visto reducidos aún más sus ingresos.

    Alguno de ellos también me contó que incluso en otros casos, y esto incumbe a una parte de los propietarios del sector, fueron despedidos de antemano por sus empleadores antes de que tuvieran que aplicárselo, y también me han hecho saber sobre el roce o "fricción", hacia algo o alguien, del empleador hostelero que se deriva de su obligación de abonar las cotizaciones respectivas al empleado o empleados que fuesen incluidos en el ERTE tras el cierre.

    En segundo lugar, la situación de los autónomos en la hostelería es tan compleja como todo lo que se quiera pensar, lo que significa que hay muchas realidades diferentes que conforman su realidad agregada. Una parte de los autónomos, en todos los sectores en general, se encuentran en una situación complicada, de importantes dificultades económicas, y otros autónomos de cualquiera de esos sectores no lo estarán tanto.

    La emancipación individual del capitalismo, aunque sea una frustrada y de pequeños y medianos "emprendedores", pasa por ir externalizando cuotas variables de la participación laboral personal en los demás, algo que se puede hacer o no (es una opción sujeta a ciertas condiciones sociales) cuando se tiene un capital, y ya sabemos entonces lo que pasa con los ingresos de cada uno cuando esto llega a suceder.

  4. Lumpenproletariado urbano. A algún conocido ví merodeando por la zona cuando se produjeron los altercados, aunque no participando en ellos, y algunos dudo siquiera que en la convocatoria. Hace tres días, sólo tres después de la manifestación en cuestión, dos policías locales se presentaron en mi casa porque los datos domiciliarios de la persona a la que buscaban, alguien con quien creo que llegué a jugar alguna vez al futbol en la cancha del colegio donde estudié y cuyo nombre obviamente no mencionaré, coincidían en todos los campos con los míos excepto el número del portal, que es el que está justo al lado y con el que los dos uniformados lo confundieron.

    No es una conclusión precipitada el mencionarlo. Esta ciudad no es un pueblo pero tampoco es tan grande como para desconocer absolutamente todo sobre todos los demás, y ya dije que anduve en el lugar de la convocatoria. Sin duda, la sóla mención de este maltratado sector de la población dará de qué hablar, pero con suerte dará también que pensar.

    Quisiera aclararles a los posibles opinólogos malpensados y a los atormentados por lo sociosimbólico, con los que me querría evitar "encontronazos" de cualquier tipo, que para el que escribe estas líneas hablar de un lumpen (yonkis, putas, maleantes, sintecho, etc) no es ninguna forma despectiva de referirse a nada, al igual que por cierto tampoco lo fue cuando lo hizo Marx en sus escritos, como se deduce de una lectura de los mismos, si estas últimas se hacen libre de ideas preconcebidas sobre lo que uno se va a encontrar en ellas.

    En el proletariado, del que forman parte todos aquellos que sólo pueden vivir e intentar progresar en la vida mediante el empleo de su propia fuerza personal física y mental, hay ciertas capas y sectores que pueden encontrarse bajo unas circunstancias sociales y económicas que podrían desaparecer pero que en la sociedad capitalista van, como tantas otras en esta vida, mucho más allá de ningún voluntarismo, por mucho que no pretenda necesariamente legitimar sus posibles consecuencias.

    Por eso la exclusión social debe tratarse desde un punto de vista estructural, desde una perspectiva clase, comprendiendo cuál es la realidad social que hay por conocer detrás de las distintas formas habidas de buscarse la vida, para evitar caer en la estigmatización de ningún sector o "colectivo".

 

Durante estos días, hay quienes han estado publicando en las redes sociales sus posturas personales sobre esta convocatoria que, al referirse a un evento local, han estado más a mi alcance que de costumbre, cuando un acontecimiento concreto relevante como este se produce lejos y suscita más interés en otros a quienes desconozco. Básicamente, se ha estado especulando con la posibilidad de un vínculo evitable de afinidad entre el lumpen y la ultraderecha

Pero lo que más me ha llamado la atención no es eso, sino que en ninguno de esos pronunciamientos he sido capaz de detectar el más mínimo esfuerzo por comprender por qué existe un lumpen, y sería un error garrafal creer que esos motivos que explican su aparición, e incluso el riesgo de que crezca tras la implementación de distintas medidas ante la emergencia sanitaria, no explican también la ascendencia de la ultraderecha ni tienen que ver con las manifestaciones y algaradas violentas como las que se han estado produciendo últimamente.

Si la clase de los desheredados llega a verse en esa situación extrema, que es a la que conduce la exclusión social, es porque concurren a día de hoy dos circunstancias, la primera fundamental y la segunda derivada de la anterior. Se trata primero del desempleo, y segundo de la desprotección ante el desempleo. El problema se muestra en toda su plenitud cuando la supuesta utopía delirante de algunos y la ilusión política del cambio se vuelven desilusión y frustración porque siempre estuvo vacía y fue una patraña.

Hace cuatro años, Marcos Roitman se refirió al big data, en un artículo a mi parecer acertado y muy bien sintetizado, como un "basurero mundial en el cual se depositan las excrecencias" y en el que se crean "perfiles sicológicos donde emergen gustos, obsesiones, preferencias literarias". Ese caótico espacio virtual no sólo de opiniones sino también del pensamiento débil, que los maestros del teclado multiplican en sólo 280 caracteres (no muchos más en Facebook) terminó facilitando la creciente influencia del liberalismo en la Europa de nuestros tiempos, que cruzó imparablemente el charco desde Norteamérica.

En el caso de las versiones ideológicas españolas que se ubican en el eje izquierda-derecha, tenemos las que actualmente representan el PSOE o Unidas Podemos, más o menos cercanas y agrupadas a la izquierda, y a cierta distancia de las anteriores se encuentran las que representan las derechas, algunas de las cuales apuntan maneras y coquetean con el fascismo, como bien se sabe. 

Por un lado, las versiones de izquierdas son las que hasta hace no demasiado eran social-liberales, y lo de "social" para referirse no sólo a las políticas que aplican cuando alcanzan el gobierno, sino incluso a las que prometen cuando están en la oposición, que nunca han sido las mismas porque aún no se les ha pasado la borrachera electoral, lleva tiempo convirtiéndose en un abuso del lenguaje.

Quisiera aclarar antes de proseguir, que no comparto lo más mínimo la decisión que las centrales sindicales mayoritarias, UGT y CCOO, tomaron apresuradamente en marzo, cuando corrieron a toda prisa a firmar con las principales asociaciones patronales la vía de los ERTE express, como si lo más lógico del mundo fuese liberar a los empresarios de los sectores no esenciales y paralizados de la producción, del coste económico de vida de quienes se quedaron sin empleo, y descargando ese coste sobre las arcas públicas. En realidad sí era lógico, pero en un sentido muy determinado.

La excepcionalidad de una crisis sanitaria que, al sumar sus efectos a los de la crisis económica del capitalismo, está teniendo unas brutales consecuencias sobre las ya golpeadas familias trabajadoras, justificaba con creces la búsqueda de esas medidas excepcionales en lugar de la de los ERTE. El Estado tiene una naturaleza de clase, y eso se nota con la mayor o menor facilidad con la que se abre o se cierra el grifo del gasto, en función de quiénes sean los destinatarios de la renta que se transfiere.

Por supuesto, nada de lo anterior niega tampoco lo ruin y sucia que es la manera de dejarles a los trabajadores sin el ingreso asociado al ERTE, cuando se aplican despidos en las empresas justo antes de que las autoridades políticas decreten el cierre y ello obligue a la inclusión de esos trabajadores en el mismo, que pactaron los sindicatos de concertación. Y la ausencia de exoneraciones a las aportaciones de los empresarios a la Seguridad Social de los trabajadores, en los ERTE aplicados después de la finalización del estado de alarma decretado en marzo, no lo justifica en absoluto.

Pero esos despidos tan "convenientes" en la hostelería local han sido posibles por la modalidad temporal de contratación, que todos los gobiernos nacionales, de todos los colores y signos políticos, han estado promoviendo y facilitando durante cuarenta años en la legislación con el objeto de abaratar los costes del despido, incluidos los que han sido ostentados y sostenidos por partidos de izquierda.

El que la equiparó jurídicamente a la modalidad de contratación entonces indefinida fue el PSOE, que en 1984 reformó el Estatuto de los Trabajadores para eliminar la causa objetiva del despido (descausalización del contrato), lo que significa que desde entonces, los empresarios te pueden hacer contratos temporales y encadenarlos a su conveniencia aunque la naturaleza del trabajo concreto que estés desempeñando sea permanente.

Lo mismo que me cuestiono a diario que haya que volverse un forofo del gobierno de los progres cuanto más "a la derecha" se desplazan la derecha y también la izquierda, también me pregunto si acaso hay quienes pretenden hacer borrón y cuenta nueva con la realidad del sector hostelero, como si nada hubiera pasado antes de la covid.

Algo similar me pregunto con respecto al sector del ocio y espectáculos, que conozco un poco, en el que también está instalada la precariedad laboral y la ausencia de garantías jurídicas, y respecto al que fueron convocadas también concentraciones hace semanas en esta misma localidad.

Por otro lado, ya entre los partidos a la derecha se encuentra Vox, un peligroso partido compuesto por una mezcolanza de liberales de ultraderecha y de fascistas provocadores, capaz de convocar algaradas, y es que en los tiempos en los que vivimos bastan unos cuantos tweets para organizar concentraciones y manifestaciones.

No estoy exagerando cuando afirmo que esa es su composición ideológica. Vox propuso rebajar el IVA de la luz durante el estado de alarma de marzo, algo muy preferible para las compañías energéticas como Endesa o Iberdrola antes que bajar sus desorbitados precios. Esa es parte de la oligarquía capitalista cuyos intereses representan. 

A nodo de recordatorio, el día de la caravana del 23 de mayo, el mismo en el que los miembros y simpatizantes de esta formación recorrieron la Gran Vía de esta ciudad riojana en coche, hubo quienes intentaron expresar y mostrar su rechazo hacia lo que significan Abascal y compañía que fueron identificados por la policía, y algunos de ellos incluso perseguidos y luego agredidos por unas ratas subhumanas a su servicio

La apuesta ideológica fascioliberal, por cierto, ya comenzó a ser explorada en su día por el PP, no solo con Pablo Casado sino durante el gobierno salvajemente antisocial y represor de Mariano Rajoy. 

En segundo lugar, tenemos a toda la estela libertariana (liberal "libertaria", o libertaria en la acepción anglosajona) que muchos confunden desastrosamente con la orientación socialista del movimiento obrero histórico y algunas de las organizaciones que, excepcionalmente, aún la expresan, o que mantienen un carácter de clase. Afortunadamente, ninguna de estas últimas tiende a ser hermética pero ello también quiere decir que hay que estar atento porque esa permeabilidad podría serlo también ante lo dañino por ajeno a su tradición solidaria.

Es evidente que los anarcocapitalistas, minarquistas y libertarianos llevan un tiempo intentando colar sus características ideas de la libertad y la autonomía instrumentalizando la situación de aquellos a quienes, ante el desempleo más o menos continuado, se les niega la posibilidad de acceder a una prestación pública, y ello incluye la modalidad contributiva de la misma, hacia la que tienen un particular desafecto porque está directamente condicionada al trabajo, es decir, a las aportaciones de cada trabajador a la riqueza. Sé que tienen cierto exito porque lo veo a mi alrededor, y de lo contrario no se podría entender el de ciertos grupos en alentar la participación en protestas como las que han transcurrido estos días en diversas ciudades del país. 

No hay ninguna necesidad de oponer los conceptos de la contributividad y la no contributividad a la hora de considerar cualquier partida social, pero en eso consiste precísamente el asistencialismo no contributivo con el que la izquierda oficial está enfrentando las distintas necesidades de nuestra clase: jubilados y activos, fijos y temporales, trabajadores con y sin derechos, asalariados más o menos explotados...

No se si me estoy explicando. La prestación ideal tal y como se la imaginan las izquierdas, es decir la que pretenden implementar, pasa por eliminar prestaciones realmente existentes de las que se benefician distintos sectores de trabajadores, y en el seguidismo hacia esa tendencia de autoenfrentamiento y división de clase, la ultraderecha encuentra una manera de llevar el malestar hacia su terreno, que es el darwinismo social y el sálvese quien pueda.  

Los planteamientos libertarianos más ligeros y fáciles de digerir se empiezan a metabolizar cuando se pone en duda que, mientras sigamos en el capitalismo, y no parece que los acontecimientos políticos y sociales marquen otro rumbo en la actualidad, los servicios tienen que ser no sólo proporcionados sino garantizados económicamente por el Estado para poder ser auténticamente públicos, y que para defender la prestación de los mismos hay que defender prioritaria y obligatoriamente el empleo porque sin este se termina lo que distribuir.

Tener claro lo anterior no significa engañarse a uno mismo creyendo que la naturaleza del Estado no sea de clase (de la clase capitalista para ser exactos) o que todo lo que fue arrancado mediante la lucha de clases en el pasado, incluida la sanidad, las pensiones y la seguridad social en general, pueda durar para siempre, porque lo público y lo privado no pueden convivir indefinidamente y eso lo saben los solidarios, los que aspiran a construir un mundo nuevo.

Pero cuando se aceptan esas corrientes literarias que mezclan y confunden trabajo y alienación, y que a veces se aderezan con una pizca de pachamamismo (religión de una parte de la población andina), en vez de combatir y denunciar aquellas corrientes porque a menudo se creen inofensivas, se termina interiorizando el individualismo más ramplón, y ahí es cuando empiezan a calar esas ideas peligrosas.

Ello explica parte de la indiferencia hacia el estado actual del sistema público de pensiones (forma social y solidaria de ahorro de los trabajadores para la jubilación) y lo que significa el Pacto de Toledo de cara a su sostenibilidad, y la incomprensión de que este y otros déficits son artificiales y resultan de la descontabilización de los PGE (Presupuestos Generales del Estado) a la hora de considerar el presupuesto disponible para el gasto público.

Muchos de quienes se dicen o consideran libertarios a título individual, siendo en realidad libertarianos, no creen posible ni pretenden demostrar, en donde se demuestran las cosas, el terreno de los hechos, que el desarrollo de nuestras capacidades dependa de quienes en el capitalismo constituimos una clase social (por un lado la parte asalariada, que es la que se enfrenta diréctamente a la realidad de la explotación cuando se lo propone, y por otro la parte dependiente o incluso desamparada), adoptando en su lugar la fé en ese supuesto límite o equilibrio de la naturaleza a la que sacralizan, que no es otra cosa que una justificación de la crisis económica y sus consecuencias: el desempleo y el empleo de mala calidad.

Hay otras cuestión que quería comentar, y es que la segunda oleada pandémica no es como la primera de marzo y los meses inmediatamente posteriores que le sucedieron. Las medidas de contención más duras que se pueden aplicar para evitar el incremento de los contagios y la propagación de la enfermedad, los confinamientos, generan un lógico malestar que hay que comprender en cada caso.

Durante este pasado verano, ningún gobierno, de ningún nivel administrativo en el país, progre o abiértamente conservador, ha invertido nada de lo que hacía falta en sanidad o transporte públicos, para costear personal rastreador y médico o para incrementar la frecuencia de circulación de los trenes metropolitanos en ciudades como Madrid. 

A la falta de medidas estructurales y más o menos centralizadas, hay que sumarle que tantas empresas hayan estado escatimando en medidas de seguridad y de contención. En la que he solido trabajar yo, incluso dijeron que no había presupuesto para pagar un protocolo básico anticovid.

El capital y sus gobiernos, sean del color que sean, han eliminado la posibilidad de aplicar otras medidas de contención de la enfermedad probablemente efectivas y económicamente menos traumáticas que el confinamiento, y menos mortales porque los hospitales se están saturando otra vez, por mucho que la edad de los ingresados no sea tan elevada. 

Los distintos mariachis parlamentarios buscan puntos intermedios en la capacidad de actuación para modificar y "aplanar" la curva de contagios, porque todos ellos obedecen al mismo poder incuestionado y no desean tocar ni alterar los beneficios empresariales. Por eso tampoco aplican políticas sociales ni han incrementado el gasto en la protección al desempleo, lo que explica la decisión de no decretar o de retrasar al máximo posible los decretos de cierre de empresas, promoviendo que los dueños de cada una de estas hicieran lo que quisieran, y situando a los trabajadores en la difícil tesitura de quedarse en casa sin ingresos o con unos muy reducidos, o bien ir a trabajar arriesgándose al contagio, e incluso jugándose la vida.

Sin embargo, el cierre total decretado en marzo sí que estaba, a mi entender, complétamente justificado porque la magnitud de la emergencia sanitaria no era entonces previsible como sí ha sido el nuevo rebrote general de Europa, y aún así, desde el empresariado existieron siempre iniciativas contra el confinamiento y los cierres. 

Esas iniciativas pasaban pues por denunciar el cierre, incluso cuando se precipitó la situación en marzo, mientras los empresarios que podían aplicaban una "economía de guerra", reorientando su producción hacia los sectores esenciales y continuando la generación de sus ganancias. Por eso quienes secundan dichas iniciativas empresariales incluso ahora, en la segunda oleada, están cerca de las tesis conspiranoicas y negacionistas: miran por sus ganancias y su dinero, no por la salud pública, y estas tesis les convienen. 

En marzo, este último tipo de manifestaciones se hicieron más patentes en países como Brasil o Estados Unidos, donde los séquitos del trumpismo salieron con los coches a gritar consignas contra el comunismo o contra China, lo mismo les daba. Pero sin ir más lejos, el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, dijo en relación a la primera oleada aquello de que estaba "a favor" del confinamiento general... pero en contra del decreto del cierre.

La clase trabajadora se movilizó justamente contra eso que proponía Garamendi, que es lo que el gobierno de la Ayuso puso en práctica con el confinamiento selectivo de los barrios obreros y más depauperados de Madrid, la mayoría (no todos) situados en el sur de la ciudad, mientras se la jugaba en el metro.

Sé a ciencia cierta que una parte de los autónomos hosteleros que acudieron a la manifestación del pasado sábado, me refiero a los pocos que yo mismo reconocí porque viven cerca de mi barrio, o bien los que me han dicho que acudieron, no tienen afinidad alguna por los partidos o grupos que alentaron la convocatoria.

Eso no significa que esos partidos y grupos no puedan tener influencia y gozar de una simpatía entre los propietarios hosteleros de mayor nivel, previsiblemente entre los dueños de varios locales de ocio nocturno y discotecas a lo largo de la ciudad, y no necesariamente de una tasca o una taberna, que también podría ser el caso.

La mejor garantía que veo para evitar o impedir que esa indeseable influencia pueda crecer es la antes citada organización de clase, que ponga sobre la mesa los intereses urgentes y específicos de camareros y trabajadores asalariados de hostelería y otros sectores, sin hacer ningún borrón y cuenta nueva y sin olvidar todo lo que ha ocurrido hasta ahora. 

De lo contrario, sectores crecientes de autónomos y pequeños propietarios pueden quedar engatusados alrededor del negacionismo y de quienes representan ciertas organizaciones, en particular los fascistas de Vox. 

Y por supuesto, hay que ser responsables a la hora de conceder credibilidad a las convocatorias que se hagan, y preocuparse por conocer cuál es el origen de las mismas. Hay quienes a sabiendas del peligro que entrañan algunas se aventuran a defender la participación en ellas, y pueden contribuir a prepararte un Euromaidan en un momento aunque sea en miniatura. 

La que hay convocada para mañana sábado 7 de noviembre en Madrid, alentada por la agente de policía antidisturbios Sonia Vescovacci, no genera dudas acerca de su naturaleza. 

viernes, 18 de septiembre de 2020

Los progreliberales (la izquierda) tampoco salvarán las pensiones y servicios públicos de la clase trabajadora

Por Arash

La falacia que divulgan los tecnócratas no consiste en afirmar que haya cuestiones técnicas que abordar. Eso ya lo aceptamos, sin pretender dar lecciones en saberes ajenos ni mucho menos adoptar una postura de tintes criminales, los que asumimos que hay una naturaleza por conocer y también una existencia que debería ser merecida con la lucha, porque nada en esta vida es regalado ni se tiene sólo por nacer y ser humano, al menos por lo que respecta a la clase de los desheredados.

Su mentira consiste en hacer pasar por aquellas primeras cuestiones técnicas las que son económicas y políticas, como se ha estado haciendo desde la derecha, durante los últimos decenios, con la difusión de una propaganda malthusiana y sociodarwinista contra el Sistema Público de Pensiones, asegurándose que no tiene solución y que cada uno debe ahorrar por su cuenta lo que pueda en los planes privados y fondos de capitalización que promueven los bancos y las aseguradoras.

El liberalismo vergonzante de la izquierda no es exactamente ese sino el ecológico de apariencia más progresista, pero es igual de impertinente y contraproducente que aquel. Porque el liberalismo es lo que es, no las supuestas virtudes que creen ver en sus aspectos económico y político, que a menudo presentan por separado como si no tuvieran nada que ver el uno con el otro.

No hace falta retroceder doscientos años hasta la revolución francesa para reivindicar y defender unas irrenunciables libertades políticas que quienes detentan el poder -no es ganar unas elecciones- miran con desconfianza, porque ya no necesitan ni les conviene que las ejerza el resto de la población, la clase trabajadora para ser más exactos. 

Elegir de entre lo que nos ofrecen los mariachis del Congreso cada vez tiene menos que ver con su ejercicio, y la democracia que llamaban "participativa" sólo era el populismo de unos preparados con título, como el de quien iza las velas de un galeón para ver hacia dónde soplan los vientos electorales que le llevan a su "asalto a los cielos" parlamentarios. 

En este caso, lo que por un lado ha estado siendo todos estos años una calculada afirmación más o menos explícita, según esta que hay demasiados jubilados como para poder sostener el Sistema Público de Pensiones y, por añadidura, el de la Seguridad Social en su conjunto, permea y se interioriza en la forma de una sutil insinuación genérica, que se expresa a veces en consideraciones como la de que en este planeta, al parecer, no cabemos todos, que hay que vivir con menos sin aclarar de qué y quiénes, o que hay que dejar espacio para los que vengan después. Y se quedan más anchos que largos.

Resulta, según ellos, que el problema ya no es el capitalismo y sus inevitables ciclos de expansión y contracción, que sacuden a sus víctimas con cada nueva vuelta de tuerca sumiéndolas en la escasez material, sino lo que denominan como "la carrera enloquecida hacia el crecimiento". 

Desde su planteamiento se trata de presentar el detenimiento de la evolución del PIB, que viene caracterizando la tendencia general de las principales economías del mundo desde la Crisis del Petróleo, así como la práctica parálisis de las tasas de natalidad a escala global, como si fueran algo deseable, la senda de un mejor porvenir para la humanidad.

Así tienden a considerar el declive de la sociedad burguesa ante la completa falta de una alternativa real, creíble y plausible, tan necesaria en este período como ausente de cualquier proyecto, en la que el capital cada vez es menos capaz de garantizar siquiera un sustento que no sea aquel que permita simplemente sobrevivir, dejar alguna descendencia y poca cosa más. Lo básico o mínimo necesario para intentar mantener a flote la tasa de ganancia.

Aunque el pensamiento débil lo esconda tras la ilusión de un cambio, uno enseguida se percata de la ausencia de esa alternativa, si quiere, a nada que escarbe en esa parida de la socialdemocracia de reclamar derechos sólo por ser humano. Evitan y tratan de neutralizar la lucha de clases evocando el derecho natural.

Su universalismo no es mucho más que una fina capa de moralina republicana que encubre en lo que llevamos de milenio el enorme escepticismo social y político del último tercio del siglo veinte, algo lógico y comprensible porque es cuando se terminó la "bonanza" de la posguerra europea y comenzó la época de vacas flacas, y su poca credibilidad ya no resiste más la enorme frustración psicológica de la que se sirve un prefascismo peligroso aunque terriblemente más inteligente que quienes dicen enfrentarlo, que se extiende ante la falta de la organización de clase que necesitamos.

La ideología que alimenta esa frágil ficción y la desidia que la acompaña es la de un supuesto equilibrio de la naturaleza en el que se cuestiona, en medida variable y más o menos directa, la propia presencia de nuestra especie, y que trata de aparentar una incierta base científica con la que se pretende confundir.

El éxito de la clase dominante en imponerla queda manifiesto con la imaginación de esa hipotética prestación que recibirían, supuéstamente, todos los habitantes del mundo mundial "solamente por el hecho de existir", relativamente extendida entre sus electores. Así de fácil dan por hecho lo dado.

De esta forma, cobrar una baja por accidente laboral o doméstico, la jubilación después de haber atravesado la etapa activa de la vida, o el paro cuando la cosa se pone fea en el capitalismo, se convierte ni más ni menos, dicen, en un sistema "burocrático y paternalista y que no funciona". Para qué defenderlo, pues.

Mejor que desaparezcan las prestaciones y los "dispositivos condicionales", darles cuatrocientos euros en su lugar a cada trabajador y que se busquen la vida, que los pobres ya saben lo que hacer con el dinero y no se lo van a gastar en chupitos y en un par de porros. Como si el importe de esos subsidios y "ayudas" que promueven llegara para mucho más.

Es cierto que esas nuevas prestaciones no son ni serán tal y como las siguen creyendo y vendiéndonoslas desde antes de haber empezado a implementarlas, y desde el principio había algo de estúpido, y también mucho de interesado, en soñar con una prestación inexistente en lugar de defender las que sí existen de verdad, y hay algunas de las que quieren que hablemos lo menos posible estos expertos en marketing electoral. La pregunta no es por quiénes se sacaron de la manga aquella con la que hacen fantasear a sus forofos sino por cuánto.

En lo que sí son consecuentes a la hora de aplicarla, la llamen como la llamen, es en financiarla a partir de los recortes o ahorro en pensiones y otras prestaciones monetarias, y quien sabe si también continuando los que ya ha padecido el Sistema Nacional de Salud u otros elementos del denominado "Estado del bienestar", con el fin de evitar redundancias en el gasto de la misma.

La trampa es que su prestación imaginada y prometida es la leche, pero aún así el personal se echará las manos a la cabeza a posteriori y atropellará al político que pille por delante cuando se de cuenta de que le han dejado sin su jubilación o su prestación por desempleo, quizás repitiendo aquella tontuna reaccionaria del 15-M de que todos son iguales pero ya en versión Vox, en vez de haberse preocupado de conocer qué opción estaba aceptando.

Desde su profundo individualismo tampoco ven unas determinadas relaciones de producción sino a personas aisladas, y por eso no se les puede pedir que entiendan qué es la alienación, que reducen a sus consecuencias psicológicas, por cierto nada desdeñables, y encima lo hacen de una manera bastante mediocre. Por esa razón la solidaridad les parece conservadora, lo que pasa es que no la denominan como tal cuando la denuncian en sus canales y medios de comunicación no vaya a ser que algún votante menos despistado se percate, mientas la confunden con la caridad -laica, eso sí- por la que la reemplazan desde las instituciones del gobierno.

Incluso se presentan como los garantes de la solidaridad vecinal en los barrios obreros mientras nos hacen tragar con el Pacto de Toledo, desrresponsabilizando al Estado en garantizar la prestación de todos los servicios de la Seguridad Social, sin distinción, y pasándoles el marrón de la protección social a las golpeadas familias que residen en ellos, empobrecidas por una crisis que viene de antes y la pandemia de la covid-19 ha agravado enormemente.

El régimen contributivo es el que más les incomoda de los dos. Sus intereses electorales, que son los de buscar la respetabilidad y la aceptación de los poderes fácticos a los que obedecen en su sistema de representación, les impide reconocer de manera abierta que es justamente este el que engloba la parte más cuantiosa de la cobertura estatal.

Si los jubilados y los pensionistas se saltaron el cordón del Congreso de los Diputados el 22 de febrero de 2018 para exigir el fin de ese pacto nefasto, suscrito por las patronales, los "sindicatos" mayoritarios y todos los partidos parlamentarios hace veinticinco años, los progreliberales comenzaron una negociación con el resto de su comisión de "seguimiento y evaluación" que previsiblemente se prolongará hasta el infinito, si no son aquellos mismos los que mantienen el liderazgo de la protesta, preferiblemente junto con el resto de una clase trabajadora que está preocupantemente narcotizada.

Si los jubilados y los pensionistas exigían terminar con la separación de fuentes y restablecer la caja única, los progreliberales ignoran y consiguen que sus forofos se olviden de la propia caja de la Seguridad Social y de las cotizaciones que la financian, como pretendía en un artículo en El Salto, del pasado 16 de agosto, el licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Politécnica de Valencia Yago Álvarez Barba, para quien la economía tampoco es una cuestión política. Así se terminan justificando las recetas de austeridad que administran, pero pareciendo que no lo hacen o que no hay otra opción. 

Con ello consiguen que se imponga la separación de fuentes del Pacto de Toledo, que asfixia el régimen contributivo, y tiende a hacer depender la financiación de las pensiones y toda la Seguridad Social única y exclusivamente de los Presupuestos Generales del Estado, como ya hicieron con la sanidad o los servicios sociales en los años noventa, ligando diréctamente el sostenimiento de las pensiones, prestaciones monetarias y servicios públicos en general a los objetivos del déficit establecidos en la Unión Europea, que son los que persiguen todos los gobiernos nacionales de los Estados miembros.

En lugar de defender el régimen no contributivo como una forma de intentar asegurar el acceso del máximo número de excluidos y de trabajadores temporales a la cobertura del sistema de protección, mientras se intenta que el máximo número de ellos acceda a un empleo, se estabilizan los contratos de quienes lo tienen intermitentemente, y en definitiva se cuestiona la relación salarial para tratar de incrementar la esfera del régimen contributivo, lo que hacen los progreliberales es utilizarlo para sustituir y reemplazar este último porque aquel es más barato

Miran hacia otro lado con la contratación temporal que introdujeron y facilitaron en la legislación laboral junto con la derecha, que vuelve la empleabilidad de la fuerza de trabajo más "flexible" para el empresariado que la explota. Así que el posible y necesario reparto del empleo que a veces mencionan adquiere la misma forma que la que efectivamente han ejecutado todos los gobiernos con sus contrarreformas del mercado laboral, que sólo lo "reparten" hasta que vuelve a ser rentabilizado, empeorando su calidad y dejándose fuera a todos los demás.

Las aportaciones de los trabajadores al conjunto de la riqueza dejan de ser un criterio recaudatorio y la base de cálculo principal de la prestación pública, y el inquilino de turno de la Moncloa pasa a tener la última palabra del cómo, el cuánto y el por qué se cobra, convirtiéndose los derechos sociales en simples derechos positivos, sujetos a la voluntad de los legisladores de hacerlos cumplir o de suprimirlos. Luego hablan de paternalismo.

Después de todo ello, para eliminar o recortar la prestación de un servicio público desde el gobierno les basta con una mala explicación en televisión porque ya acabaron con el obstáculo jurídico, y si la clase trabajadora protestase, como hicieron en repetidas ocasiones sus combativos sindicatos en Grecia durante la legislatura del indecente de Alexis Tsipras, supondría una gestión menos problemática que la de llevarle la contraria a esa "Troika" que supuéstamente iban a enfrentar cuando ganaran las elecciones y ya no mencionan por motivos obvios.

Así van transformando el Sistema de la Seguridad Social en una nueva forma de asistencia de la pobreza, a la que denominan como "social" en su nefasta intención de rodear la administración del capitalismo, sus privatizaciones y los recortes de gasto público en un aura triunfalista y de patético utopismo de cortos vuelos completamente ajeno a la realidad concreta y cotidiana de los explotados y excluidos, generando las expectativas incumplidas que se convierten en la desesperación electoral pujante de los nuevos dictadorzuelos que ya andan por ahí en las tribunas presidenciales.

Es impostergable entender que, si a la pretensión de defender la prestación pública de servicios, no le sumamos, priorizándola, la de defender el empleo, como el todo único que constituye, lo único que nos va a quedar de aquella son esas trampas asistenciales y subsidios a la pobreza cada vez más raquíticos y exiguos que se están implementando. 

Del empleo de mierda que decían, viene la prestación de mierda que defienden frente a las conquistas históricas que aún no le han sido arrebatadas a toda la clase trabajadora, por mucho que haya quienes su afinidad por los diarios digitales que siguen les haga ignorarlo y no ver más allá de sus propias narices, de su círculo de conocidos más cercano en el mejor de los casos. 

Los jubilados y los pensionistas de mayor edad tienen que saberlo porque tienen una experiencia vital lo suficientemente longeva como para poder contrastar de primera mano la involución que hemos padecido al respecto, lo que no obsta para que los demás también se preocupen de entenderlo, que para eso tienen ojos para leer y sobre todo una cabeza para pensar y hacerse preguntas.

No me estoy aventurando a reprochar ahora la falta de una perspectiva y conciencia históricas, que al fin y al cabo son las de la ciencia y por cierto urgen cada vez más, sino de una que abarque los últimos cuarenta años. En este artículo del pasado 21 de abril, elaborado en el Espacio de Encuentro Comunista, se hace un repaso de las contrarreformas laborales, de pensiones y de coberturas al desempleo llevadas a cabo por los distintos gobiernos en ese período, entre otras cuestiones de interés que han sido actualizadas en publicaciones posteriores. Es responsabilidad del lector, si lo hay, entender la relación que mantienen el mercado laboral y el sistema estatal de protección, así como las sucesivas contrarreformas de uno y otro.

Si la producción capitalista ya genera una importante desigualdad económica, cuando esa producción empieza a funcionar mal, como un motor que se está gripando, y se paraliza cada vez con más frecuencia sin haber terminado de arrancar del todo tras el último episodio de recesión, esa desigualdad se dispara, porque comienza la fase de arramplar con todo lo que se pueda, quien pueda: cada uno que se pague su pensión, cada uno que se pague su sanidad... para que cada capitalista saque la máxima rentabilidad de ella. Cuando la tarta deja de engordar, cunden el pánico y las prisas entre los que mandan de verdad por repartírsela entre ellos, y los representantes institucionales y embaucadores profesionales sólo son sus mariachis. 

Por eso están implementando prestaciones estatales baratas de las que fanfarronean mientras se eliminan con su silencio las que son más caras y meten al "tercer sector" en la gestión de las nuevas, y se recortan los servicios públicos que tanto vitorean sin que reviertan los privatizados hasta la fecha, desvinculándolos del empleo y por tanto de una lucha que hace mucho abandonaron las izquierdas y reemplazándola por el paternalismo gubernamental. 

Entonces, para comenzar siquiera a enfrentar con eficacia esos recortes y las privatizaciones que antes o después les sucederán hay que defender el empleo, y los progreliberales tienen otra agenda complétamente diferente. 

sábado, 13 de junio de 2020

Hacia el asistencialismo: el fin del concepto social y solidario de la prestación

Las piruetas a las que recurre el personal para eludir cuál
es el origen de las conquistas sociales son de categoría:
que si el valor del "esfuerzo" en una
sociedad "meritocrática", la aporofobia, el mantra
del 99% (o el 80) y el credo del universalismo igualitario.
Cualquier cosa menos admitir la lucha de clases
Por Arash

"¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo? Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; [...] Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. [...] Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste."

(Fragmento de los Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844 sobre el trabajo enajenado, Marx)



La realidad y en ocasiones la crudeza de un capitalismo en crisis hace tiempo que ayuda a ponerle a más de uno con los pies en la tierra. Pero la clase dominante, que es la propietaria, aún sigue marcando la agenda política de amplios sectores de la población, a través de sus medios de comunicación y sus aparatos ideológicos.

Lo hemos visto con la relativa popularidad que han tenido los señuelos que durante los últimos diez años han sido lanzados tanto en la prensa escrita y digital, como en las televisiones y las redes sociales, frente a las iniciativas e itinerarios que nacen de la autoorganización de clase de los trabajadores, que son mucho más débiles y desconocidas.

Se podrían poner más ejemplos pero sólo en 2018 acontecieron dos episodios cuyo tratamiento mediático fue diametralmente opuesto, como sucede siempre que la clase social protagonista en uno de ellos está enfrentada en sus intereses materiales a la protagonista del otro.

De un lado, la protesta de los jubilados y pensionistas, desafiando esa agenda política y tratando de hacer del fin del Pacto de Toledo el centro de un debate público que injústamente no ha tenido lugar, en gran medida porque sólo se han preocupado de este los más conscientes de su importancia y que fueron educados en una cultura de lucha.

Ellos nunca merecieron la indiferencia e inadvertencia por la que pasaron sus reivindicaciones propias y originales, ante el desinterés de quienes también están afectados por las mismas -la mayoría de los futuros pensionistas- y seguramente estribe en esta falta de apoyo la razón del esquinazo que les dedican quienes insinúan que son los representantes parlamentarios de sus intereses.

De otro lado, la huelga feminista, que no era una huelga de clase y solidaria en la que se repartieran las tareas domésticas y se cuestionara el beneficio privado, sino una huelga de género, en la que la trabajadora explotada y sobreexplotada de la industria alimentaria o de la hostelería, de la PYME y de la ETT debía ir de la mano con la empresaria explotadora porque todas son mujeres, y los hombres trabajadores, trabajar.

Esta perspectiva desde la que fue convocada explica una intensa publicidad y cobertura mediáticas que recuerdan a la generosa retransmisión en streaming de la acampada quincemayista, a la que recuerdo haber visto hasta en los espacios meteorológicos de cierto telediario. Aclaro que dicha huelga en España fue la iniciativa de una comisión creada para tal efecto por una serie de figuras prominentes del feminismo del país, por mucho que los sindicatos la legalizaran ante las autoridades convocando a los trabajadores de ambos sexos, aunque sin cuestionarse la naturaleza del evento.

El caso es que mientras el capital ha estado imponiendo su propio "relato" de los hechos, uno de los desafíos que han aparecido junto con el empeoramiento de las condiciones laborales y de contratación de cierta parte de la clase trabajadora, algo que viene desde mucho antes de que la crisis financiera le hicieran a las clases medias saltar a la palestra, ha sido el de cómo ejercer la acción colectiva en los centros de trabajo ante la enorme falta de garantías jurídicas en que se ha traducido la descausalización del contrato, el incremento de la temporalidad y de la precariedad en general.

No voy a centrarme en ese desafío aunque sí mencionar que está relacionado de manera especialmente directa con la capacidad que tienen los trabajadores temporales de acceder a la Seguridad Social. Pero lejos de contribuir a un realce de la lucha obrera que, en una escala mayor permitiera recuperar las condiciones contractuales y laborales que, a su vez, garantizan el acceso íntegro a una pensión digna o a una prestación por desempleo llevadera, los minireformistas que aceptan las "reformas" laborales de Rajoy y de Zapatero, una de las cuales dijeron en dos ocasiones que iban a derogar y también han acabado aceptando junto con la otra, aspiran a convertir la Seguridad Social en otra cosa bien distinta, se le llame beneficencia, caridad o asistencialismo.

No es casualidad que, a lo largo del último medio siglo, el capital y sus gobiernos desplegasen su ofensiva en ambos frentes, tanto en el empleo y los contratos como en la seguridad social y las coberturas al desempleo y la vejez, y el actual gobierno "de progreso" no ha venido precísamente para revertirla.

La temporalidad contractual no justifica que ningún trabajador, tenga esas u otras condiciones, mire para otro lado sino más bien lo contrario, que comprenda y responda ante una de las agresiones antisociales más graves de los últimos cincuenta años, que es la citada transformación y defenestración de dicho sistema solidario y su conversión en una simple forma de asistencia de la pobreza, que se ha estado incrementando en los últimos tiempos.

Aunque hay quienes, ante aquellas situaciones de inseguridad en la empresa han encontrado ejemplar y excepcionalmente la manera de moverse incluso en la forma de la huelga, paralizando la actividad productiva, en ciertos casos no se ve la explotación que hay más allá de la opresión, algo que siempre dificulta el pasar a la acción en un sentido favorable.

A la primera, la explotación, se la denuncia con frecuencia casi únicamente desde un punto de vista moral, mientras que la segunda, la opresión, hace que aquella sea percibida poco más que como una realidad asfixiante o desagradable y, por tanto, indeseable. En sus Manuscritos Económicos y Filosóficos, Marx habló del obrero que en su tiempo libre se desahogaba y distraía de la lucha recreándose en cuestiones que desde el punto de vista político son banales, y en cierta medida también se puede hablar del activismo contemporáneo en un sentido parecido, como una forma disuasoria de la militancia con que algunos la confunden, hasta de entretenimiento y evasión, o incluso en algunos casos de autopromoción personal: en cualquier caso, alejada del valor práctico de la acción.

La aceptación de este reduccionismo provoca cierta inclinación a asumir la creencia en una "huida" del trabajo, no tanto lucha por la emancipación, que está en la base de los planteamientos asistencialistas, y que adquiere diversas expresiones ideológicas algunas de las cuales pueden aparentar no guardar relación entre sí. Ejemplos de aquellas expresiones son los huertos urbanos, las comunas hippies (nunca las de la revolución soviética o la de Paris), cierta pseudoteoría de la explotación o incluso el aislamiento de la civilización para "luchar" contra el capitalismo desde las lejanías.

Pero incluso si la creencia en esa "huida" del trabajo llega a alcanzar la apariencia de un "obrerismo", esta no deja de ser más que una reedición de cierto radicalismo del hijo del burgués de los setenta, y bajo esa forma se encubre ahora el desmontaje del sistema de protección y coberturas sociales de los trabajadores.

Sea como sea, lo que más debería llamar la atención no es la alienación de quienes no tenemos más opción que vendernos a cambio de un salario para tener ingresos propios, sino que haya ciertas referencias de la "progresía" que, desde sus despachos y su titulación universitaria, intenten apelar a la clase explotada de esta manera reduccionista, recordándole que su trabajo, el de aquellos a los que apelan, es una "mierda", dicen literalmente.

La flexibilización del mercado laboral ha conseguido que cada vez más trabajadores conozcan lo que es un trabajo de estas pésimas condiciones en tanto creador de valores económicos (carácter dual o bifacético del trabajo) pero aquellos académicos continúan cierta tradición de moda en los últimos tiempos que consiste en atribuir valores morales sobre el carácter útil del trabajo, y su moralina republicana rivaliza con la Iglesia católica, temerosa de que otros le fastidien el chiringuito que tiene montado. Lo tendrán difícil porque aquella goza de una larga experiencia y les lleva un milenio de ventaja pero siempre podrán hacerse un hueco en el negocio de la caridad.



1. El principio de solidaridad en la Seguridad Social y la mentira de los "derechos humanos"

Sin perjuicio de que pueda y deba ser un servicio público garantizado por el Estado, como de hecho lo fue íntegramente durante parte del siglo que nos precede, la fuente de financiación propia o característica del Sistema de la Seguridad Social son las cotizaciones sociales, que dependen de tres variables: el trabajo, el salario, y cuál sea la parte considerada en la relación laboral de explotación.

  1. La cantidad o tiempo de trabajo. Si en un período de tiempo el trabajo es mayor, también lo es la cotización, y viceversa. La cuantía de la cotización varía en razón directa a la cantidad o tiempo de trabajo. A este respecto no es igual una jornada a tiempo completo que una a tiempo parcial. Ni tampoco es lo mismo un contrato indefinido y uno temporal, siendo la progresiva facilitación de la temporalidad contractual en la legislación laboral una manera de abaratar el despido, adaptando la empleabilidad de la fuerza de trabajo a las necesidades de la acumulación capitalista.
     
  2. La magnitud del salario directo (el salario base más los complementos salariales). En una misma cantidad o tiempo de trabajo, si el salario es mayor (bien porque sea mayor la remuneración por unidad de tiempo y/o porque lo sea la suma de los complementos) entonces también lo es la cotización, y viceversa. La cuantía de la cotización también varía en razón directa a la magnitud del salario directo. No es lo mismo cobrar 1200 €/mes, que 800 €/mes, ni trabajar a 10 €/h que hacerlo a 6 €/h, pues el salario nominal es la base imponible sobre la que se calculan las cotizaciones.
     
  3. Cuál sea la parte considerada en la relación laboral. Los trabajadores asalariados y los empresarios empleadores aportan porcentajes diferentes del salario nominal (base imponible) para cada uno de los conceptos de la cotización. Conviene no confundir el origen inmediato de la cotización, que depende de cuál sea la parte considerada en esa relación (el salario en el caso de los trabajadores, el beneficio en el caso de los empresarios) con la base imponible sobre la que se calcula la cotización (el salario de cada nómina, en ambos casos), que remunera la fuente u origen primero de la cotización, o sea el trabajo. Por contingencias comunes, por ejemplo, los trabajadores aportan de su salario un 4,7 % del salario nominal, mientras que los empresarios aportan de su beneficio un porcentaje mayor de ese salario nominal, un 23,6 %, que en ese y otros conceptos se revela como una cantidad a todas luces exigua a nada que se la compare con la diferencia entre el salario y el beneficio. 

Antes del Pacto de Toledo, la financiación de la Seguridad Social mediante las cotizaciones sociales pasaba también a través de los Presupuestos Generales del Estado (PGE), que acumulan lo que se recauda mediante los impuestos estatales. Dentro de estos servicios, financiados a partir de esa caja única, estaban incluidas no sólo las coberturas dinerarias a la jubilación, la incapacidad o el desempleo, sino también los servicios médicos (Sistema Nacional de Salud, la sanidad pública), el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE, que antes de que empezara su privatización tenía más funciones que la gestión de las prestaciones monetarias por desempleo, cada vez menos contributivas y más sustituidas por subsidios y "ayudas" de cuantía irrisoria) y los Servicios Sociales.

Dicho de otro modo, el Estado, que ha solido proporcionar servicios de diferente índole -de transporte o comunicación telefónica, entre otros- garantizaba todos los servicios de la seguridad social de los trabajadores, de manera que se reservaba una partida de los PGE para complementar a las cotizaciones, por lo que estos servicios en la forma de las prestaciones médicas, monetarias y sociales de cualquier otra especie, estaban vinculados al trabajo y, simultáneamente, estaban garantizados de manera íntegra por el Estado.

De aquella manera, la defensa del empleo estaba unida a la de todas estas coberturas sociales y la responsabilidad estatal en asegurar su prestación y ello garantizaba el acceso a una cobertura digna. En esa relación entre el empleo y las prestaciones se basa el principio fundamental de la Seguridad Social.

El trabajo es la actividad creadora de la riqueza en cualquiera de sus formas, lo que incumbe y afecta a todos los sectores, y en particular a aquellos que nos ocupan: la sanidad, las pensiones y coberturas dinerarias y los servicios sociales. Por eso el trabajo es la actividad en la que se fundamenta la sociedad, cualquier tipo de sociedad más allá de su forma histórica concreta de organización.

Así mismo, si exceptuamos lo relativo a la clase que en el capitalismo organiza el trabajo y vive de su explotación, no hay nada de incorrecto en que alguien produzca el bien o servicio que usufructa otra persona, ni viceversa, en que usufructe el que produce otra distinta. El trabajo solidariza a los trabajadores y define la naturaleza social del ser humano: el problema no es la especialización en sí, sino la manera en que esta se traduce en una determinada organización social.

Esto último es especialmente importante ante las coyunturas económicas y circunstancias materiales más o menos adversas que habitualmente se le fuerza a atravesar a la clase trabajadora en una organización social y productiva concreta que es el capitalismo, como la del desempleo estructural.

De esta manera, el usufructo de la riqueza no sólo por los actualmente asalariados, sino también por los otros desposeídos del capital y demás medios de producción que, por diferentes motivos, no están empleando su fuerza laboral en el mercado, es una cuestión de solidaridad. Sin el trabajo y las correspondientes aportaciones de la parte ocupada de la clase trabajadora, la parte desocupada de la misma (ancianos, niños, discapacitados, enfermos, todo tipo de pensionistas, parados y excluidos) no podría aspirar a ninguna prestación, cualquiera que sea la forma que adopte.

El elevado grado de protección y el amplio sistema de coberturas y prestaciones sociales que un día conocimos, y en la medida en que todavía existe, se debe al principio de solidaridad, que fue asumido en la regulación de los sistemas contemporáneos de la Seguridad Social mediante la lucha de clases. De hecho, el trabajo es la actividad creadora de la riqueza, y la militancia obrera es la que explica que ciertas formas de esa riqueza fueran reconvertidas en parte de aquel sector público de servicios.

Esa vieja militancia plasmó parte de este hecho también de derecho, de manera que las prestaciones monetarias (jubilación, desempleo, viudedad, incapacidad, etc), las prestaciones médicas y prestaciones sociales de otro tipo aparecieron todas ellas vinculadas al trabajo. Se trata de los derechos sociales, cuya iniciativa proviene del combate de la clase trabajadora para que el Estado los garantizara contra su voluntad.

Así, los primeros seguros por vejez o invalidez en España no provienen de ninguno de los gobiernos decimonónicos y novecentistas sino de las organizaciones de la CNT y la UGT de la época. De igual modo, y junto con las anteriores conquistas sociales, las libertades de reunión, asociación, manifestación y huelga tampoco se las debemos a los liberales, ni al franquismo asesino sino al movimiento obrero clandestino, como el de las CCOO unitarias creadas en los sesenta, o el de las primeras sociedades obreras europeas en los inicios del capitalismo.

Sin embargo, esta otra parte de la ecuación de los logrados servicios públicos de la seguridad social no fue reconocida en la legislación de los países capitalistas. Así, lo que en ellos nunca llegó a plasmar es que fueron el resultado del movimiento obrero de dos siglos enteros y varias generaciones.

Inspirándose en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948, las conquistas sociales de la clase trabajadora se asumen generalmente como si fueran cualidades inmanentes del ser humano o meras atribuciones y reconocimientos por parte de las organizaciones supraestatales y los gobiernos, es decir, como si fueran derechos naturales o simples derechos positivos potestativos.

Bajo estas mismas banderas engañosas del universalismo y el humanismo se presenta el desmantelamiento de las prestaciones de tipo social y solidario y la implantación de la alternativa que ofrecen, que es la de los raquíticos subsidios y prestaciones de tipo asistencial, que están remplazando y absorbiendo aquellas.

Los orígenes del asistencialismo se remontan mucho antes de que aparecieran estos sistemas contemporáneos de la seguridad social, en particular a la teorización que el ideólogo prusiano Lorenz von Stein hizo en su día del Estado Social, diseñado originalmente para contener la conflictividad y la lucha de clases en la Alemania bismarckiana y aplicado con posterioridad ante el temor de que pudieran replicarse en Europa experiencias revolucionarias como la Comuna de Paris.

Las prestaciones asistenciales no se aplican sobre el principio de solidaridad sino que constituyen una forma de caridad, porque su desvinculación del trabajo convierten lo que eran derechos obtenidos con la lucha obrera, que han permitido tener una jubilación digna o un desempleo llevadero, en "ayudas" exiguas que están condicionadas a la voluntad que tenga el gobierno de cada legislatura.

Toda alusión a las conquistas sociales como si fueran derechos humanos o ciudadanos, como hacen quienes promueven el asistencialismo, esconde que son parte de un proceso histórico de luchas y confrontacion entre clases, en el que la trabajadora contiende por emplear y desarrollar sus fuerzas productivas, impugnando la lógica del capitalismo, que las desemplea y obstruye. Referenciarlas así es una manera de obviar esta contradicción entre el capital y el trabajo, y pretende apartar de la conciencia de los trabajadores la posibilidad de organizarse como clase, que es la única opción de la que pueden nacer y mantenerse los derechos sociales y no el seguidismo a ningún gobierno, sea del color que sea.

La protección al desempleo y la jubilación, entre otras, recibió una sentencia de muerte hace 25 años con el Pacto de Toledo, que era un compromiso para liberalizar el sector público de la Seguridad Social, mediante el que se buscaba desvincular del trabajo la prestación de sus servicios en el país, reemplazando las prestaciones de tipo social y solidario por las de tipo asistencial, y desresponsabilizar al Estado en la prestación de los mismos, generando artificialmente insuficiencias en el sector público y preparando así su rentabilización por el capital.

La táctica seguida desde entonces por los sucesivos gobiernos, desde que se acordó la separación de fuentes, es la de una segregación paulatina de la Seguridad Social, tanto a nivel interno, entre diferentes aspectos de la misma, como entre esta en su totalidad y el Estado.


2. La prestación como concepto y como idea

Siendo esta la manera en que estas conquistas sociales fueron recogidas en la legislación, hay que tener en cuenta que en el Estado de derecho, los gobiernos tienen que adecuarse a una serie de reglas con el fin de mantener su legitimidad democrática. Esto explica que el desmantelamiento de los sistemas públicos de pensiones y de la seguridad social en general, incluidas coberturas y protección al desempleo, hayan estado transcurriendo en países como España de manera progresiva, por etapas.

Ninguno de los gobiernos que los han estado atacando durante los últimos cincuenta años, tanto del PP como del PSOE, podría haber suprimido ipso facto las pensiones o las prestaciones por desempleo, pues no vivimos en sistemas políticos complétamente arbitrarios ni en nada que se le parezca.

Por eso la desvinculación entre el trabajo y la prestación vulnerabiliza el sostenimiento del sistema público de pensiones, las coberturas monetarias de la situación del desempleo y otros servicios públicos, ya que la prestación deja de ser considerada como un derecho objetivo, asociado al trabajo, y pasa a ser considerada una potestad subjetiva del legislador, un simple derecho positivo que se mantiene y se implementa tan pronto como puede ser eliminado de un plumazo por el gobierno de turno, tal y como ya ha sucedido en otras partes.

En este sentido, el Pacto de Toledo externalizó fuera de la Seguridad Social la sanidad pública y los servicios sociales, y expresaba un compromiso idéntico en lo que respecta a las prestaciones monetarias del régimen no contributivo, debiendo todos estos servicios pasar a estar financiados, según sus firmantes, únicamente mediante impuestos. Con la separación de fuentes, se empezaba a aislar del Estado la Seguridad Social, y se ponía en el punto de mira el principio de solidaridad.

La manera de desvincular del trabajo las prestaciones monetarias consiste en traspasarlas desde el concepto social y solidario hacia el concepto asistencial, implementándose unas prestaciones en detrimento de otras que se recortan y cuyo acceso se restringe, y eso es justo lo que está ocurriendo en España y otros países occidentales.

Como bien es sabido, la "generosidad" -la cuantía, dicho sin ironía- de las prestaciones de un tipo es bastante más limitada que la de las otras, y resulta que la promoción de aquellas primeras va acompañada de la defenestración de estas últimas, con lo que se libera al Estado de sus viejos compromisos, arrancados con la lucha del pasado.

Así, antes de la aparición de la pandemia, el presupuesto que el PSOE cifraba en su programa electoral de 2016 para financiar lo que ya entonces era su propuesta de implementar el Ingreso Mínimo Vital (IMV), medida que Podemos acordó con este partido en enero de este mismo año 2020, era de 6.450.370.086 €. Lo curioso, para quienes les interese todo esto, es de dónde enseñaban entonces que van a coger ese dinero.

Llamativamente, en el momento en que José Luís Escrivá (actual ministro de la Seguridad Social por el PSOE) aún era el presidente de la AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal), esta última organización, asesora de los sucesivos gobiernos desde que fue creada por Mariano Rajoy, publicó el pasado año 2019 un informe en el que se sugería que, para "aliviar" parte del gasto en las prestaciones por desempleo, se separasen de manera "permanente" las prestaciones no contributivas y se sacaran fuera de la Seguridad Social, ahorrándose así parte del gasto en prestaciones financiadas con cotizaciones sociales.

Hay que tenerlos enormes, como los tiene el ministro Escrivá, para enfrentar entre sí distintas necesidades actuales de la clase trabajadora (desempleo y jubilación, desempleo y viudedad, regímenes contributivo y no contributivo, etc) en los extremos de una misma balanza de gastos, pero el caso es que el ahorro que calculaba la AIReF en su informe para las cuentas de la SS si se realizase totalmente dicha operación, era de 6.400.000.000 €, número redondo que prácticamente coincide con la cantidad con la que entonces se esperaba financiar el IMV. Es raro, raro, raro.

La irrupción del coronavirus aceleró la crisis económica y obligó a inflar su presupuesto, aunque mucho menos de lo que han estado creciendo la pobreza y las necesidades sociales insatisfechas, tanto antes como después de la pandemia y, desde luego, menos que el volumen de la deuda que, una vez más, adivinen a quiénes pretenderán hacer pagar. Pero ahí queda la semejanza entre las cifras, para quienes deseen explorar más allá de lo aparente.

La derecha que junto con los fascistas lleva durante meses haciéndole la guerra al gobierno, y que ahora sale envalentonada a la calle, siempre ha sido más directa en sus intenciones económicas, mientras que la izquierda progre y limosnera ha solido preferir andarse por las ramas y hacer las cuentas de la lechera, para que parezca que le da a la clase trabajadora con una mano tanto o incluso más de lo que le quita con la otra.

En realidad, con mayor o menor sensibilidad por los afectados por sus políticas y planteamientos, tanto unos gobiernos como otros se dedican a gestionar el capitalismo y sus crisis periódicas y recurrentes, porque al final los recortes en el gasto social y las privatizaciones de propiedades y servicios públicos forman parte de la lógica de la acumulación del capital por mucha economía mixta que te vendan y, aunque no son sólo ellos ni lo hacen de la misma manera, los progreizquierdistas también la siguen con la precisión de un reloj. Esto significa que, aunque tengan más tacto, lentitud o suavidad al hacerlo, al final la clase trabajadora termina cargando igualmente con las consecuencias económicas de la salida de cada ciclo de la crisis capitalista.

Por eso el presupuesto del IMV fue calculado a partir del ahorro de las prestaciones financiadas vía cotizaciones, dando una de cal mayor que la de arena: los progres podrán administrar y dosificar ellos mismos los recortes de las mismas, o echárselo en cara a las derechas desde la oposición pero ellos también las vulnerabilizaron al convertirlas en derechos subjetivos, como hicieron los liberales "progresistas" en ciertas ciudades canadienses antes de que dichas prestaciones fueran eliminadas. Las izquierdas llevan actuando así desde mucho antes, mientras se ha estado incrementado el número de trabajadores que viven bajo el umbral de la pobreza o que están en riesgo inminente de padecerla, algunos incluso teniendo un empleo.

De este modo, excepto por el hecho de que no es ni universal ni incondicional, el IMV es un tipo de Renta Básica, al igual que otros ejemplos que se han aplicado en Europa o América del Norte, ya que se trata de una prestación asistencial, financiada mediante impuestos, se la plantea como una medida paliativa de la pobreza, y está enfrentada, como vemos, al concepto social y solidario de la prestación.

A partir de aquí, la dialéctica que mantienen concepto e idea de la prestación merecería un análisis detallado, pero ya se pueden adelantar algunas apreciaciones, que tienen que ver con la responsabilidad que el electorado atribuye a los dirigentes políticos, algo que no les pasa desapercibido a estos últimos.

Significativamente, desde Podemos (uno de los partidos del gobierno) se refieren a la prestación que han pactado en la actual coalición como el IMV "puente". Saben que de la credibilidad en poder satisfacer, aunque sea mediocremente, la ilusión que tengan sus votantes depende el que se mantengan durante más o menos tiempo en la institución ejecutiva del Estado frente a una oposición parlamentaria crecientemente agresiva, así que buscan no universalizarla pero sí extenderla, quizás unas decenas de euros en su cuantía según lo permitan los objetivos que se marquen del déficit, o en el número de beneficiarios mientras se siguen eliminando, recortando y restringiendo otras prestaciones y fulminando los derechos sociales.

Por su parte, lejos de aquí, en Finlandia, un país en el que también se han producido recortes en el gasto social, incluido el que se destina a las prestaciones monetarias, expiró hace dos años el tiempo de vigencia de una prestación experimental de este tipo que, en este caso, sí se reconoce unilateralmente como una prueba de la Renta Básica, y que fue sorteada (¡sorteada!) a 2000 parados, originalmente implementada por un gobierno de derechas con presencia de los "Verdaderos Finlandeses" (extrema derecha), y tenía un importe de 560 € por persona.

Los progreizquierdistas, sus forofos y su abanico mediático-propagandístico, también se han apresurado a intentar sacar lecciones del experimento, que algunos consideran satisfactorio. El diario Público, por ejemplo, se refiere a esta especie de lotería con las necesidades de los trabajadores fineses como un "éxito", en un artículo en el que también se cita a la ministra de Sanidad y Asuntos Sociales del país, Aino-Kaisa Pekonen, en su opinión de que "la información obtenida gracias al experimento será utilizada para afrontar la reforma del sistema de seguridad social".

Sugiero que cada cual se pregunte en qué puede consistir esa "reforma" (a cualquiera que conserve un poco de memoria le entra ya el tembleque cuando escucha esta palabra) o cómo podría traducirse en lo que respecta a la situación material y económica de los trabajadores, incluso en un país nórdico tan del gusto de los defensores del credo universalista y de los "derechos humanos". En ese artículo se dan pistas en el mismo sentido que he tratado de exponerlas, cuando se alude al "modelo de activación laboral", que dificultó el acceso a los subsidios del desempleo existentes hasta entonces, aunque no a esa prestación en particular, que fue facilitada. Sea como sea, lo que se vende como "éxito" de la medida es que no desincentiva la búsqueda de empleo, y que ha mejorado el "bienestar económico y mental" de los trabajadores.

Respecto al "éxito" en no desincentivar la búsqueda de empleo, tenemos un artículo calculado e interesado porque no plantea, en ningún momento, el efecto que probablemente ha tenido la escasa cuantía de esa prestación en la aceptación de trabajos precarios y escasamente pagados por el empleador que normalmente son inaceptables para muchos parados por su insuficiente remuneración, pero que mientras fue implementado ese subsidio experimental se pudieron complementar con su percepción, al no estar condicionado aquel al empleo sino a otras cuestiones. Esta incondicionalidad con respecto al empleo es lo que motiva que se la reconozca unilateralmente como ejemplo de la Renta Básica. Hay que tratar de plantearse abiértamente todas las posibilidades en vez de barrer para casa sin que lo parezca, pero la subvención indirecta a las empresas por contratar mano de obra barata no entra dentro de las consideraciones de los forofos no vaya a ser que se le fastidie a nadie la ilusión.

En cuanto al "bienestar económico y mental", la referencia a "una encuesta realizada poco antes de terminar el programa piloto" es un reconocimiento explícito de que se ha medido la situación económica y la salud mental de la población objeto del experimento según lo que esta misma ha considerado. No estaría de más preguntarse por la información que tenían los trabajadores, en el momento de la recogida de datos, sobre la naturaleza de esa prestación o sobre su relación con el concepto social y solidario.

La ideología de los encuestados puede indagarse complementando la encuesta con otros procedimientos de investigación que permitan el contraste de los sesgos, pero qué importa esto si los forofos españoles leen el artículo y se sienten felices con la idea que propaga. La subjetividad es tan importante como la objetividad, pero harina de otro costal es esconderse en aquella primera y en el sentido común, que es lo que hace todo aquel que rehuye el análisis y el cuestionamiento de las relaciones sociales.

Sin embargo, en contraste con la postura de Podemos, y volviendo dentro de las fronteras nacionales, resulta que algunas de sus franquicias extraparlamentarias, supuestos "críticos" del gobierno y algunos sectores organizados más o menos aturdidos tienden a presentar complétamente separados la Renta Básica y el IMV, es decir, que consideran la Renta Básica en abstracto (la idea) como si fuera algo totalmente diferente de algunas de sus concreciones, probablemente porque creen que evitar un cuestionamiento, o limitar una posible y necesaria crítica hacia la política gubernamental desde una prespectiva de clase -trabajadora- es una manera de alejar la amenaza de la extrema derecha. Nada más lejos de la realidad: más bien sucede al contrario.

Confundir la necesidad de cuestionar las políticas del gobierno progreizquierdista desde esa perspectiva con el sabotaje que pretende una oposición parlamentaria que quiere alcanzarlo a toda costa, sería una actitud tan necia como renunciar a buscar en aquellas políticas la responsabilidad del ascenso de la ultraderecha, y tan estúpida como adoptar una postura personal a partir de la negación de las posiciones de otros en vez de elaborar un criterio propio, algo que los psicólogos atribuyen a una etapa infantil de la vida humana. Todo lo que no se critique en este sentido se convertirá antes o después en la guerra sucia de los propagadores del odio, que ya hemos podido ver en televisión y en las calles.

La ultraderecha no se fortalece por sumar peligrosamente votos, como creen quienes piensan en los términos electoralistas de la "infalible" aritmética parlamentaria, ni porque existan sectores importantes -y algunos de ellos combativos- de la clase trabajadora que se niegan a votar a quienes les agreden con sus políticas antisociales y de recortes cuando llegan al gobierno, sino porque las ilusiones de un cambio, que desde el progreizquierdismo se acostumbran a divulgar cuando sus partidos están en la oposición o en campaña, pronto se quedan en una frustración más o menos generalizada, lo que genera un espacio psicológico vacío de desidia manejable por quienes más carecen de escrúpulos para hacer demagogia con la idea de un futuro mejor, cada uno peor que el anterior. Así es como poco a poco va penetrando el fascismo, que no tiene los adversarios que dice tener aunque sí bien señaladas quienes son sus cabezas de turco.

La diferencia entre no tener más remedio que aceptar los casi 500 € del Estado, y darle las gracias al gobierno por la limosna, como algunos están casi a punto de pedirles que hagan a los cada vez más trabajadores que engrosan las llamadas "colas del hambre", es la que hay entre ser un trabajador desempleado, temporal o dependiente y a cargo de una familia con ingresos escasos o nulos, por un lado, y ser alguien con una capacidad extraordinaria de resignación a la hora de hacerse preguntas, por otro.

Nada justifica evadir la crítica a la medida ni su encaje en la política del gobierno, incluso si se va a recibir ese dinero porque no queda otra opción, siendo irrenunciable la supervivencia. Lo que hay detrás del IMV y otras posibles prestaciones de pronta implementación, que absorben las contributivas y además dejan de cotizar, es el horizonte del asistencialismo, una versión laica y estatalista de la vieja caridad cristiana y eclesiástica que, al igual que esta, persigue evitar cualquier tipo de estallido que pudiera hacer peligrar el orden vigente. Siempre podrán haber, eso sí, divergencias sobre la sensibilidad con la que avanzar hacia dicho horizonte, cosa que no dudo, pero la idea fundamental es "toma tantos cientos euros y buscáos la vida tú y tu familia".

Esta realidad no debería pillarle a nadie desprevenido, porque los promotores de la Renta Básica Universal (RBU) nunca han ocultado su intención de financiar su hipotética prestación a partir del ahorro de los conceptos contributivos de la Seguridad Social y de los financiados a su vez mediante las cotizaciones sociales, tal y como plantearon en sus propios estudios de viabilidad financiera, aunque mencionen de vez en cuando el IRPF (hipotética reforma fiscal) para encandilar a su electorado real o potencial. Al concepto social y solidario de la prestación oponen la idea de la responsabilidad y la libertad individual en el uso de la renta personal.

Lo que tiene la Renta Básica es que cada uno se la suele imaginar como más le satisface para consumo propio, pero resulta que esta idea también tiene una paternidad ideológica, y si el sujeto que la evoca no conoce sus orígenes e influencias entonces está difundiendo acríticamente las intenciones de su creador. En este caso estamos hablando del más puro y descarado liberalismo, y detrás suyo, la posibilidad de que vayan calando las ideas anarcocapitalistas, minarquistas y libertarianas, expresión esta última que utilizo como la castellanización del término inglés libertarian, ya que allí en Estados Unidos lo libertario se entiende de un modo muy diferente a como ha sido habitual en Europa.

Prestaciones monetarias diseñadas para situaciones de exclusión social o de familias trabajadoras con nulos o escasos ingresos ya las había mucho antes tanto de que se propusiera la implementación del IMV como de que cobrara fuerza en España la idea de la RBU, cosa esta última que sucedió cuando Podemos la convirtió en la propuesta estrella de su programa, durante su emergencia y borrachera electoral en la precampaña de las europeas de 2014, otro evento ampliamente promovido en los medios de comunicación mediante la redifusión intensiva. Ello debería ser motivo suficiente para preguntarse, al menos, qué es lo que tienen de particular estas dos últimas propuestas.

Un ejemplo de aquellas prestaciones preexistentes es la Renta Mínima de Inserción (RMI), una importante y necesaria conquista obrera a la que nadie mencionó, al menos en sus orígenes, como si fuera algo más de lo que realmente es, ni tampoco trató de presentar como referencia de ninguna supuesta utopía, ni mucho menos utilizarla como caballo de Troya para recortar el concepto social y solidario de la prestación y llevar a cabo la contrarreforma del sistema público de pensiones. Aunque a la RMI también se la puede reinterpretar en el mismo sentido que el de los promotores del IMV, convirtiendo la referencia a la inserción en un sarcasmo.

Entender las intenciones que subyacen a este tipo de prestaciones pasa por no ser un iluso. No es la primera vez en la vida de los trabajadores de casi todas las generaciones de edad, que una coalición de izquierdas gana unas elecciones en Europa como para que el personal se trague, con la excusa del coronavirus o sin ella, eso de que el gobierno mira por los intereses del "bien común" en lugar de por los de la clase a la que representa, por diferencias que tenga con la oposición.


3. El capitalismo se derrumba así que "no cabemos todos": entre la tecnocracia y la ecología

En la misma línea que el compromiso expresado en el Pacto de Toledo y la desvinculación entre el trabajo y la prestación, el salario mínimo interprofesional (SMI, unos 30 €/día), estimado a partir de la productividad y otras variables y que marca un umbral que limita por debajo el salario que cobra cierta parte de la clase trabajadora de sus empleadores, dejó de servir como indicador para el cálculo de la cuantía de los subsidios no contributivos al desempleo y fue reemplazado por el Indicador Público de Rentas de Efectos Múltiples (IPREM, 15 €/día).

Este otro regalito nos lo dejó Zapatero antes de abandonar la Moncloa, como la modificación del Artículo 135 de la Constitución que él y su partido acordaron con el PP, que asegura que el denominado "blindaje" de derechos sea el papel mojado sobre el que entretener a la clase trabajadora alrededor del circo parlamentario, porque la prioridad del gobierno es el equilibrio presupuestario y el pago de la deuda.

Sin embargo, la desresponsabilización del Estado en la prestación de los servicios públicos de la seguridad social, reduciéndose la cuantía de sus prestaciones monetarias -entre otras- no sólo sucede cuando estas son trasladadas desde el régimen contributivo hacia el régimen no contributivo, ni sólo cuando se desliga del salario y del trabajo el cálculo de los subsidios no contributivos al desempleo, sino también cuando se restringe el acceso que la clase trabajadora tiene a las prestaciones contributivas mientras todavía no hayan sido reemplazadas. Nos referimos ahora a la otra parte de la separación de fuentes de financiación de la seguridad social.

Como ya se ha dicho, esa separación de fuentes significaba que los servicios del sistema sanitario, las prestaciones monetarias y subsidios no contributivos y servicios sociales varios quedaran únicamente financiados con impuestos. Pero la otra cara de la moneda consiste en que las prestaciones monetarias del régimen contributivo (sean por jubilación, viudedad o desempleo) quedaran exclusivamente financiadas mediante las cotizaciones sociales, perdiendo la garantía presupuestaria del Estado, reducido al papel de prestamista.

El tratamiento dado a la crisis del sistema público de pensiones es heterogéneo según el caso, pero en todos ellos se pone de manifiesto una tendencia ideológica a la evasión de la responsabilidad política que merece ser tenida en cuenta.

Por un lado están los ultraderechistas, una mezcolanza peligrosa de liberales, prefascistas y fascistas que recurren a argumentos diréctamente malthusianos y sociodarwinistas, según los cuales la causa de la insostenibilidad del sistema público de pensiones es el envejecimiento de la población. Aquello de la "tecnocracia", terrorismo ideológico en estado puro. Propusieron asociar la cuantía de la jubilación con la esperanza de vida.

En realidad, el sistema público de pensiones ha quedado vulnerabilizado ante el envejecimiento de la población debido a la separación de fuentes de financiación, la creación del Fondo de Reserva de las pensiones (caja separada de los PGE) y, en consecuencia, la aparición sucesiva de tendencias deficitarias en el mismo, y no sólo, en rigor, ante el envejecimiento (por la menor relación ingresos-gastos) sino también ante la flexibilización del mercado laboral (por las cotizaciones ahorradas), los bajos salarios (bajas cotizaciones) y el desempleo (menos cotizaciones).

Entonces, el envejecimiento demográfico no es la causa, ya que dicho déficit no es natural sino artificial y esa separación de fuentes fue una decisión que tomaron quienes acordaron el Pacto de Toledo, que son las principales asociaciones patronales, los sindicatos de concertación y todos los partidos parlamentarios en el año 1995. Lo cual nos lleva a analizar la responsabilidad de la izquierda.

Al igual que cuando la izquierda radical griega (SYRIZA) alcanzó el gobierno heleno, antes de abandonarlo habiendo incumplido prácticamente todo el programa electoral que la llevó al "asalto a los cielos" parlamentarios, algún despistado con más o menos mala leche siempre podrá decir que ese poder al que supuéstamente se enfrenta el partido al que ha votado obliga también a sus homólogos españoles a subscribir el pacto social en beneficio del capital.

Ya hay por ahí quienes buscan inmunizar a su gobierno "de progreso" ante la crítica por las recetas antisociales que están por venir en la Unión Europea en el contexto y pretexto de la pandemia: memoria selectiva la de ciertos dirigentes y sus forofos. Del 15-M a la Moncloa. Y es que los progreizquierdistas tampoco reconocen la responsabilidad del Pacto de Toledo, que es la de quienes lo subscribieron.

Cuando hace dos años los jubilados y los pensionistas se organizaron como clase y pusieron sobre la mesa la necesidad de acabar con el Pacto de Toledo, reestablecer la caja única de la Seguridad Social y garantizar la misma en los PGE, los progreizquierdistas se parapetaron en algunas de las reivindicaciones originales y necesarias de aquellos -especialmente en la de actualizar las pensiones de acuerdo al IPC- pero insuficientes por sí sólas para garantizar la sostenibilidad del sistema, y comenzaron a negociar con la comisión del Pacto de Toledo en el Congreso de los Diputados, limitándose a hablar de la "hucha" de las pensiones (el Fondo de Reserva) y ocultando que el problema no consiste en gestionarlo sino en haberlo creado tras la separación de fuentes que ellos y sus sindicatos acordaron con la patronal y la derecha.

Eso es lo que hacen los bomberos apagafuegos de la lucha de clases, rebajar el tono y, sobre todo, el contenido reivindicativo de la protesta obrera, confundiendo sus intereses electorales de buscar en sus medios de comunicación la respetabilidad del poder capitalista, que les permita alcanzar y mantenerse en las instituciones de su Estado, con los intereses de clase de los trabajadores en mantener y exigir unas pensiones y coberturas al desempleo dignas.

Luego, les sobran energías para exaltar los sentimientos patrióticos e identitarios de las masas, redondeando de paso el mensaje de ese mismo espectro ideológico amenazante que ellos y, sobre todo, sus incondicionales forofos esgrimen en cada campaña electoral como justificación de emergencia para pedir el voto de una clase trabajadora cuyas iniciativas de lucha o resistencia ahogan en su cretinismo parlamentario.

Después de haberse escondido en la actualización de las pensiones de acuerdo al IPC, una exigencia que los pensionistas sabían que era necesaria pero insuficiente sin acabar con la separación de fuentes, la orientación socialdemócrata liberal de los progreizquierdistas les llevó a dar el espaldarazo definitivo a sus reivindicaciones. Piensan en los jubilados, los pensionistas y los trabajadores como caladero de votos, lo que no les impide autosituarse a la cabeza de un movimiento obrero que tampoco les llamó a ellos para la lucha, pero al que intentan encandilar con sus promesas e ilusiones electorales.

En la izquierda, esta tendencia a la evasión de las responsabilidades, tanto las que tienen sus propios partidos y los sindicatos pactistas ante su papel claudicante en la lucha, como las de la clase a la que se las niegan y no representan en su propósito histórico, ya estaba presente en forma embrionaria en aquellos tiempos en los que se comenzó a hablar del "ecosocialismo". A los años setenta se remonta el origen de esa "huida" del trabajo que mencionábamos al comienzo, y que no cuestiona el orden social sino que lo apuntala, porque apunta al lado equivocado de las relaciones sociales capitalistas.

Con ocasión de la pandemia, las redes sociales nos brindaron, hará alrededor de un par de meses o más, la oportunidad de percatarnos de unas reminiscencias ideológicas un tanto curiosas con respecto a cierta idea peligrosa de que "no cabemos todos", que unas veces se aplica genéricamente a la sociedad, y otras más concrétamente al sistema de la seguridad social, y que cuenta con cierta aceptación (variable) dentro de corrientes ideológicas aparéntemente opuestas, ya sea la "progresista" o la abiértamente conservadora, es decir, desde el social-liberalismo (la izquierda europea) hasta el liberalismo, el prefascismo y el fascismo.

Me refiero a las publicaciones fotográficas y audiovisuales de las puras y cristalinas aguas de los canales de Venecia y demás evocaciones a una "madre naturaleza" que recuperaba el territorio en la forma de todos los reinos de seres vivos menos el humano, como consecuencia de las medidas de confinamiento. Como mínimo, nuestra especie aparecía como el virus en sí misma, en lugar del propio virus.

Sin mayor especificación, la naturaleza no tiene inteligencia propia, sino que es la humanidad la que expresa su parte consciente. No se trata de confundir izquierda y derecha ni tampoco de tomar la parte por el todo en la ideología identitaria del ecologismo, que promueve sospechosamente la austeridad en momentos de crisis económica -algo de lo que se percató inteligentemente el movimiento de los chalecos amarillos en Francia- pero sí de señalar algunas responsabilidades compartidas.

El brote de ecofascismo, una denominación muy acertada del planteamiento de quienes publicaban, compartían o se sentían afines al mensaje de esas publicaciones, viene precísamente de la deshumanización que resulta de haber convertido a la naturaleza en un sujeto político más, así como de señalar como patológica la transformación humana del medio ambiente, cosas que se venían haciendo desde hace mucho tiempo desde el ecologismo y el mundo progre más destornillado.

Desde los de los huertos urbanos, las comunas hippies, y los que hacen de las diversas formas de aislamiento de la civilización su forma de activismo, hasta los deudores de ese radicalismo burgués de apariencia obrerista que poco contribuyó a elevar el contenido de las luchas, el problema que tienen muchos pretendidos paladines de la clase trabajadora ajenos a ella es con el trabajo, no con su forma asalariada, ni con la explotación ni con el capital como relación social dominante. Ese es otro trasfondo ideológico que la mayoría desconoce de la RBU: el ecologismo y el culto al decrecimiento.

Sin entrar a discutir cuestiones más concretas y absolutamente necesarias, quienes se mueven por esos derroteros tal vez deberían entender que el incremento del tamaño de la población en Asia, el envejecimiento de la misma en Europa y los países occidentales, y en definitiva, la fase de crecimiento de la posguerra, solamente significa que han aparecido nuevas necesidades sociales que el capitalismo no puede satisfacer. Pero en alguna medida, desde el ecologismo se ha logrado divulgar la creencia de que la humanidad ha alcanzado un tope inherente a la evolución.

Es cierto que hemos alcanzado un límite, del que la crisis medioambiental es una manifestación más, como lo es la reducción de la natalidad, el rápido incremento de la desigualdad económica o el drama de la migración de quienes huyen no sólo de las guerras sino de las carencias económicas originadas por el imperialismo en los países periféricos. Pero ese límite no es ecológico, ni es intrínsecamente evolutivo por mucho que se oponga a la evolución, sino que es histórico.



4. Para terminar

La solución no pasa por buscar en el asistencialismo la adaptación de los golpeados sistemas de la seguridad social a la tendencia del capitalismo senil, porque ello deja fuera del acceso a la riqueza a sectores crecientes de la clase trabajadora, y constituye un falso atajo que busca disuadirnos de autoorganizarnos como clase para poder luchar efectivamente por unas pensiones o prestaciones por desempleo auténticamente contributivas, ligadas a un empleo que permita algo más que subsistir.

No podemos dejar que nos dividan entre indefinidos y temporales, asalariados y pensionistas, empleados y desempleados, sino que tenemos que integrar en un mismo bloque de reivindicaciones tanto el trabajo y el salario directo (el que se cobra de los empleadores) como las coberturas sociales en las formas del salario indirecto y diferido (coberturas a la jubilación o al desempleo, sanidad, etc) porque aquel, el trabajo, es fuente indispensable de estas últimas, y sin el trabajo sólo queda la caridad civil o religiosa que el explotador y su representante institucional nos quieran proporcionar, después de habernos flexibilizado tanto que sólo nos emplean cuando nos necesitan ellos.

Si nuestra posibilidad de beneficiarnos de las prestaciones de tipo social y solidario es limitada, porque la perdimos o porque nunca la tuvimos, habrá que hablar, organizarse y luchar para conseguirla, y para resistir mientras tanto con el fin de que no se la restrinjan ni arrebaten a otros trabajadores.

Defendamos el empleo estable, junto con los salarios dignos, los contratos decentes y las prestaciones vinculadas al trabajo sean estas de jubilación, desempleo o cualquier otra situación; no pasemos olímpicamente de estas últimas y los ataques a que han sido sometidas, sólo porque los contratos basura de algunos de nosotros nos limiten nuestro acceso a las mismas, que son las que de verdad garantizan una protección digna. No pongamos fácil que acomoden las nuevas condiciones materiales de trabajo y de vida que ya van tomando forma.